Cuando la Vida te vuelve a llamar

Capítulo 60 Cuando la vida te vuelve a llamar

Si has llegado hasta aquí, ya sabes que este libro nunca trató únicamente de superar el dolor.

Nunca trató solamente de aprender a sonreír otra vez.

Nunca trató únicamente de encontrar paz.

Este camino siempre condujo hacia algo mucho más grande.

Conducía hacia el descubrimiento de que Dios nunca dejó de llamarte.

Desde antes de tu primer recuerdo.

Desde antes de tu primera alegría.

Desde antes de tu primera herida.

Su voz ya pronunciaba tu nombre con infinito amor.

A lo largo de estas páginas has atravesado noches de incertidumbre.

Has aprendido que el silencio también puede ser un lugar donde Dios habla.

Has descubierto que el perdón libera mucho más al que perdona que al perdonado.

Has comprendido que la esperanza nunca depende de las circunstancias.

Has aprendido que la paz nace de la confianza.

Que servir llena más el corazón que recibir.

Que el verdadero milagro ocurre cuando el alma se deja transformar por la gracia.

Y ahora, al llegar al final, quizás esperabas encontrar una última respuesta.

Sin embargo, Dios suele regalarnos algo mucho mejor que una respuesta.

Nos regala una misión.

Porque la fe nunca termina en quien la recibe.

Siempre continúa hacia quien todavía la necesita.

Existe una inmensa montaña desde cuya cima puede contemplarse todo el valle.

El caminante que finalmente alcanza ese lugar mira hacia atrás.

Reconoce cada curva del sendero.

Cada subida difícil.

Cada piedra.

Cada descanso.

Y comprende algo que antes no podía entender.

Ningún tramo fue inútil.

Incluso aquellos momentos en que creyó avanzar sin sentido terminaron conduciéndolo exactamente hasta donde debía llegar.

Así sucede también contigo.

Nada de lo vivido fue desperdiciado.

Las lágrimas enseñaron compasión.

Las caídas enseñaron humildad.

Las esperas enseñaron paciencia.

Los silencios enseñaron confianza.

Las heridas enseñaron misericordia.

Y las alegrías recordaron que Dios jamás deja de regalar pequeños anticipos del cielo.

Existe un enorme río que nace como un pequeño manantial escondido entre las montañas.

Nadie imagina que aquella diminuta corriente llegará algún día a convertirse en un cauce inmenso capaz de dar vida a ciudades enteras.

También la obra de Dios comienza muchas veces con gestos aparentemente pequeños.

Una oración.

Un perdón.

Un acto de generosidad.

Una decisión de volver a empezar.

Con el tiempo esos pequeños sí transforman familias.

Comunidades.

Generaciones.

Nunca subestimes el poder de una vida entregada a Dios.

Hay personas convencidas de que para cambiar el mundo hacen falta acciones extraordinarias.

Cristo enseñó exactamente lo contrario.

Comparó el Reino con una semilla.

Con un poco de levadura.

Con una lámpara.

Con un vaso de agua ofrecido con amor.

Porque el cielo sabe que las grandes transformaciones nacen de pequeñas fidelidades repetidas todos los días.

Existe un anciano que planta un árbol sabiendo que jamás descansará bajo su sombra.

Alguien le pregunta por qué continúa sembrando.

Él sonríe.

—Porque otros sembraron antes para que hoy yo pudiera disfrutar de este lugar.

Así vive quien ha comprendido el Evangelio.

No piensa únicamente en sí mismo.

Piensa en quienes vendrán después.

Cada acto de bondad deja una huella que muchas veces continuará dando fruto cuando nosotros ya no estemos.

Hay un niño que observa una vela encendida dentro de una habitación completamente oscura.

Le sorprende que una llama tan pequeña pueda vencer tanta oscuridad.

Entonces comprende una gran verdad.

La oscuridad nunca puede apagar la luz.

Es la luz la que siempre termina venciendo.

Cristo quiso precisamente eso para nosotros.

No nos pidió convertirnos en dueños del mundo.

Nos pidió ser luz.

Y una sola vida iluminada por el amor de Dios puede cambiar la historia de innumerables personas.

Existe un viejo puente construido hace muchos años.

Miles de viajeros lo cruzan diariamente.

Muchos jamás conocerán el nombre de quienes lo edificaron.

Pero todos llegarán al otro lado gracias a ese trabajo silencioso.

También así debería ser nuestra existencia.

No buscando que el mundo recuerde nuestro nombre.

Sino procurando que, gracias a nuestra vida, alguien pueda acercarse un poco más al corazón de Dios.

Ese será siempre el éxito más grande.

Después de recorrer este camino quizá todavía existan problemas.

Tal vez algunas heridas continúen sanando.

Quizá ciertas respuestas aún no hayan llegado.

Eso no significa que el viaje haya fracasado.

Significa simplemente que la vida continúa.

Y precisamente allí está la belleza.

Porque cada nuevo amanecer representa una nueva oportunidad para volver a elegir el amor.

Nunca terminaremos de aprender.

Nunca dejaremos de crecer.

Nunca dejaremos de necesitar la misericordia del Padre.

Y esa es una maravillosa noticia.

Porque Su amor tampoco terminará jamás.

Existe una catedral cuyas campanas anuncian el comienzo de un nuevo día.

Su sonido atraviesa lentamente las calles todavía silenciosas.

Cada campanada parece repetir un mismo mensaje:

Levántate.

Confía.

Ama.

Perdona.

Sirve.

No tengas miedo.

Quizá esas mismas palabras sean hoy el eco de Dios dentro de tu corazón.

Tal vez Él no te esté llamando a realizar algo extraordinario.

Quizá simplemente te invite a vivir extraordinariamente el día de hoy.

Con paciencia.

Con honestidad.

Con ternura.




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