Las despedidas no me gustan, me agobia saber lo que estoy dejando atrás, o quien… en todo caso, lo que en verdad amo es irme, en silencio. Conocer nuevos lugares, conocerme a mí. Nunca sentí que encajara en algún lado, sabía que mi vida se encontraba fuera de mi ciudad natal, lejos de mi hogar.
Había mandado la mayoría de mis cosas por paquetería, comenzaría de cero o al menos lo intentaría. Hace tiempo que me encontraba viviendo en un estado cerca de casa de mis padres, pero cuando sientes que te estancas es razón suficiente para irte, no es retroceder, o al menos yo no lo veo así. Quizás solo soy una escritora loca. Me encanta vivir lo que escribo en mis libros, o tal vez solo escribo lo que me encantaría vivir, no lo sé.
—¿Por qué estás ahí? Pareces un zombie.
La voz de mi editora me sacó de mis pensamientos. Tome la maleta y me acerque a ella con una sonrisa.
—¿Estás tan ansiosa de que me vaya? —bromeé.
—Eso no importa. Puedo ir a verte. Lo importante es… ¿ya tienes el manuscrito?
—¿Qué? No. No me hables de trabajo hoy.
Reí, nerviosa. Le eché un último vistazo a mi cuarto ya vacío, luego tome la mano de Miranda y la saque de ahí.
—Tenemos cuatro meses para que nos lo aprueben —me recordó—. No podemos retrasarnos más.
—Ni siquiera sé de qué escribir. Ya lo he escrito todo.
Miranda me miró mal, luego suspiro, colocando sus manos en mis hombros.
—Un artista nunca deja de ser artista solo por no tener una idea.
—Claro que lo deja de ser.
—No, un artista deja de ser artista cuando su alma ya no entiende de arte.
—Hablo en serio, Miranda.
—Se te pasara, de seguro es otro bloqueo creativo —dijo, más para ella que para mí—. Ya verás que cuando llegues a tu nuevo hogar y conozcas los lugares de allá se te ocurrirá algo. Ahora, vamos corriendo al aeropuerto, tu familia ya iba en camino cuando yo apenas venía para acá.
Miranda comenzó a empujarme hacia afuera de mi casa. Yo intenté agarrarme de cualquier cosa, pero ya no había nada. Ya había retirado toda mi vida de ahí.
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Los aviones pasaban demasiado cerca, la vibración que estos provocaban en el suelo y aquel sonido ensordecedor revolvían mi estómago de la emoción. Estaba a tan solo unas horas de cambiar mi vida por… ¿tercera vez? Igual, siempre me emocionaba como si fuera la primera. Mi familia se encontraba justo en la entrada del aeropuerto, mi sobrino fue el primero en acercarse a mí y abrazarme.
—Llevame contigo, tía.
—¿Y yo para qué te quiero allá? —burlé, mientras correspondía su abrazo.
—Para pelear.
Mi hermana soltó una carcajada mientras jalaba a su hijo, mi mamá fue la siguiente en abrazarme.
—¿Estás segura de irte tan lejos?
—Vendré en las festividades.
—Al menos no se fue del país —comentó mi hermana, esperando su turno para abrazarme—. Siempre amenazaba con eso.
—Me da flojera aprender un nuevo idiota —admiti, abrazandola—. Además, luego tengo que resolver tus problemas.
Miranda estaba viendo todo el espectáculo. Estuvimos un par de minutos hablando; mi sobrino diciéndome que buscaría universidades cerca de mi nueva casa, mi hermana regañandolo por autoinvitarse y mamá diciéndome los clásicos consejos de madre preocupada junto un «No olvides llamar cuando llegues».
Cuando llegó el momento de irme pasé por seguridad para hacer la revisión de maletas, antes de irme a la zona de embarque me giré para ver a mi familia, me despedí con la mano y ellos imitaron el gesto. Me dirigí a mi sala y espere apenas un par de minutos antes de que anunciaran mi vuelo y ver cómo algunas personas comenzaban a formarse en la puerta.
Ya está, comenzaría desde cero.