Cuando las musas vuelven

Capítulo 2. Rutinas sin fin.

“Crees que sabes todas tus posibilidades. Entonces, otras personas llegan a tu vida y de repente hay muchas más” ´El reino de la posibilidad´, David Levithan.

Tras tanto tiempo aferrada a una rutina, empecé a añadirle pequeños gestos. Para mí eran inofensivos, detalles que seguramente pasarían inadvertidos si algún día los dejara de lado.

Llegué al salón; apenas dejé mis cosas en mi lugar, busqué a Kas con la mirada. No distingo bien cuándo empecé a llamarla por su diminutivo; seguramente la primera vez que lo hice fue por error. El día que ella me propuso que le hablara de esa manera, estoy segura de haber hecho algún gesto extraño; sin embargo, no negué ni acepté. Cuando la encontré, me acerqué a ella: hablaba con unos compañeros de algún tema que desconocía en su totalidad. Le toqué el hombro, ella se giró hacia mí y me sonrió.

—Lindo peinado —dije mientras señalaba su trenza—. ¿Lo hizo tu mamá?

Decirle algún halago a Kas también se había vuelto parte de mi rutina.

La sonrisa de Kas se hace aún más grande, ella agarra su cabello mientras juega con la punta de su trenza.

—Sí —asintió con la cabeza—. Vio un tutorial raro en internet y quiso intentarlo.

—Genial. ¿Fue difícil?

—No, es sencillo. Con un lápiz.

No dije nada más. No hacía falta. La rutina era simple y eso me gustaba. No había que hablar de más ni llenar los silencios. Estos no eran incómodos, y el ruido tampoco me molestaba. Me sentía cómoda, tranquila. Probablemente Kas se sentía exactamente igual.

Regresé a mi lugar y me senté en este Noté como mis amigas estaban hablando con demasiada emoción sobre algo, así que preste atención a la conversación para dar mi opinión, pero esta intención se esfumó en cuanto me di cuenta de que hablaban de chicos. Ellas parecieron percatarse de que las estoy escuchando y se giraron hacia mí.

—¿Y a ti, Navira? ¿Quién te gusta? —preguntó una de ellas.

—¿Yo? —me señale, ellas solo se rieron—. Pues no me gusta nadie.

—¿Y no se te hace guapo alguien?

Miré por el salón buscando a alguien que llamara mi atención, pero no ocurrió: todos me parecían exactamente iguales. Me encogí de hombros y negué con la cabeza. Ellas se miraron mutuamente y luego me miraron, juzgando ese hecho. Sonreí, incómoda ante sus miradas. En ese momento, la profesora entró al salón.

Mi mente no deja de reproducir la mirada de ellas, como si fuera rara por no gustarme alguien. Estoy segura de que en algún momento me gustó un chico, pero no le tome importancia y con el tiempo dejó de gustarme.

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En educación física, la profesora nos puso en fila para correr. Kas se formó delante de mí y comenzó a hablarme de los videos que había visto el fin de semana; yo le presté atención como si comprendiera de qué hablaba. Ambas empezamos a correr, una junto a la otra. El aire golpeando nuestros cuerpos hizo que su aroma se impregnara repentinamente en mis fosas nasales, me tallé la nariz debido a lo dulce del olor. No era empalagoso en lo absoluto, pero tampoco pasaba desapercibido.

Kas es de las chicas más femeninas que conozco, la manera en que habla, camina o simplemente se mueve grita «feminidad». Ella y yo somos muy contrarias, probablemente sí yo jugara futbol me dirian «machorra», y estoy egura de ello porque a una amiga le dicen así de vez en cuando por la misma razón.

Detesto las etiquetas, al menos las malas. Uno no está obligado a que le guste algo solo porque a la mayoría le guste. Me he preguntado por qué a las personas le aterra lo diferente. Ya no estamos en los cincuenta y aún piensan de esa manera. Son otros tiempos; a estas alturas de la vida uno ya no debería asustarse por cosas diferentes o «antinaturales». Me parece estúpido, una contradicicón a nuestra evolución. A veces creo que la gente retrocede en vez de avanzar. Siempre he querido hacer esa queja en voz alta, pero siempre me quedo con ganas de hacerlo. Sé que de hacerlo me volvería una rechazada social. El rechazo me da miedo.

Kas se giró para verme y enseñarme una sonrisa, yo le dedique una sonrisa de vuelta.

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Actualidad.

El sonido de mi celular me obliga a levantarme. Observé alrededor intentando recordar qué es lo que estaba haciendo antes de dormir. Las cajas delante de mí me traen de vuelta a la realidad en la que estoy. Tomé al culpable de despertarme, tenía varias notificaciones de redes sociales, junto con uno que otro correo de la editorial. En la secundaria vivía alejada de los libros, y ahora vivo de ellos. Rasqué mi nuca, volviendo a ver el desorden del departamento. Me levanté con pesar y comencé a acomodar los sillones; las cajas las puse en una esquina y en la cocina organicé los electrodomésticos. Tras dos horas ordenando sin parar, terminé cansada y me metí a bañar. Me dirigí a mi habitación arrastrando los pies en cuanto terminé. Agradecí haber acomodado mi cuarto primero. Me dejé caer en la cama y observé el techo.

Kas, la loca esa, fue mi primera musa, por quien comencé en este mundo. Aquel romance digno de Romeo y Julieta me inspiró a escribir poemarios que entonces sentía revolucionarios, aunque hoy solo me hacen reír por sus versos pésimos y desganados. También creé personajes para adaptarme a lo que ella esperaba, cosa que sin querer abrió mi camino hacia las editoriales grandes. Al principio me dedicaba a concursos de editoriales que cobraban por publicar, pero lo hacía: participaba y ganaba. Para cuando me di cuenta ya había mandado un manuscrito a una editorial grande; me rechazaron un par de veces, pero en mi mente se repetía el «Tengo que publicar aunque sea uno».
Insisto en que, si no fuera por ella, probablemente ahora estaría trabajando en una empresa, con una vida llena de rutina y con miedo de ser quien soy. Lo que sea, la verdad, sería mejor que escribir y recibir toda clase de comentarios por internet.
Miré mi celular y entré a mi drive para revisar todos los manuscritos que he hecho, junto con sus correcciones. Una risa se escapó de mis labios. Creo firmemente que las personas cambian todo el tiempo: es parte de su evolución, de su crecimiento como individuos. Ser el mismo es estancarse, razón por la que odio las rutinas. Soy, quizás, una hipócrita al decir eso, porque al final sigo escribiendo sobre mi nostalgia. Mi memoria y mis sentimientos están en cada libro que escribo, esperando ser encontrados por alguien.
Mi romance con Kas —así como todo lo que tenga que ver con ella— se hizo en silencio. No era necesario decir algo para comprenderlo. Nunca hubo palabras de por medio, cosa que a veces agradecía y otras veces odiaba. Mientras ella conocía mi versión al derecho y al revés, yo me quedé con el «¿Por qué?» atorado en la garganta y miles de dudas rondando mi mente. Dichoso sea quien la haya escuchado quejarse de mí, porque ni yo tuve ese privilegio.




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