Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 57 El regalo de convertirse en respuesta para otros

Después de un largo camino de crecimiento espiritual, sucede algo extraordinario.

El corazón deja de preguntarse únicamente:

”¿Qué puede hacer Dios por mí?”

Y comienza a preguntarse:

“Señor, ¿qué puedes hacer a través de mí?”

Ese cambio parece pequeño.

Sin embargo, transforma por completo la existencia.

Porque el alma deja de girar alrededor de sí misma y empieza a vivir para el bien de los demás.

Ese es uno de los frutos más hermosos de la madurez espiritual.

Quien ha experimentado el amor de Dios ya no puede guardarlo solamente para sí.

Siente el deseo profundo de compartirlo.

No por obligación.

No para recibir reconocimiento.

Sino porque el amor auténtico siempre busca multiplicarse.

Como una fuente que nunca deja de brotar.

Existe un hombre que cada mañana enciende una lámpara frente a la puerta de su casa antes de que amanezca.

Durante mucho tiempo piensa que nadie presta atención a ese pequeño gesto.

Hasta que un viajero le confiesa:

—Muchas veces esa luz fue lo único que me permitió encontrar el camino cuando todo estaba oscuro.

Entonces comprende que incluso aquello que parecía insignificante tenía un propósito.

También tú puedes estar iluminando vidas sin llegar nunca a saberlo.

Una palabra de aliento.

Una llamada inesperada.

Una visita.

Una sonrisa sincera.

Una oración hecha en silencio por alguien que sufre.

Nada de eso es pequeño cuando nace del amor.

Hay personas que esperan sentirse completamente preparadas para servir.

Pero Dios rara vez llama a quienes ya lo saben todo.

Llama a quienes están dispuestos.

Los discípulos no eran los más importantes de su tiempo.

Eran personas sencillas.

Con temores.

Con dudas.

Con limitaciones.

Y precisamente por eso pudieron mostrar que la fuerza venía de Dios y no de ellos.

No tengas miedo de tu fragilidad.

Cuando la colocas en manos del Señor, Él la transforma en un puente para llegar a otros.

Existe una mujer que cada tarde prepara un plato de comida extra.

Nunca sabe quién lo necesitará.

Algunas veces nadie llama a su puerta.

Otras veces aparece una persona cansada, un vecino solo o alguien que atraviesa un momento difícil.

Ella nunca pregunta si vale la pena seguir haciéndolo.

Simplemente permanece disponible.

Así actúa el corazón que aprendió a amar.

No calcula.

No lleva cuentas.

No espera recompensas.

Solo busca convertirse en un reflejo de la generosidad de Dios.

Vivimos en un mundo donde muchas personas sienten una profunda soledad.

Algunas están rodeadas de gente y, sin embargo, nadie conoce realmente lo que ocurre en su interior.

Otras sonríen mientras esconden lágrimas.

Muchas siguen adelante con una carga que nadie imagina.

Por eso cada encuentro puede convertirse en un acto de misericordia.

Escuchar con atención también es amar.

Mirar con respeto también es amar.

Permanecer junto a quien sufre, aunque no tengamos respuestas, también es amar.

Jesús no siempre resolvió inmediatamente todos los problemas de quienes encontraba.

Muchas veces comenzó simplemente deteniéndose.

Mirando.

Escuchando.

Haciendo sentir a la otra persona que era valiosa.

Y ese sigue siendo uno de los mayores milagros que podemos ofrecer.

Existe un violinista que interpreta una melodía en una plaza casi vacía.

Piensa que nadie está escuchando.

Sin embargo, desde la ventana de un hospital cercano, un anciano enfermo sonríe por primera vez en muchos días al oír aquella música.

El músico nunca llega a saberlo.

Pero Dios sí.

Así ocurre también con nuestras obras de amor.

No conocemos todo el fruto que producen.

Solo estamos llamados a permanecer fieles.

Hay un sembrador que reparte semillas incluso en terrenos donde todavía no ve brotes.

Algunos lo consideran ingenuo.

Él responde con serenidad:

—No soy yo quien hace crecer la vida.

Solo soy quien siembra.

También nosotros debemos aprender esa confianza.

No nos corresponde medir los resultados.

Nos corresponde amar.

El crecimiento pertenece a Dios.

Existe un pequeño puente de madera construido sobre un arroyo.

Miles de personas lo cruzan cada año.

Pocas se detienen a pensar quién lo construyó.

Pero todas llegan al otro lado gracias a él.

Así sucede con quienes viven sirviendo humildemente.

Quizá nunca reciban aplausos.

Quizá nadie recuerde su nombre.

Pero Dios conoce cada sacrificio escondido.

Y en Su Reino nada realizado con amor pasa desapercibido.

Muchas veces creemos que evangelizar consiste únicamente en hablar de Dios.

Sin embargo, antes de pronunciar una palabra, el cristiano está llamado a mostrar el rostro de Cristo con su propia vida.

La paciencia cuando otros se impacientan.

La honestidad cuando resulta más fácil engañar.

La compasión cuando el mundo responde con indiferencia.

El perdón cuando el orgullo exige venganza.

Ese testimonio silencioso posee una fuerza inmensa.

Porque las personas pueden discutir nuestras ideas.

Pero difícilmente olvidarán un amor auténtico.

Existe un alfarero que entrega sus mejores vasijas para que otros puedan llevar agua.

Nunca las conserva únicamente para contemplarlas.

Comprende que fueron creadas para servir.

También los dones que Dios nos regaló tienen un propósito.

No fueron dados para alimentar el orgullo.

Fueron entregados para aliviar el cansancio de otros.

Cada talento encuentra su plenitud cuando se convierte en servicio.

Hay quienes piensan que ya no tienen nada para ofrecer.

La edad avanzó.

Las fuerzas disminuyeron.




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