Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 41 Descubrir que cada nuevo amanecer es una oportunidad para volver a empezar

Hay una gracia que muchas veces pasa desapercibida.

Llega cada mañana.

En silencio.

Sin hacer ruido.

Sin pedir reconocimiento.

Y, sin embargo, tiene el poder de cambiar una vida entera.

Es el regalo de un nuevo amanecer.

Con frecuencia abrimos los ojos y comenzamos inmediatamente a pensar en las obligaciones del día.

En los problemas pendientes.

En las preocupaciones.

En aquello que quedó sin resolver.

Y casi nunca nos detenemos a contemplar el milagro más sencillo y más inmenso de todos: Dios nos ha concedido un día más para vivir.

No porque lo hayamos merecido.

No porque seamos perfectos.

Sino porque Su misericordia se renueva cada mañana.

Cada amanecer es una carta de amor escrita por el Padre.

Es una invitación silenciosa que dice:

“Hijo mío, todavía no he terminado mi obra en ti.”

Qué diferente sería nuestra manera de vivir si comenzáramos cada jornada con esa certeza.

No despertamos por casualidad.

No abrimos los ojos únicamente para repetir una rutina.

Despertamos porque Dios sigue confiando en nosotros.

Porque aún existen personas a quienes podemos amar.

Palabras que podemos pronunciar.

Heridas que podemos sanar.

Perdones que podemos ofrecer.

Esperanzas que podemos sembrar.

Mientras exista un nuevo amanecer, existe también una nueva misión.

Hay un hombre que, después de una fuerte tormenta, salió muy temprano a caminar por un sendero cercano a su hogar.

Los árboles conservaban gotas de lluvia en sus hojas.

La tierra desprendía un aroma fresco.

El cielo comenzaba a teñirse de tonos dorados.

Por primera vez en mucho tiempo dejó de pensar en sus preocupaciones y simplemente contempló aquella belleza.

Entonces comprendió que la naturaleza nunca se cansa de volver a empezar.

Después del invierno llega la primavera.

Después de la noche aparece el alba.

Después de la lluvia brota la vida.

¿Por qué habría de ser diferente con el corazón humano?

También Dios sabe hacer florecer aquello que parecía perdido.

Muchas personas viven prisioneras del ayer.

Repiten una y otra vez los mismos errores en su memoria.

Reviven conversaciones.

Recuerdan fracasos.

Se reprochan decisiones.

Sin darse cuenta, entregan el presente al poder de un pasado que ya no puede cambiarse.

Pero el Evangelio nunca invita a vivir mirando hacia atrás.

Invita a caminar.

A seguir.

A levantarse.

Cristo jamás llamó a Sus discípulos para que permanecieran detenidos contemplando sus antiguas caídas.

Los llamó a seguirlo.

Y seguir a Jesús siempre implica avanzar.

Existe un campo donde cada agricultor conoce un secreto.

Nunca siembra observando únicamente la cosecha anterior.

Siempre prepara la tierra para la próxima.

Porque sabe que la vida continúa.

También nosotros necesitamos preparar el corazón para el mañana que Dios nos regala.

No importa cuántas veces hayas fallado.

Lo importante es que hoy puedes comenzar nuevamente.

La misericordia de Dios nunca envejece.

Nunca pierde fuerza.

Nunca se agota.

Cada amanecer trae consigo la misma posibilidad de regresar al Padre.

Hay personas que piensan:

“Ya es demasiado tarde para mí.”

Sin embargo, el tiempo de Dios es diferente al nuestro.

Mientras exista vida, existe esperanza.

Mientras el corazón siga latiendo, la gracia continúa actuando.

No importa si tienes veinte años o noventa.

No importa cuántas oportunidades creas haber perdido.

Dios sigue siendo especialista en escribir nuevos comienzos.

Hay una antigua campana que anuncia el inicio de cada jornada en un pequeño monasterio.

Su sonido atraviesa el valle.

No recuerda los errores del día anterior.

Simplemente anuncia que una nueva oportunidad acaba de comenzar.

Así actúa también el Señor.

No despierta a Sus hijos para recordarles sus fracasos.

Los despierta para regalarles una nueva ocasión de amar.

Qué distinta sería nuestra existencia si aprendiéramos a mirar cada mañana como un regalo y no como una obligación.

El corazón agradecido comienza el día con esperanza.

El corazón resentido comienza el día con cansancio.

La diferencia no está en las circunstancias.

Está en la manera de mirar.

Por eso la primera batalla de cada jornada ocurre dentro del alma.

Antes incluso de salir de casa.

Antes de hablar con nadie.

Elegimos entre vivir desde el miedo o desde la confianza.

Desde la queja o desde la gratitud.

Desde la desesperanza o desde la fe.

Cada amanecer es también una decisión.

Jesús solía levantarse muy temprano para orar.

Antes de enseñar.

Antes de sanar.

Antes de caminar entre la multitud.

Buscaba primero el encuentro con el Padre.

Porque comprendía que toda misión nace de la comunión con Dios.

Nosotros también necesitamos comenzar así.

No permitiendo que las preocupaciones ocupen el primer lugar.

Sino entregándole el primer instante del día a Aquel que nos regaló la vida.

Existe una fuente escondida entre las montañas.

Cada mañana vuelve a brotar agua cristalina.

Nunca dice:

“Ayer ya entregué suficiente.”

Simplemente continúa dando.

Así también el amor de Dios.

No se cansa.

No calcula.

No lleva cuentas.

Cada amanecer derrama nuevamente Su gracia sobre el mundo.

Y espera que nosotros hagamos lo mismo con quienes encontramos en el camino.

Quizá hoy despiertes con preocupaciones muy reales.

Tal vez existan problemas económicos.

Enfermedades.

Incertidumbres familiares.

Decisiones difíciles.

Nada de eso desaparece por ignorarlo.

Pero tampoco debe convertirse en el centro de la jornada.




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