Existe una alegría que el mundo intenta comprar.
Otra que intenta fabricar.
Y otra que intenta aparentar.
Pero ninguna de ellas permanece para siempre.
La primera desaparece cuando terminan los bienes materiales.
La segunda se desvanece cuando llegan las dificultades.
La tercera cae cuando dejamos de fingir.
Sin embargo, existe una alegría diferente.
Una alegría que no depende de las circunstancias.
Una alegría que brota desde lo más profundo del alma.
Una alegría que nace cuando el corazón descubre que nunca ha caminado solo.
Esa es la alegría que Dios desea regalar a cada uno de Sus hijos.
Muchas personas creen que la fe consiste únicamente en sacrificios, normas y renuncias.
Olvidan que el Evangelio es, ante todo, una Buena Noticia.
La noticia de que somos infinitamente amados.
De que el pecado no tiene la última palabra.
De que la muerte ha sido vencida por Cristo.
De que existe esperanza incluso después de las noches más oscuras.
Y donde existe una noticia tan grande, también nace una alegría que ninguna tristeza puede destruir completamente.
Jesús sonreía.
Compartía las comidas con quienes eran rechazados.
Bendecía a los niños.
Consolaba a los afligidos.
Celebraba el regreso del hijo perdido.
Su presencia transformaba el ambiente porque llevaba consigo la alegría del Reino.
No era una alegría superficial.
Era la consecuencia natural de vivir completamente unido al Padre.
También nosotros estamos llamados a reflejar esa misma luz.
Existe un viñedo que, durante el invierno, parece completamente seco.
Sus ramas desnudas hacen pensar que toda vida ha desaparecido.
Pero cuando llega la primavera, los brotes comienzan a cubrir lentamente cada rama.
Después aparecen las hojas.
Más tarde los frutos.
La vida nunca había desaparecido.
Solo permanecía escondida.
Así ocurre también con muchas almas.
Hay personas que creen haber perdido definitivamente la alegría.
Pero la gracia continúa viva en su interior.
Solo necesita volver a recibir la luz de Dios para florecer nuevamente.
La verdadera alegría no consiste en no llorar jamás.
Jesús también lloró.
No consiste en no sufrir.
Él conoció profundamente el dolor.
La alegría cristiana consiste en saber que el amor del Padre permanece incluso en medio de las lágrimas.
Que ninguna prueba podrá separarnos de Su misericordia.
Que toda cruz llevada con Cristo termina conduciendo hacia la Resurrección.
Existe un músico que afina cuidadosamente su instrumento antes de cada concierto.
Si una sola cuerda permanece desafinada, toda la melodía pierde armonía.
También el corazón necesita ser afinado diariamente por la oración.
Cuando permitimos que Dios ordene nuestros pensamientos, nuestros deseos y nuestras decisiones, comienza a surgir una armonía interior que se manifiesta como alegría.
No una emoción pasajera.
Sino una serenidad luminosa.
Muchas personas buscan la felicidad acumulando experiencias.
Viajan constantemente.
Cambian de proyectos.
Persiguen novedades sin descanso.
Pero después de cada conquista aparece un nuevo vacío.
Porque el corazón humano fue creado para algo infinitamente mayor.
Fue creado para Dios.
Y mientras no descansa en Él, continúa buscando sin encontrar plenamente aquello que anhela.
Existe una fuente escondida entre las montañas.
Nunca deja de ofrecer agua.
Durante las sequías sigue brotando.
Durante las tormentas continúa fluyendo.
Así es la alegría que nace de la presencia de Dios.
No depende del clima exterior.
Su origen está mucho más profundo.
Por eso puede sostener incluso al corazón herido.
Hay personas cuya sola presencia transmite paz.
No porque hayan vivido una existencia sin problemas.
Sino porque aprendieron a descubrir la fidelidad de Dios en medio de ellos.
Su sonrisa no ignora el sufrimiento.
Lo ha atravesado.
Y precisamente por eso posee una fuerza especial.
La alegría madura nunca nace de la ingenuidad.
Nace de la confianza.
Existe un anciano que cada mañana abre las ventanas de su casa antes del amanecer.
Mientras muchos todavía duermen, contempla cómo la primera luz comienza a iluminar lentamente el horizonte.
Nadie lo obliga.
Simplemente quiere agradecer un día más.
Con el paso de los años descubrió un secreto.
La alegría comienza cuando aprendemos a reconocer los regalos cotidianos que Dios derrama silenciosamente sobre nuestra vida.
Una respiración.
Una conversación.
El canto de un ave.
El perfume de la lluvia.
Una oración.
La compañía de quienes amamos.
Todo puede convertirse en motivo de gratitud.
Y donde existe gratitud, florece la alegría.
También debemos cuidar la alegría de los demás.
Una palabra dura puede apagar la esperanza de una persona.
Un gesto amable puede devolverle el deseo de seguir adelante.
Nunca sabemos las batallas invisibles que cada corazón está librando.
Por eso vale la pena elegir siempre la bondad.
No porque todos la merezcan.
Sino porque Cristo nunca deja de ofrecérnosla a nosotros.
Existe una pequeña vela encendida durante una celebración nocturna.
Parece insignificante frente a la inmensidad de la oscuridad.
Pero cuando otra vela toma su llama, la primera no pierde luz.
Al contrario.
La claridad comienza a multiplicarse.
Así funciona también la alegría.
No disminuye cuando la compartimos.
Se hace más grande.
Cada sonrisa sincera.
Cada palabra de aliento.
Cada acto de misericordia.
Cada abrazo ofrecido con amor.
Todo contribuye a iluminar un poco más el mundo.