Hay un momento en la vida en que las preguntas cambian.
Durante muchos años solemos preguntarnos:
¿Qué voy a lograr?
¿Qué voy a tener?
¿Qué lugar ocuparé?
Pero cuando el alma madura en la presencia de Dios, comienza a formular otras preguntas.
¿Estoy amando como Cristo me enseñó?
¿Mi vida acerca a otros al Padre?
¿Lo que hago hoy tendrá valor en la eternidad?
Esas preguntas transforman completamente la existencia.
Porque dejan de mirar únicamente el tiempo y comienzan a mirar la eternidad.
Vivimos rodeados de cosas que nacen para desaparecer.
Las estaciones cambian.
Los cuerpos envejecen.
Las ciudades se transforman.
Las tecnologías quedan antiguas.
Los aplausos se apagan.
Las riquezas cambian de dueño.
Todo lo creado lleva escrita la huella del paso del tiempo.
Sin embargo, dentro de cada ser humano existe un deseo que ninguna realidad pasajera consigue satisfacer.
Es el anhelo de infinito.
Ese deseo fue colocado por Dios en nuestro corazón para recordarnos que fuimos creados para algo mucho más grande que esta vida.
Jesús nunca enseñó a despreciar el mundo.
Enseñó a vivir en él sin convertirlo en nuestro destino definitivo.
Nos mostró que cada día es una preparación para el encuentro eterno con el Padre.
No mediante el miedo.
Sino mediante el amor.
Quien ama comienza a vivir el cielo antes de llegar a él.
Existe un peregrino que atraviesa un inmenso camino hacia una ciudad luminosa.
Durante el recorrido encuentra posadas, jardines y paisajes hermosos.
Los disfruta.
Agradece cada uno de ellos.
Pero jamás olvida que ninguno constituye su destino final.
Continúa caminando.
No porque desprecie el camino.
Sino porque conoce la belleza del lugar hacia el cual se dirige.
Así debería vivir también el cristiano.
Agradeciendo profundamente cada regalo recibido en esta tierra.
Sin aferrarse a ellos como si fueran eternos.
Existe un reloj de arena.
Cada grano cae lentamente.
No hace ruido.
No anuncia su llegada.
Simplemente desciende.
Así transcurren también nuestros días.
No sabemos cuántos quedan.
Por eso cada jornada posee un valor inmenso.
No para vivir con miedo.
Sino para vivir con intensidad.
Amando más.
Perdonando más.
Sirviendo más.
Orando más.
Agradeciendo más.
Hay personas convencidas de que la santidad consiste en realizar acciones extraordinarias.
Olvidan que Jesús pasó la mayor parte de Su vida realizando tareas sencillas.
Trabajó.
Compartió la mesa.
Escuchó.
Acompañó.
Descansó.
Rezó.
La santidad florece precisamente allí donde aprendemos a vivir cada instante con amor.
No necesitamos esperar circunstancias excepcionales.
La eternidad comienza en la fidelidad cotidiana.
Existe un viejo campanario que anuncia cada amanecer.
Su sonido despierta a todo el pueblo.
Con el paso de los años, muchos dejan de prestarle atención.
Se acostumbran.
También nosotros corremos el riesgo de acostumbrarnos a los milagros cotidianos.
Respirar.
Poder abrazar.
Escuchar una voz querida.
Contemplar el cielo.
Recibir un nuevo día.
Todo ello es un regalo inmenso.
La gratitud mantiene despierto el corazón.
Quien agradece aprende a vivir mirando el cielo incluso mientras camina sobre la tierra.
Existe un artesano que talla una pequeña cruz de madera.
Cada movimiento requiere paciencia.
Ningún detalle resulta inútil.
Cuando finalmente termina la obra, comprende que la belleza nació precisamente de la constancia.
Así trabaja también Dios con nosotros.
No improvisa.
No se apresura.
Cada experiencia.
Cada encuentro.
Cada alegría.
Cada prueba.
Todo va formando lentamente un corazón semejante al de Cristo.
El cielo comienza precisamente cuando permitimos esa transformación.
Hay un anciano que cada tarde contempla la puesta del sol desde la puerta de su casa.
Alguien le pregunta por qué nunca se cansa de mirar el mismo paisaje.
Él responde:
—Porque cada atardecer me recuerda que un día termina, pero también que Dios ya está preparando un nuevo amanecer.
Así vive quien ha aprendido a confiar.
No teme el paso del tiempo.
Lo recibe como un compañero que lo acerca cada día un poco más al abrazo definitivo del Padre.
Existe una semilla enterrada profundamente bajo la tierra.
Desde afuera parece haber desaparecido.
Sin embargo, en su interior comienza una transformación silenciosa.
Solo después de mucho tiempo aparece el primer brote.
La muerte aparente era, en realidad, el comienzo de una vida nueva.
Así anunció Jesús el misterio de la Resurrección.
Lo que parece un final puede convertirse, en las manos de Dios, en el inicio de una plenitud inimaginable.
Por eso el cristiano mira la vida con esperanza.
Incluso frente al dolor.
Incluso frente a la despedida.
Incluso frente a la muerte.
Porque sabe que Cristo abrió para siempre las puertas de la Vida.
Existe un faro construido sobre un acantilado.
Durante las noches de tormenta su luz permanece firme.
No elimina las olas.
No calma el viento.
Pero recuerda a todos los navegantes que existe un puerto seguro.
La esperanza cristiana actúa de la misma manera.
No niega las dificultades.
Las ilumina.
Nos recuerda que el destino final no es el miedo.
No es la soledad.
No es el fracaso.
Nuestro destino definitivo es el encuentro con el Amor que nunca termina.
Hay personas que viven como si esta vida fuera lo único existente.