Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 35 El poder del silencio donde Dios habla al corazón

Vivimos rodeados de ruido.

El ruido de las obligaciones.

El ruido de las preocupaciones.

El ruido de las noticias.

El ruido de las opiniones.

El ruido de las prisas.

Y, muchas veces, el ruido de nuestros propios pensamientos.

Nos acostumbramos tanto a ese movimiento constante que comenzamos a creer que el silencio es un vacío.

Sin embargo, para Dios, el silencio nunca ha sido un vacío.

Ha sido el lugar donde el amor encuentra espacio para hablar.

Hay palabras que solo pueden escucharse cuando el corazón deja de correr.

Y la voz del Señor pertenece a esas palabras.

No grita.

No obliga.

No interrumpe.

Es una presencia serena que espera pacientemente a que aquietemos el alma para poder reconocerla.

Muchas personas dicen que desean escuchar a Dios.

Le piden señales.

Le suplican respuestas.

Esperan un milagro visible.

Pero cuando Él comienza a hablar en la calma de una oración, la inquietud interior no les permite permanecer allí el tiempo suficiente para escucharlo.

El problema no es que Dios guarde silencio.

El problema es que nosotros vivimos demasiado distraídos.

Jesús buscaba constantemente momentos de soledad.

Después de enseñar a las multitudes.

Después de realizar milagros.

Después de jornadas agotadoras.

Se retiraba a orar.

No porque necesitara escapar de las personas.

Sino porque sabía que el encuentro con el Padre era la fuente de toda Su fortaleza.

Si el mismo Hijo de Dios buscaba el silencio para encontrarse con el Padre, cuánto más lo necesitamos nosotros.

Existe un lago escondido entre montañas.

Cuando el viento deja de soplar, la superficie se vuelve completamente transparente.

Las nubes se reflejan con absoluta claridad.

Los árboles parecen abrazar el agua.

Todo encuentra armonía.

Pero basta una pequeña tormenta para que la imagen desaparezca.

No porque el paisaje haya cambiado.

Sino porque el agua perdió la calma.

Así ocurre también con nuestra alma.

Dios continúa presente.

Su amor permanece intacto.

Pero las preocupaciones, el miedo y la ansiedad agitan tanto nuestro interior que dejamos de percibir Su presencia.

Por eso el silencio no consiste únicamente en callar los labios.

Consiste en permitir que el corazón vuelva lentamente a descansar.

Hay personas que temen quedarse solas consigo mismas.

En cuanto aparece un instante libre, buscan llenar ese espacio con cualquier distracción.

No porque esas distracciones sean malas.

Sino porque el silencio puede enfrentarnos con preguntas profundas.

¿Estoy viviendo como Dios soñó para mí?

¿Estoy amando verdaderamente?

¿He perdonado de corazón?

¿Confío realmente en el Padre?

Son preguntas que incomodan.

Pero también son las que abren el camino hacia la verdadera transformación.

El Espíritu Santo no suele hablar mediante el miedo.

Habla mediante la paz.

Incluso cuando corrige.

Incluso cuando invita a cambiar.

Nunca destruye.

Siempre construye.

Por eso es tan importante aprender a distinguir Su voz entre tantas voces que buscan ocupar nuestro corazón.

La voz del orgullo exige.

La voz del miedo paraliza.

La voz de la desesperanza acusa.

La voz de Dios, en cambio, ilumina.

Invita.

Consuela.

Fortalece.

Y siempre conduce hacia el amor.

Existe un viejo reloj en una pequeña capilla.

Su sonido apenas puede escucharse.

Marca cada hora con una campanada suave.

Quien entra apresurado quizá ni siquiera la perciba.

Pero quien permanece unos minutos en silencio descubre ese ritmo tranquilo que parece recordar que el tiempo pertenece a Dios.

También nuestra vida necesita recuperar ese ritmo.

No todo debe resolverse inmediatamente.

No toda respuesta llega hoy.

No toda semilla florece al instante.

Hay procesos que solo maduran cuando aprendemos a esperar junto al Señor.

Esperar no significa quedarse inmóvil.

Significa confiar mientras seguimos caminando.

Hay silencios que curan.

Después de una discusión.

Después de una pérdida.

Después de una decepción.

Las palabras suelen resultar insuficientes.

Solo el silencio lleno de amor puede abrazar aquello que todavía no encuentra explicación.

Muchas veces Dios nos sana precisamente allí.

No mediante largos discursos.

Sino regalándonos una paz que supera toda lógica.

Quizá alguna vez hayas experimentado ese momento.

Entraste a una iglesia llevando el corazón lleno de preocupaciones.

Te sentaste sin saber qué decir.

No encontrabas palabras para rezar.

Simplemente permaneciste allí.

Y al salir, los problemas seguían existiendo.

Pero algo había cambiado dentro de ti.

Habías recuperado la paz.

Eso también es oración.

Porque rezar no consiste solamente en hablar con Dios.

Consiste también en dejar que Él repose Su mirada sobre nosotros.

Y esa mirada transforma el alma.

Hay una semilla enterrada bajo la tierra.

Nadie escucha el momento exacto en que comienza a germinar.

Todo sucede en silencio.

Sin aplausos.

Sin ruido.

Sin espectadores.

Sin embargo, allí comienza el milagro.

También las obras más profundas de Dios dentro de nosotros nacen silenciosamente.

El perdón.

La paciencia.

La humildad.

La confianza.

La esperanza.

Ninguna de ellas crece haciendo ruido.

Todas necesitan el silencio del corazón.

Vivimos en una época que premia la rapidez.

Todo debe responderse enseguida.

Todo debe mostrarse.

Todo debe compartirse.

Pero las cosas más valiosas del espíritu nunca se apresuran.

El amor madura lentamente.




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