“Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio”. ‘Rayuela’, de Julio Cortázar..
En las últimas semanas de clases aproveché para sentarme siempre en el mismo lugar durante cada receso Era perfecto: a tan solo unos pasos estaba la cafetería o los baños, así si alguien quería ir a alguno de esos lugares no tendríamos que caminar tanto. A veces esa clase de rutinas me facilitaban la vida, pero también me las limitaba.
«¿Cuándo haré algo diferente?»
Kas había desaparecido, por lo que una amiga y yo nos quedamos sentadas en aquel lugar. Ella observó a todos buscando un tema para hablar, yo dejé mi vista directamente en la cafetería, observando a las personas entrar y salir de esta.
—A veces me sorprende ella —dijo mi acompañante.
Yo me giré para verla y luego dirigí mi mirada hacia el lugar que ella observaba. Kas se encontraba hablando con unos chicos de tercer año; la diferencia de estatura era evidente.
—¿A qué te refieres? —cuestioné, sin apartar mi vista de la más baja del grupo.
—¿Cómo alguien puede ser tan positiva? No lo comprendo. Kas siempre le encuentra algo bueno a las cosas. Es raro.
Asentí con la cabeza, dándole la razón. Era cierto: Kas miraba lo bueno en todo y todos. Yo tampoco lo comprendía. Mientras yo era una pesimista —o realista—, ella se enfocaba en que siempre iría mejor. Generalmente, ese tipo de personas me parecen ingenuas, tontas. Pero con ella no era así. Ella entendía perfectamente la realidad y aun así decidía verla con otros ojos.
—Ustedes son muy diferentes —continuó—. A veces me sorprende que sean amigas.
Me encogí de hombros.
—Me cayó bien —contesté, como si fuera obvio.
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Después de aquella mentira sobre ese chico, todo mejoró cuando terminó aquel año escolar: ya no tendría que fingir, y eso me aliviaba de forma sorprendente. Durante las vacaciones me la pasé hablando con Kas por mensaje, y también llegó mi mejor amiga.
Naomi estaba recostada en el sillón. Yo miraba la aplicación con la hoja en blanco, con ganas de escribir algo, aunque no tenía ni una idea en mente. Solo esa extraña necesidad de crear, lo que fuera.
Mi amiga alzó la mirada y se quedó en silencio, hasta que me digné a mirarla.
—¿Qué? —cuestioné.
—Si me gustara una niña, ¿me apoyarías?
Arqueé la ceja sin estar segura de que contestar. No veía eso como algo anormal, pero que ella me lo preguntará de una manera tan espontánea retraso mi respuesta. Recordé todas las quejas que he tenido con el mundo los últimos meses, junto con la realidad de que a las personas les asusta o juzga el hecho de que a alguien le guste cosas diferentes.
—¿Y a mí qué? —regresé la mirada a mi tableta—. Por mi anda con quien quieras.
Ella sonrió, agradecida, yo no cuestioné el porqué de su duda, tampoco hace falta.
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Antes de entrar a clases Kas me informó que su hermana menor estaba enferma de anemia, por lo que no estaba muy segura de si continuaría la secundaria donde siempre ya que existía la posibilidad de mudarse, cosa que me puso triste. Yo me encontré en su proceso de llevar las cosas con más calma. Era consciente de que su hermana era su adoración, después de todo Kas era la mayor de los tres, así que nunca la dejé sola. Estuve presente día y noche.
La verdad es que, después de convivir con ella durante todo un año, sinceramente la consideraba una amiga. Después de todo, uno con el tiempo comienza a acostumbrarse y a querer a las personas, era algo inevitable. Antes de darme cuenta Kas estaba presente en cada lugar al que iba: rondaba por mi cabeza en cada cosa que sabía que a ella le gustaba, así fuera la cosa más absurda lo hacía: la recordaba. Le presté tanta atención que me parecía ridículo saber más de ella que de mí misma.
Yo, que me negaba a involucrarme demasiado con las personas, ahora era conocedora de alguien que, ante mis ojos, resultaba una persona maravillosa.
Fui educada para no necesitar de nadie, porque para mi madre «no existían los amigos». Tenía que tener cuidado con quién me juntaba y qué les decía de mi vida. Crecí como si estuviera en modo supervivencia. Porque, según esto, ¿quién podría hacerle daño a alguien que no se permite ni siquiera ser querida?
Era consciente de que yo era una persona propensa a la soledad, porque yo era quien alejaba a todos para no salir herida o traicionada. A veces me preguntaba si ese miedo venía realmente de las advertencias de mi madre hacia el mundo, o si eran solo por aquellas peleas ajenas que presenciaba. De algún modo sabía que algo estaba mal, porque mientras todos se sentían a salvo con los demás, yo dudaba de cada uno de ellos.
Una niña de trece años no debería vivir con precaución. Con miedo.
Al final rompí las reglas de mi madre, porque amar a Kas fue más fuerte que el miedo irracional.
Llegué a la secundaria, desanimada, pues mi rutina ya no se encontraba en el mismo lugar que yo. Conté cada escalón de las escalera. Apenas llegué al segundo piso, unos compañeros me miraron con malicia y luego me sostuvieron entre dos de los brazos. Intenté desesperadamente soltarme de su agarre. Odiaba el contacto físico. Me sentía sofocada.