Existe un instante en la vida en que el alma deja de preguntar:
”¿Por qué me ocurrió todo esto?”
Y comienza a preguntar:
”¿Qué quiso enseñarme Dios a través de todo lo vivido?”
Ese cambio marca el comienzo de una libertad nueva.
Mientras permanecemos encerrados en el “¿por qué?”, el pasado continúa dominando nuestros pensamientos.
Pero cuando abrimos el corazón al “¿para qué?”, el dolor comienza lentamente a transformarse en sabiduría.
No desaparecen los recuerdos.
No se borran las cicatrices.
Simplemente dejan de ser cadenas.
Se convierten en maestros.
Toda vida está formada por momentos que nunca habríamos elegido.
Pérdidas.
Despedidas.
Silencios.
Esperas.
Fracasos.
Enfermedades.
Puertas cerradas.
Lágrimas escondidas.
Si pudiéramos regresar al pasado, probablemente intentaríamos evitar muchas de esas experiencias.
Sin embargo, cuando caminamos de la mano de Dios, incluso aquello que parecía inútil termina ocupando un lugar dentro de una historia llena de sentido.
Existe un inmenso tapiz que una anciana tejedora confecciona durante muchos años.
Quien observa únicamente el reverso descubre hilos cruzados.
Nudos.
Colores sin orden.
Fragmentos aparentemente caóticos.
Pero cuando finalmente la obra se da vuelta, aparece un dibujo de una belleza extraordinaria.
Durante mucho tiempo nosotros solo vemos el reverso de nuestra historia.
Dios contempla desde siempre el lado completo.
Él conoce el diseño terminado.
Nosotros apenas vemos algunos hilos.
Por eso la fe consiste en confiar incluso cuando todavía no comprendemos.
Existe una lluvia persistente que cae durante varios días sobre un valle.
Los habitantes se preocupan.
Todo parece gris.
Pero semanas después descubren que aquella lluvia permitió florecer campos enteros.
Así actúa también la gracia.
Muchas bendiciones llegan disfrazadas de pruebas.
No porque Dios disfrute del sufrimiento.
Sino porque sabe hacer brotar vida incluso donde nosotros únicamente percibimos oscuridad.
Hay personas que pasan gran parte de su existencia intentando cambiar aquello que ya ocurrió.
Viven discutiendo con el pasado.
Se culpan.
Se condenan.
Se preguntan una y otra vez qué habría sucedido si hubieran tomado otra decisión.
Pero el pasado no puede reescribirse.
Lo único que puede transformarse es el significado que adquiere cuando lo entregamos al Señor.
Cristo no cambia la historia vivida.
Cambia el corazón que la contempla.
Y eso basta para transformar toda una existencia.
Existe un viejo roble que conserva en su tronco profundas marcas provocadas por antiguas tormentas.
Lejos de debilitarlo, esas heridas fortalecieron sus raíces.
Hoy ofrece sombra a quienes necesitan descansar.
También nuestras heridas pueden convertirse en refugio para otros.
La persona que conoció el sufrimiento suele comprender mejor el dolor ajeno.
Quien fue levantado por Dios aprende a levantar a los demás.
Quien experimentó misericordia se vuelve más misericordioso.
Nada se pierde cuando pasa por las manos del Padre.
Jesús nunca desperdició ninguna experiencia humana.
Compartió la alegría de las fiestas.
Lloró ante el dolor.
Sintió el cansancio.
Experimentó la traición.
Conoció la incomprensión.
Vivió el abandono.
Y precisamente por haber recorrido nuestro camino puede caminar hoy junto a nosotros con infinita compasión.
No existe una lágrima que Él no comprenda.
Existe un alfarero que conserva cuidadosamente los pequeños fragmentos de barro que otros desechan.
Con ellos crea una pieza completamente nueva.
Así obra también Dios.
No descarta ninguna parte de nuestra historia.
Ni siquiera aquello que nosotros consideramos un fracaso.
Todo puede convertirse en un instrumento de gracia.
Todo puede encontrar un lugar dentro de Su proyecto de amor.
Existe una biblioteca donde cada libro cuenta una historia distinta.
Algunos hablan de alegría.
Otros de pérdidas.
Otros de esperanza.
Pero todos forman parte de una misma colección.
Nuestra vida también posee capítulos luminosos y capítulos difíciles.
No podemos arrancar las páginas que menos nos gustan.
Pero sí podemos permitir que Dios escriba un final lleno de esperanza.
Porque Él siempre tiene la última palabra.
Y Su última palabra nunca es desesperación.
Siempre es amor.
Hay un reloj antiguo que continúa funcionando después de muchas décadas.
Cada engranaje cumple una función.
Algunos permanecen ocultos.
Sin embargo, todos resultan necesarios.
Así también las pequeñas decisiones cotidianas fueron construyendo silenciosamente la persona que hoy eres.
Aquella vez que elegiste perdonar.
El día en que decidiste levantarte una vez más.
La ocasión en que preferiste decir la verdad.
La oración pronunciada entre lágrimas.
Nada fue insignificante.
Cada acto de fidelidad permitió que la gracia siguiera modelando tu corazón.
Existe una lámpara de aceite que permanece encendida durante toda la noche.
No produce un resplandor deslumbrante.
Su luz es sencilla.
Constante.
Fiel.
Y precisamente por eso acompaña a quienes atraviesan la oscuridad.
También nuestra vida está llamada a iluminar de esa manera.
No mediante grandes gestos extraordinarios.
Sino permaneciendo fieles cada día.
La santidad no suele hacer ruido.
Pero transforma silenciosamente el mundo.
Hay quienes todavía sienten que su historia quedó incompleta.
Que algunos sueños no llegaron a cumplirse.
Que ciertas respuestas nunca aparecieron.