Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 43 El silencio donde Dios vuelve a hablar al corazón

Vivimos rodeados de ruido.

El sonido de las calles.

Las conversaciones que nunca terminan.

Las noticias que cambian a cada instante.

Las preocupaciones que ocupan la mente.

Las pantallas que reclaman constantemente nuestra atención.

Y, en medio de ese incesante movimiento, ocurre algo que pocas veces advertimos.

Nuestra alma comienza a olvidar cómo escuchar.

Escuchar a los demás.

Escucharse a sí misma.

Y, sobre todo, escuchar la voz serena de Dios.

No porque el Señor haya dejado de hablar.

Sino porque el ruido del mundo termina ocupando cada rincón del corazón.

Existe un tipo de silencio que no es ausencia.

Es presencia.

No es vacío.

Es plenitud.

No es soledad.

Es encuentro.

Ese es el silencio donde Dios suele revelar las verdades más profundas.

No mediante grandes estruendos.

No a través del miedo.

No con imposiciones.

Habla como un Padre que se inclina con ternura sobre el corazón de su hijo y susurra palabras que solo el amor puede comprender.

Muchas personas buscan respuestas recorriendo caminos interminables.

Consumen información sin descanso.

Escuchan cientos de opiniones.

Persiguen soluciones rápidas.

Pero olvidan detenerse unos minutos para permanecer delante del Señor.

Y, sin embargo, muchas de las respuestas que tanto anhelan nacen precisamente en ese espacio de quietud.

Hay un lago escondido entre montañas.

Cuando el viento sopla con fuerza, la superficie se agita.

Las aguas se vuelven turbias.

Resulta imposible contemplar el reflejo del cielo.

Pero cuando llega la calma, el lago recupera su transparencia.

Entonces aparecen las nubes, los árboles y la luz reflejados con una belleza sorprendente.

Así sucede con nuestra alma.

Mientras vivimos agitados por la ansiedad, el miedo o la prisa, nos cuesta reconocer la voluntad de Dios.

Solo cuando el corazón aprende a serenarse comienza a reflejar con claridad la luz del cielo.

Jesús buscaba con frecuencia lugares apartados para orar.

No lo hacía porque necesitara escapar de las personas.

Lo hacía porque conocía el valor del encuentro silencioso con el Padre.

Después regresaba fortalecido.

Con mayor claridad.

Con mayor compasión.

Con mayor paz.

También nosotros necesitamos esos espacios.

No como un lujo.

Sino como una necesidad del alma.

Hay personas que temen el silencio.

En cuanto aparece, buscan inmediatamente distraerse.

Encienden la televisión.

Revisan el teléfono.

Buscan cualquier conversación.

Porque el silencio comienza a mostrar aquello que llevan mucho tiempo evitando mirar.

Las heridas.

Las preguntas.

Los miedos.

Las decisiones pendientes.

Sin embargo, precisamente allí puede comenzar la verdadera sanación.

Dios nunca utiliza el silencio para condenarnos.

Lo utiliza para encontrarse con nosotros.

Existe un alfarero que trabaja lentamente el barro.

No puede moldearlo mientras alguien golpea constantemente la mesa.

Necesita calma.

Paciencia.

Delicadeza.

Solo así la vasija adquiere su forma definitiva.

También el Espíritu Santo modela nuestro corazón con infinita paciencia.

Pero muchas veces somos nosotros quienes impedimos Su obra al vivir continuamente distraídos.

No dejamos espacio para escuchar Su inspiración.

No permitimos que Su paz descienda sobre nuestras inquietudes.

No todo silencio es fácil.

Hay silencios que duelen.

Silencios donde parece que Dios calla.

Momentos en los que la oración parece no recibir respuesta.

Pero incluso esos silencios pueden convertirse en escuela.

Porque nos enseñan a amar a Dios más allá de las emociones.

Nos ayudan a permanecer.

A confiar.

A esperar.

El Padre jamás deja de obrar.

Aunque no siempre podamos percibirlo.

Existe una semilla enterrada profundamente bajo la tierra.

Durante mucho tiempo nadie observa cambios.

Todo parece inmóvil.

Pero en el interior ocurre una transformación maravillosa.

Las raíces crecen.

La vida se fortalece.

La primavera se prepara en secreto.

También el silencio de Dios muchas veces esconde un trabajo invisible.

Mientras nosotros creemos que nada sucede, Él continúa formando nuestro corazón.

Cuántas decisiones equivocadas podrían evitarse si aprendiéramos primero a guardar silencio.

Antes de responder con enojo.

Antes de juzgar.

Antes de actuar impulsivamente.

El silencio concede espacio a la sabiduría.

Nos permite escuchar no solo nuestras emociones, sino también la voz del Espíritu.

La paciencia nace muchas veces de un instante de silencio vivido con humildad.

Existe una antigua capilla abierta durante todo el día.

No posee grandes adornos.

No recibe multitudes.

Sin embargo, siempre hay alguien sentado en un banco, simplemente contemplando el Sagrario.

No habla.

No pide.

Solo permanece.

Y en esa aparente sencillez ocurre un milagro.

El corazón comienza lentamente a descansar.

Porque hay una forma de oración que consiste simplemente en estar con Dios.

Como un hijo que se sienta junto a su padre sin necesidad de pronunciar muchas palabras.

También nuestra relación con el Señor necesita esa confianza.

No todas las oraciones deben estar llenas de peticiones.

A veces basta con decir:

“Aquí estoy.”

Y permanecer.

La vida contemporánea nos empuja constantemente hacia la velocidad.

Todo debe resolverse rápido.

Las respuestas inmediatas.

Los resultados instantáneos.

Pero el Reino de Dios posee otro ritmo.

El ritmo de la semilla.

Del crecimiento.

De la paciencia.




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