Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 52 La luz que Dios enciende para otros a través de tu vida

Hay personas que creen que su existencia es demasiado sencilla para cambiar el mundo.

Piensan que sus días transcurren sin dejar una verdadera huella.

Se levantan.

Trabajan.

Cumplen con sus responsabilidades.

Regresan a casa.

Y vuelven a comenzar.

Con el paso del tiempo, llegan a preguntarse si realmente su vida tiene algún significado más profundo.

Pero Dios contempla la historia con otros ojos.

Él no mide la grandeza por el tamaño de las obras.

La mide por la profundidad del amor con que fueron realizadas.

El Reino de los Cielos ha sido construido, generación tras generación, por personas sencillas que decidieron amar extraordinariamente.

No fueron perfectas.

No tuvieron siempre todas las respuestas.

Simplemente dijeron “sí” cada vez que el Señor las llamó.

Y ese “sí” cambió muchas vidas.

Existe una pequeña lámpara colocada en la ventana de una humilde casa.

Su luz apenas alcanza unos pocos metros.

Sin embargo, durante una noche de intensa tormenta, un viajero perdido logra distinguir ese resplandor.

Gracias a aquella luz encuentra refugio y salva su vida.

La lámpara nunca supo lo que había provocado.

Solo permaneció encendida.

Así sucede también con nosotros.

Muchas veces jamás conoceremos el bien que Dios realiza a través de nuestras acciones.

Una palabra dicha con ternura.

Un abrazo ofrecido en el momento oportuno.

Una oración silenciosa.

Un perdón concedido cuando parecía imposible.

Todo eso puede convertirse en el comienzo de una transformación que continuará durante muchos años.

Hay personas que llegan a nuestras vidas solo por unos minutos.

Otras permanecen décadas.

Pero todas dejan una oportunidad para amar.

Cada encuentro es una invitación del Padre.

Ninguna persona aparece por casualidad.

Cada rostro guarda una historia que merece respeto.

Cada corazón carga una cruz invisible.

Y cada alma necesita experimentar, aunque sea por un instante, la certeza de que Dios sigue amándola.

Jesús nunca miró a las personas como números.

Miró sus heridas.

Sus sueños.

Sus luchas.

Su dignidad.

Cuando encontraba a alguien, esa persona se convertía en el centro de Su atención.

No existían encuentros insignificantes.

Porque cada ser humano posee un valor infinito.

También nosotros estamos llamados a aprender esa mirada.

Existe un sembrador que sale cada amanecer con una pequeña bolsa de semillas.

No sabe exactamente dónde crecerán.

Algunas caerán sobre tierra fértil.

Otras necesitarán más tiempo.

Algunas parecerán desaparecer.

Pero él continúa sembrando.

Porque comprendió que la misión del sembrador no consiste en controlar la cosecha.

Consiste en no dejar nunca de sembrar.

También tú has recibido semillas.

La paciencia.

La compasión.

La alegría.

La fe.

La esperanza.

La capacidad de escuchar.

La fortaleza para levantar al que cayó.

No escondas esos dones.

El mundo los necesita.

Hay una anciana que cada tarde deja un pequeño recipiente con agua frente a su casa para que los pájaros puedan beber durante los días más calurosos.

Muchos consideran ese gesto demasiado pequeño para tener importancia.

Sin embargo, ella sonríe.

Comprendió hace mucho tiempo que el amor nunca pregunta si una obra es grande.

Solo pregunta si fue realizada con sinceridad.

Dios jamás desprecia un corazón que ama.

Existe un reloj de sol que únicamente marca la hora cuando recibe la luz.

Durante la noche permanece en silencio.

Así ocurre también con nuestra vida.

Solo reflejamos plenamente aquello que primero recibimos.

Por eso necesitamos permanecer cerca de Cristo.

Nadie puede ofrecer esperanza si antes no permitió que la esperanza habitara en su propio corazón.

Nadie puede regalar paz si vive esclavo del resentimiento.

Nadie puede transmitir amor si no se deja amar primero por Dios.

La misión comienza siempre en el interior.

Después florece hacia afuera.

Hay quienes esperan grandes oportunidades para servir.

Sueñan con realizar obras extraordinarias.

Mientras tanto, dejan pasar los pequeños milagros cotidianos.

El vecino que necesita ser escuchado.

El compañero que atraviesa una tristeza silenciosa.

El niño que necesita una palabra de ánimo.

El anciano que espera una visita.

La familia que necesita reconciliarse.

La misión de Dios casi siempre comienza muy cerca.

En aquello que hoy tienes delante.

Existe un alfarero que coloca una pequeña vela dentro de cada una de las vasijas que fabrica.

Cuando llega la noche, todas iluminan el taller.

Las vasijas son diferentes.

Ninguna posee exactamente la misma forma.

Pero todas cumplen la misma misión.

También la Iglesia está formada por personas distintas.

Con talentos diferentes.

Historias distintas.

Temperamentos únicos.

Y precisamente esa diversidad permite que la luz de Cristo llegue a muchos lugares al mismo tiempo.

No necesitas parecerte a nadie.

Solo necesitas ser fiel al llamado que Dios escribió para ti.

Hay momentos en los que sentirás que tus esfuerzos no producen resultados.

Que nadie cambia.

Que nadie escucha.

Que todo parece igual.

No te desanimes.

El agua que cae lentamente sobre una roca termina modelándola.

No por la fuerza.

Sino por la constancia.

Así actúa también el amor.

No siempre transforma de inmediato.

Pero nunca deja de sembrar vida.

Existe un bosque donde cada árbol crece a un ritmo distinto.

Algunos alcanzan rápidamente una gran altura.

Otros avanzan lentamente.

Sin embargo, todos reciben la misma luz del sol.




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