Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 48 Descubrir que cada día es una nueva misión

Hay un instante sagrado que muchas veces pasa desapercibido.

Sucede cuando abrimos los ojos al comenzar un nuevo día.

No hay trompetas.

No hay aplausos.

No hay señales extraordinarias.

Solo el silencio de una nueva mañana.

Sin embargo, en ese momento ocurre un milagro invisible.

Dios vuelve a confiar en nosotros.

Nos entrega veinticuatro horas que jamás volverán.

No como una obligación.

Sino como un regalo.

Como una oportunidad para seguir escribiendo, junto a Él, una historia de amor, esperanza y servicio.

Muchas personas comienzan el día pensando únicamente en las tareas pendientes.

En las preocupaciones.

En aquello que les falta.

En los problemas que todavía no encuentran solución.

Y sin darse cuenta, dejan que el miedo sea el primero en hablar.

Pero el Evangelio propone otro comienzo.

Antes de escuchar el ruido del mundo, escuchar la voz del Padre.

Antes de revisar las noticias, mirar al cielo.

Antes de correr, detenerse unos instantes y decir:

“Señor, este día es Tuyo. Camina conmigo.”

Esa sencilla oración puede cambiar por completo la manera de vivir.

Existe un artesano que cada mañana recibe un bloque de madera.

No sabe exactamente cómo terminará la obra.

Pero sí sabe algo importante.

Si trabaja con paciencia, amor y dedicación, esa pieza llegará a convertirse en algo hermoso.

Así sucede también con cada jornada que Dios pone en nuestras manos.

No conocemos todo lo que ocurrirá.

No sabemos qué alegrías o qué pruebas aparecerán.

Pero sí sabemos quién caminará con nosotros.

Y eso basta.

Cada día posee una misión.

Algunas veces será muy visible.

Otras, completamente silenciosa.

Quizá hoy tu misión consista en consolar a alguien.

Tal vez debas ofrecer una palabra de esperanza.

Quizá necesites pedir perdón.

O concederlo.

Tal vez debas trabajar con honestidad aunque nadie lo valore.

O simplemente sonreír a quien atraviesa un momento difícil.

Nunca subestimes la importancia de los pequeños actos.

En el Reino de Dios no existen gestos insignificantes cuando nacen del amor.

Jesús nunca desperdició un encuentro.

Cada persona que llegaba hasta Él encontraba una mirada.

Una palabra.

Una oportunidad.

Un motivo para volver a creer.

No todas las personas recibían el mismo milagro.

Pero todas recibían el mismo amor.

Ese continúa siendo nuestro mayor desafío.

No tratar a las personas según su utilidad.

Sino según su dignidad.

Porque cada ser humano lleva impresa la imagen del Creador.

Existe un reloj de arena.

Cada grano cae lentamente.

Ninguno puede recuperarse una vez que ha descendido.

Así también transcurre nuestra vida.

Cada día vivido desaparece para siempre.

No vuelve.

Por eso el presente posee un valor inmenso.

Es el único lugar donde podemos amar.

No podemos amar ayer.

Todavía no podemos amar mañana.

Solo podemos amar hoy.

Y el amor siempre sucede en el presente.

Hay personas que viven esperando el momento ideal para comenzar a ser felices.

Cuando termine este problema.

Cuando llegue aquel proyecto.

Cuando cambien las circunstancias.

Sin advertir que la felicidad comienza precisamente en el instante en que decidimos vivir plenamente el día que Dios nos concede.

La gracia nunca habita en un tiempo imaginario.

Siempre actúa en el presente.

Existe un caminante que atraviesa un largo bosque.

Al principio intenta observar todo el recorrido.

La distancia lo abruma.

Entonces un anciano le dice:

—No necesitas ver todo el camino.

Solo el siguiente paso.

Esa enseñanza cambia completamente su manera de avanzar.

También nosotros muchas veces queremos conocer toda la voluntad de Dios para el resto de nuestra vida.

Pero el Señor suele mostrarnos únicamente el siguiente paso.

Porque desea que caminemos por fe y no por control.

Cada jornada representa una nueva oportunidad para crecer.

Una nueva posibilidad para convertirnos en personas más pacientes.

Más humildes.

Más generosas.

Más misericordiosas.

La santidad no aparece de golpe.

Se construye día tras día.

Decisión tras decisión.

Pequeño gesto tras pequeño gesto.

Existe una costurera que confecciona un inmenso tapiz.

Quien la observa durante unos minutos apenas distingue unas pocas puntadas.

Parecen insignificantes.

Pero después de varios meses aparece una obra maravillosa.

Así trabaja Dios con nosotros.

Cada pequeño acto de fidelidad forma parte de una obra mucho mayor que todavía no alcanzamos a contemplar completamente.

Por eso nunca debemos despreciar las pequeñas decisiones.

Ellas construyen nuestro destino.

También debemos recordar que cada día ofrece una oportunidad para evangelizar.

No necesariamente mediante largos discursos.

Sino mediante la forma en que vivimos.

La paciencia.

La honestidad.

La alegría.

La compasión.

La coherencia.

Muchas personas conocerán primero el Evangelio leyendo nuestra vida antes que leyendo un libro.

Por eso nuestra existencia puede convertirse en una carta abierta escrita por Dios para el mundo.

Existe un farol encendido en una calle oscura.

No elimina toda la noche.

Pero basta para que muchos encuentren el camino.

No necesitas iluminar toda la humanidad.

Solo el espacio donde Dios decidió colocarte.

Tu familia.

Tu trabajo.

Tus amistades.

Tu comunidad.

Allí comienza tu misión.

Hay quienes piensan que su vida es demasiado común para tener importancia.

Olvidan que Jesús pasó la mayor parte de Su existencia viviendo una vida sencilla.




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