Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 32 Descubrir que el verdadero milagro es el corazón transformado

Durante mucho tiempo buscamos que Dios cambiara nuestras circunstancias.

Le pedimos que alejara las dificultades.

Que respondiera inmediatamente nuestras oraciones.

Que eliminara nuestros miedos.

Que abriera todas las puertas.

Que resolviera cada problema.

Y no hay nada malo en hacerlo.

Jesús mismo nos enseñó a confiar nuestras necesidades al Padre.

Pero llega un momento en el camino espiritual en el que descubrimos una verdad mucho más profunda.

El milagro más grande que Dios desea realizar no siempre ocurre fuera de nosotros.

Sucede dentro de nosotros.

Porque una circunstancia puede cambiar y, aun así, un corazón permanecer vacío.

Pero cuando el corazón es transformado por el amor de Dios, comienza a mirar toda la vida de una manera completamente distinta.

Los mismos caminos adquieren un nuevo significado.

Las mismas personas despiertan una compasión diferente.

Las mismas pruebas dejan de ser únicamente un peso para convertirse en una oportunidad de crecimiento.

Y esa transformación nadie puede comprarla.

Solo puede recibirla quien abre sinceramente su alma al Señor.

Vivimos acostumbrados a medir el éxito por lo que se ve.

Los títulos.

Los bienes.

Los reconocimientos.

Las metas alcanzadas.

Sin embargo, Dios mira aquello que los ojos humanos no alcanzan a descubrir.

Él contempla el corazón.

Ve las luchas silenciosas.

Los esfuerzos ocultos.

Las lágrimas que nadie conoce.

Las renuncias hechas por amor.

Las oraciones pronunciadas en la soledad.

Las decisiones correctas tomadas cuando nadie observaba.

Y precisamente allí, en ese lugar invisible para el mundo, comienza a construirse la verdadera grandeza.

Hay un escultor que recibe un enorme bloque de mármol.

Quien observa desde lejos solo ve una piedra.

Pero el artista contempla una obra escondida dentro de ella.

Con paciencia comienza a quitar aquello que sobra.

Cada golpe parece destruir.

Sin embargo, en realidad está revelando la belleza que permanecía oculta.

También Dios trabaja así con nuestra vida.

No añade constantemente cosas nuevas.

Muchas veces quita.

Quita el orgullo.

Quita el resentimiento.

Quita el miedo.

Quita el egoísmo.

Quita la necesidad de controlar todo.

Quita aquello que impide que aparezca la persona que Él soñó desde toda la eternidad.

A veces ese proceso duele.

Porque desprenderse nunca resulta sencillo.

Nos aferramos incluso a aquello que nos hace daño.

Nos acostumbramos a cargar pesos innecesarios.

Pensamos que sin ellos perderemos una parte de nosotros.

Pero cuando finalmente los dejamos en las manos de Cristo, descubrimos que no eran parte de nuestra identidad.

Solo eran cadenas.

Y el Señor nunca llama a Sus hijos para que vivan encadenados.

Nos llama a vivir en libertad.

No una libertad para hacer cualquier cosa.

Sino la libertad de amar plenamente.

Hay personas que pasan años intentando cambiar a quienes las rodean.

Quieren modificar el comportamiento de los demás.

Esperan que todos piensen igual.

Que todos comprendan sus heridas.

Que todos actúen como ellas consideran correcto.

Mientras tanto, olvidan el único corazón sobre el cual realmente pueden trabajar.

El propio.

Jesús nunca comenzó transformando las estructuras.

Comenzó transformando personas.

Y esas personas transformadas terminaron cambiando el mundo.

Ese sigue siendo el camino del Evangelio.

Todo cambio verdadero nace desde dentro.

Existe un lago de aguas tranquilas.

Cuando el viento desaparece, la superficie se vuelve tan serena que refleja perfectamente el cielo.

Pero si las aguas permanecen agitadas, ninguna imagen puede distinguirse con claridad.

También el corazón necesita serenarse para reflejar a Dios.

Mientras vivimos dominados por el miedo, el orgullo o la ansiedad, nos cuesta descubrir Su presencia.

En cambio, cuando aprendemos a descansar en Él, nuestra alma comienza a reflejar Su paz.

Y esa paz se convierte en un regalo para quienes caminan a nuestro lado.

No es casualidad que tantas personas buscaran acercarse a Jesús.

En Su presencia encontraban descanso.

Sentían que eran miradas con amor.

Descubrían que todavía existía esperanza.

Hoy Cristo desea seguir regalando esa misma experiencia a través de cada uno de nosotros.

Por eso la transformación interior nunca termina en nosotros.

Siempre se convierte en una misión.

Un corazón sanado aprende a sanar.

Un corazón perdonado aprende a perdonar.

Un corazón consolado aprende a consolar.

Un corazón amado aprende a amar.

Ese es el verdadero milagro.

Hay días en los que pensarás que has retrocedido.

Volverán antiguas tentaciones.

Aparecerán dudas.

Quizá incluso repitas errores que creías haber superado.

No te desanimes.

El crecimiento espiritual rara vez sigue una línea recta.

Se parece más al ascenso de una montaña.

Hay tramos fáciles.

Otros muy empinados.

Algunos parecen hacernos volver sobre nuestros pasos.

Pero cada esfuerzo fortalece nuestros músculos.

Cada dificultad hace más firme nuestra voluntad.

Y cuando finalmente llegamos a una nueva altura, comprendemos que todo tenía sentido.

La paciencia también forma parte de la santidad.

Dios no tiene prisa.

Él conoce el tiempo exacto que necesita cada alma.

No compara tu camino con el de nadie.

No exige que avances al ritmo de los demás.

Solo te pide que permanezcas disponible.

Que no cierres el corazón.

Que no pierdas la esperanza.

Que vuelvas a levantarte una vez más.

Y otra vez.

Y todas las veces que sea necesario.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.