Cuando las musas vuelven

Capítulo 4. Nostalgia en papel.

"La amistad es sin duda el mejor bálsamo para los dolores de la decepción amorosa". 'La abadía de Northanger', de Jane Austen.

Actualidad.

La luz entrando por mi ventana me despertó. Me sentí confundida apenas me senté en la cama. El golpe de realidad me hizo sentir como si tuviera resaca. Parpadeé buscando enfocar más allá de los cuadros en el piso, cosa que no logré por mis problemas de miopía y el astigmatismo. Después de unos segundos encontré mi celular, lo agarré y lo encendí.

Una llamada entró apenas el celular se reinicio con éxito. Contesté sin ver el nombre.

—¿Quién habla? —balbucí, soltando un bostezo.

—¿Sigues dormida? —la voz de Miranda sonó al otro lado de la línea.

—Voy despertando —admití.

—¿Y qué tal? ¿Ya se te ocurrió algo para escribir?

—Sí. Mi carta de renuncia.

—Vete a la mierda, Navira.

—Ya. No llores.

—Tenemos…

—Cuatro meses para que nos acepten el manuscrito —la interrumpí—. Lo sé, lo sé.

—Iré para allá si no me mandas ni un adelanto en está semana —amenazó.

No me dio tiempo de responderle; ella ya había cortado la llamada.

Suspiré mirando el celular.

«Mi imaginación estará condenada si no escribo nada. Yo solita agoté mi mente»

Me levanté de la cama, me coloqué mis lentes y me dirigí a la sala. Lo primero que noté fueron las cajas amontonadas en la esquina; había papel relleno por todo el piso y cajas vacías entre el comedor y la cocina. Volví a suspirar, agobiada.

«Tal vez es más fácil tirar todo…»

Descarté la idea de inmediato. La nostalgia me impide tirar siquiera un ticket de cine.

Coloqué música y comencé a acomodar las cosas que me faltaban. Una vez terminé, empecé a echar el papel relleno en la caja más grande que encontré. Tardé al menos tres horas en este proceso. Cuando me di cuenta, ya había acomodado gran parte de las cosas. Solo faltaban las libretas y libros de mi estudio.

Entré a mi estudio con algo de miedo; no quería enfrentarme a mi pasado, al menos no todavía. No quería sentir nostalgia por decisión propia. Miré las libretas. Cerré los ojos y tomé una al azar, luego escogí una página de la misma manera. Si el destino me enseñaba algo relacionado con Kas o a cualquier otra musa, guardaría todo con calma; si me muestra una contraseña o un dibujo mal hecho, tiraré las cosas.

Abrí los ojos, con la mente fría pero con el corazón en mano. Mi dedo señalaba un poema.

“Algún día, como dicta nuestra costumbre, volveremos a encontrarnos.
Tal vez en un boulevard, tal vez en un sueño.
Y fingiré no conocerte, para descubrirte otra vez,
con tus nuevos miedos,

tus logros,

tus sueños.
Si te veo, te sonreiré, y espero que me devuelvas la sonrisa,
como prueba de que el hilo que une nuestras almas nunca se rompió.

Ansiosa, pensaré si hoy te veré.
Guardaré una parte de ti, para entregártela en el reencuentro.
Tú tomarás algo mío, y en ese intercambio hallaremos la razón para volver a encontrarnos.
Mientras tanto, buscaré tus ojos miel entre la multitud,
o la caída de tu cabellera,
o la risa que aún me persigue,
o tu voz, suave, llamando mi nombre.”

Me reí, una risa entre amarga y dulce. El universo, como siempre, burlándose de mí, y yo, como de costumbre, cayendo ante él y sus bromas de pésimo gusto. Continué leyendo aquellos poemas; algunos tienen tachones, porque en ese entonces buscaba las palabras correctas. Uno siempre busca la perfección cuando algo le importa. Algunos poemas me provocan risas, otros solo me hacen querer golpearme. Muchos no tienen sentido, prueba de que, en ese entonces, aún era una analfabeta del arte. Mejoré, sí, pero a costa de mi mente.

La primera vez que escribí esos poemas, no fue más que solo un intento: ese donde por fin la hoja blanca había dejado de serlo. En dónde, por fin, pude expresarme sin llenarla de mentiras, blasfemias o sentimientos inexistentes. Fui yo, transparente, con mis emociones listas para convertirse en tinta sobre papel.

Miré el techo, en busca de aquellas razones por las que empecé a escribir. Mi mente es como una casa vieja, llena de telarañas y polvo. Necesito limpiar bien para poder encontrar lo que tanto busco, o simplemente para evitar ahogarme. Lo que sea.

«Quiero amar de nuevo el arte…».

El sentimiento que menos quería presente me abrazó más fuerte que nunca, y aunque pensar en el pasado ya no me afecta, no deja de ser algo que me remueve por dentro. Después de todo, Kas y yo éramos niñas amando como nos habían enseñado. Por desgracia, yo solo conocía todo lo malo de eso.

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Navira, trece años.

La situación de Kas con aquella escritora duró apenas un par de semanas, y aunque yo también tuve contacto con aquella chica, la verdad no me pareció alguien fenomenal.




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