Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 38 La fe que permanece cuando no encuentras respuestas

Llega un momento en toda vida espiritual en el que las preguntas parecen multiplicarse.

¿Por qué sucedió esto?

¿Por qué esta puerta se cerró?

¿Por qué la enfermedad?

¿Por qué la pérdida?

¿Por qué el silencio?

¿Por qué el sufrimiento de personas buenas?

Son preguntas antiguas.

Tan antiguas como la humanidad.

Y, sin embargo, siguen naciendo en cada corazón que ama, que espera y que alguna vez ha visto desmoronarse un sueño.

No debemos sentir vergüenza por formularlas.

Dios no teme nuestras preguntas.

Él conoce la profundidad de nuestro dolor antes incluso de que podamos expresarlo con palabras.

Lo que puede alejarnos de Él no es preguntar.

Es dejar de buscar Su presencia.

Muchas veces imaginamos que la fe consiste en comprenderlo todo.

Pensamos que, si creyéramos más, jamás tendríamos dudas.

Pero la verdadera fe no nace cuando todas las respuestas están sobre la mesa.

La verdadera fe comienza cuando seguimos caminando aun sin comprender completamente el camino.

Existe una diferencia inmensa entre la certeza absoluta y la confianza.

La certeza pretende controlar.

La confianza aprende a descansar.

Un niño pequeño no entiende cómo funciona el mundo.

No sabe cómo llega el alimento a su mesa.

No comprende los sacrificios que hacen quienes lo cuidan.

Y, sin embargo, duerme tranquilo.

No porque conozca todas las respuestas.

Sino porque sabe que es amado.

Eso es la fe.

No una explicación completa.

Sino la certeza del amor de Dios.

Hay un sendero que atraviesa un espeso bosque.

Al amanecer, una densa niebla cubre todo el paisaje.

Quien camina apenas puede ver unos pocos pasos hacia adelante.

No alcanza a distinguir el final del camino.

Pero si continúa avanzando con prudencia, paso tras paso, descubre que la niebla nunca impide recorrer el sendero.

Solo impide verlo completo.

Así actúa muchas veces el Señor.

No nos muestra toda la historia.

Nos regala la luz suficiente para el siguiente paso.

Y luego para el siguiente.

Y para otro más.

Porque desea que aprendamos a caminar de Su mano y no únicamente guiados por nuestras certezas.

Hay personas que abandonan la esperanza porque una oración no fue respondida del modo que esperaban.

Creen que Dios guardó silencio.

Pero el silencio de Dios nunca significa ausencia.

Muchas veces significa preparación.

Un agricultor siembra la semilla y durante semanas parece que nada ocurre.

La tierra permanece igual.

No aparecen brotes.

Todo parece inmóvil.

Sin embargo, bajo la superficie, la vida ya comenzó.

Las raíces están creciendo.

El tiempo de Dios se parece a esa semilla.

Muchas de Sus respuestas empiezan donde nuestros ojos todavía no alcanzan a ver.

El problema es que solemos medir el amor de Dios por la rapidez con la que responde.

Pero el Padre no trabaja según la prisa humana.

Trabaja según la sabiduría eterna.

Y aquello que hoy parece una demora, mañana puede revelarse como una inmensa bendición.

¿Cuántas veces agradecemos años después una puerta que nunca llegó a abrirse?

¿Cuántas veces comprendemos que un camino interrumpido evitó un sufrimiento mayor?

Solo el tiempo permite descubrir parte del diseño de Dios.

Y aun así, siempre quedará un misterio.

Porque Dios no es un problema para resolver.

Es un Padre para amar y en quien confiar.

Existe una vidriera compuesta por miles de pequeños cristales de colores.

Vista desde muy cerca, parece una suma de fragmentos sin sentido.

Pero cuando uno se aleja lo suficiente y la luz del sol la atraviesa, aparece una imagen maravillosa.

Nuestra vida también está formada por pequeños fragmentos.

Alegrías.

Lágrimas.

Éxitos.

Fracasos.

Encuentros.

Despedidas.

No siempre comprendemos cómo encajan entre sí.

Solo Dios contempla la obra completa.

Nosotros apenas vemos una parte.

Por eso la humildad es tan importante.

Reconocer que no lo sabemos todo nos abre a la confianza.

Hay noches especialmente oscuras.

Noches del alma.

Momentos en los que la oración parece seca.

La Biblia ya no emociona como antes.

La paz parece distante.

Algunos creen que eso significa que Dios se alejó.

Pero muchas veces sucede exactamente lo contrario.

El Señor está purificando nuestra fe.

Nos enseña a buscarlo por quien Él es y no solamente por las emociones que experimentamos.

El amor más profundo no depende de sentir constantemente.

Depende de permanecer.

Así también la fe madura.

Permanece.

Incluso cuando el corazón atraviesa el desierto.

Existe una lámpara encendida en una habitación.

Durante el día casi no se percibe su luz.

Pero cuando llega la noche, esa misma lámpara revela todo su valor.

También la fe brilla con mayor intensidad precisamente en los momentos difíciles.

Es fácil confiar cuando todo marcha bien.

La confianza auténtica aparece cuando seguimos diciendo:

“Señor, creo en Ti”, incluso cuando no entendemos el porqué de muchas cosas.

Eso no es resignación.

Es abandono confiado.

Es entregar nuestra historia a Aquel que jamás deja de escribir con amor.

Hay personas que pasan gran parte de su vida esperando una explicación.

Mientras tanto, dejan de vivir.

Pero quizá la paz no llegue cuando entendamos todo.

Quizá llegue cuando aceptemos que algunas respuestas pertenecen solamente a Dios.

Y eso no disminuye nuestra inteligencia.

La engrandece.

Porque reconocer el misterio también es un acto de humildad.

Los santos nunca fueron personas que lo comprendieran todo.

Fueron personas que aprendieron a confiar profundamente.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.