Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 45 La esperanza que nunca se rinde

Hay momentos en la vida en los que todo parece detenerse.

Las puertas permanecen cerradas.

Las respuestas no llegan.

Los esfuerzos parecen inútiles.

La oración se vuelve silenciosa.

El corazón comienza a preguntarse si vale la pena seguir esperando.

Es precisamente en esos momentos cuando la esperanza deja de ser una idea bonita y se convierte en una decisión profundamente espiritual.

Esperar no significa quedarse inmóvil.

Esperar tampoco consiste en ignorar la realidad.

La verdadera esperanza cristiana nace de una certeza mucho más grande: Dios sigue obrando, incluso cuando nuestros ojos todavía no alcanzan a verlo.

El mundo suele confundir esperanza con optimismo.

El optimismo depende de las circunstancias.

Si todo marcha bien, permanece.

Si aparecen las dificultades, desaparece.

La esperanza, en cambio, tiene raíces mucho más profundas.

No se apoya en lo que sucede alrededor.

Se apoya en la fidelidad de Dios.

Por eso puede sobrevivir incluso en medio de la tormenta.

Existe un sembrador que trabaja durante semanas preparando la tierra.

Después deposita cuidadosamente cada semilla.

Cuando termina, el campo parece exactamente igual que antes.

Quien pasa por allí podría pensar que el esfuerzo fue inútil.

Pero el sembrador sonríe.

Él sabe que bajo la superficie ya comenzó el milagro.

La esperanza posee esa misma mirada.

Ve vida donde otros solo ven tierra.

Ve posibilidades donde otros solo descubren límites.

Ve el mañana con los ojos de la fe.

Muchas personas abandonan sus sueños pocos pasos antes de ver los frutos.

Se cansan.

Se desaniman.

Piensan que Dios ha olvidado sus oraciones.

Pero el Padre jamás olvida a ninguno de Sus hijos.

Hay tiempos de siembra.

Hay tiempos de espera.

Y también hay tiempos de cosecha.

Confundir esos momentos suele llenarnos de ansiedad.

Respetarlos nos llena de paz.

Existe una lámpara colocada en lo alto de una colina.

Durante el día casi nadie repara en ella.

Pero cuando llega la noche, se convierte en el punto de referencia para quienes caminan entre la oscuridad.

Así actúa la esperanza.

Su verdadera fuerza aparece precisamente cuando todo parece oscurecerse.

No elimina inmediatamente la noche.

Pero impide que perdamos el rumbo.

Hay personas que viven preguntándose cuánto falta para que Dios responda.

Tal vez la pregunta más importante sea otra:

¿Qué está formando Dios en mí mientras espero?

Porque la espera nunca es tiempo perdido.

Es tiempo de crecimiento.

Tiempo de purificación.

Tiempo de maduración.

El Señor no solo prepara las bendiciones.

También prepara el corazón que habrá de recibirlas.

Existe un alfarero que modela una vasija.

No termina su obra con rapidez.

Presiona.

Corrige.

Vuelve a comenzar.

Humedece nuevamente el barro.

Quien observa desde afuera podría pensar que retrasa innecesariamente el trabajo.

Sin embargo, el maestro sabe que una vasija terminada demasiado pronto puede quebrarse fácilmente.

También Dios trabaja con paciencia.

No porque ignore nuestro dolor.

Sino porque desea formar un corazón fuerte, humilde y capaz de sostener los dones que piensa entregar.

Hay noches que parecen interminables.

Todos hemos atravesado alguna.

Noches de enfermedad.

De incertidumbre.

De pérdidas.

De lágrimas silenciosas.

Durante esas horas el tiempo parece avanzar más lentamente.

Pero incluso la noche más larga termina cediendo su lugar al amanecer.

Así ocurre también en la vida espiritual.

Ninguna oscuridad es eterna cuando caminamos junto a Cristo.

La Resurrección siempre tiene la última palabra.

Jesús pasó por el Viernes Santo.

Por el silencio del Sábado.

Y llegó al Domingo de Pascua.

Nuestra historia muchas veces recorre el mismo camino.

No debemos desesperarnos si todavía estamos atravesando el sábado del alma.

El Señor ya conoce la mañana de la Resurrección que nos espera.

Existe un viejo puente construido sobre un río caudaloso.

Durante años soportó lluvias intensas.

Vientos.

Inundaciones.

Muchos pensaron que terminaría derrumbándose.

Pero permaneció firme porque sus pilares estaban profundamente asentados sobre la roca.

También nuestra esperanza necesita apoyarse en una roca que no cambie.

Esa roca es Cristo.

Todo lo demás puede modificarse.

Las circunstancias.

La economía.

La salud.

Los proyectos.

Pero Él permanece.

Y quien apoya su vida sobre Él encuentra una estabilidad que ninguna tormenta consigue destruir.

Hay personas que creen haber perdido todas las oportunidades.

Piensan que Dios ya no puede hacer nada con su historia.

Sin embargo, el Evangelio está lleno de nuevos comienzos.

Personas que habían caído.

Que habían fracasado.

Que habían perdido el rumbo.

Y que, al encontrarse con Cristo, comenzaron nuevamente.

La gracia nunca llega demasiado tarde.

Mientras exista un corazón dispuesto, siempre será posible empezar otra vez.

Existe una pequeña semilla atrapada entre dos grandes piedras.

Parecía imposible que pudiera crecer.

Sin embargo, poco a poco encontró una pequeña grieta por donde pasó la luz.

Después llegó la lluvia.

Más tarde extendió sus raíces.

Y finalmente nació una planta fuerte.

Así obra también la esperanza.

No necesita condiciones perfectas.

Solo necesita una pequeña abertura por donde pueda entrar la luz de Dios.

Quizá hoy tu vida no sea como la imaginabas.

Tal vez muchas cosas hayan cambiado.

Quizá existan pérdidas que todavía duelen.




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