"Conservar algo que me ayude a recordarte sería admitir que te puedo olvidar". 'Romeo y Julieta', de William Shakespeare.
Odio esto; los muebles envueltos y sin poder usarse, las cajas estorbando por los pasillos, no saber como acomodar las cosas, perderte en el transporte público, llegar cansada del viaje y no poder acostarte ni siquiera en el piso. Lo aborrezco. Miré alrededor buscando por dónde empezar, las ganas de acostarme me picaban la costilla obligándome a empezar por ahí: los muebles. Coloqué música y me recogí el cabello, luego comencé a armar primero las piezas de la habitación de los cuales solo se trataba de una cama, un buró donde pongo mi lámpara para leer de noche, y acomodar la mesa de la televisión. Agradecía haber mandado a colocar el tocador y el closet. Sacudí las cosas y barrí antes de poner las cortinas, la alfombra y las sábanas. Cuando terminé miré la cama por unos segundos.
«Puta madre, quiero dormir».
Di una última mirada antes de ir a la siguiente habitación; mi estudio. Arrastré las cajas en donde se encontraban mis libros y libretas hacia el lugar. Armé el escritorio y los tres libreros. Los acomode tres veces antes de decidir la posición de los muebles, después de todo es el lugar en donde más tiempo voy a estar… sí es que consigo escribir algo.
Me recargue en la pared a la vez que apoyaba la cabeza en esta. Las mudanzas siempre son cansadas y sobre todo agobiantes. A pesar de haberme mudado antes, la verdad es que no creí que lo fuera a hacer más lejos, aunque amenazara con ello constantemente lo cierto es que me aterraba la idea de fracasar y estar a kilómetros de quienes contaba. Aún tengo miedo, sin embargo he aprendido a no limitarme por esa razón, sería estúpido. No soy alguien aventurera, ni mucho menos valiente. Creo que soy más de cerrar los ojos y hacer las cosas. Finjo no preocuparme, aunque en el fondo me esté muriendo de miedo. No vivo de él, pero siento que se alimenta de mí. Extraño. Irónico. Como todo en mi vida.
Me encantaría decir que mi vida ha sido como siempre soñé, pero sería mentir. Nunca planeé absolutamente nada. Viví a base de impulsos estúpidos y planes a último minuto. Procrastine cada etapa de mi vida.
En la secundaria me limité a decir que sólo estudiaría la preparatoria y me pondría a trabajar en cualquier fábrica, supuse que mi hermana siendo la mayor y toda una prodigio tendría su carrera universitaria y sería el orgullo de mamá, grave error. Lo inteligente al parecer no es suficiente cuando uno es emocional, mi hermana era la prueba viviente de ello, pues se casó antes de siquiera terminar la preparatoria, dejándome a mí la carga de ser el orgullo de la familia. Un cambio de planes que no contemplaba en lo absoluto. Desde ahí no paré de improvisar con mi vida.
Luego, en preparatoria yo seguía sin saber qué hacer. La pregunta constante de «¿Cómo te ves en cinco años?» me molestaba más de lo que me gustaría admitir. Esa era la clase de dudas existenciales que prefería ignorar. Pero no se puede ignorar el futuro por tanto tiempo, mucho menos cuando tienes a este encima siguiéndote cual cazador a su presa. En la universidad hice lo que no se debe hacer: Escoger una carrera al azar y por su campo laboral. A pesar de mis esfuerzos constantes siempre fallaba en algo, y de nuevo repetía una decisión precipitada. Creo que desde siempre supe que mi vida no iba a ser fácil y que, no importaba cuánto me esforzará por algo, siempre cambiaría mi rumbo.
¿Quería ser diseñadora? Pues no importa, porque terminé siendo cocinera.
¿Quería hacer música? Terminé haciendo libros.
¿Quiero ser feliz? Pues viviré en la miseria.
Observé la caja con la palabra «Libros» en grande, me acerqué con miedo y la abrí sintiendo de golpe aquel aroma a libro viejo. Comencé a acomodar cada uno en los tres libreros. Cuando vi el espacio vacío de uno de ellos fruncí el ceño, había empacado todos y cada uno de ellos y aun así me faltaban. Me dirigí a la sala principal, en donde se encuentran la mayoría de las cajas, inspeccioné cada una leyendo las letras que llevaban escritas en rojo. Después de un rato encontré una con el texto de «Libros y libretas», la llevé a rastras a mi estudio, abrí la caja encontrando primero las libretas. Arqueé la ceja, como si desconociera de qué clase de libretas se tratan, obviamente lo sé.
En mi celular suena «Recuerdos» de Liran´Roll, entonces la nostalgia me abraza y me empuja a revisar cada libreta que hay. Comencé con las de la universidad, cosa que se divide en dos partes por aquel cambio repentino de institución. Continuo con las libretas de la preparatoria, aunque no encuentro nada interesante. Aquí es donde noté mi apego a la basura. Tomé una libreta de secundaria y cuando la comencé a hojear salió volando un sobre al otro lado de la habitación. Froté mi rostro con mis manos antes de levantarme y recoger el sobre.
Rojo —aquel del cual había olvidado su existencia— se burla en mi cara, yo comprendí el chiste al instante y me reí, desganada. Abrí el sobre sacando aquella hoja blanca de su interior y comencé a leer el contenido, para cuando terminé mi risa era aún más ruidosa.
«Esa loca».
Pensé, como si desconociera su nombre y no me quedará otra opción más que decirle loca, como si un huracán me hubiera robado su nombre, o como si se hubiera ido al fondo de mi mente después de tantos nombres que he conocido a través de los años. Su nombre martillea mi cabeza, obligándome a sostenerla con ambas manos. Yo parezco loca. ¿Qué nombre odiará ahora? Aquella chica que ahora considero una extraña fue por la que empecé a escribir. Quien, en otras palabras, me condenó la vida. Creo que nunca le agradecí lo bien que me hizo, aún destruyéndome o dejándome.