“¿Te has enamorado alguna vez? ¿No es horrible? Te hace tan vulnerable. Abre tu pecho y abre tu corazón y significa que alguien puede entrar en ti y deshacerte” ´Las benévolas´, Neil Gaiman.
Navira, catorce años.
No se pueden ocultar los sentimientos por mucho tiempo, la curiosidad, por supuesto, es parte de ese empujón a la verdad.
Kas me preguntó quién me gustaba, aunque moría de la vergüenza, y miedo, lo admití. El «Me gustas tú» salió de mi boca sin permiso. No busqué palabras románticas, ni dije cosas maravillosas, solo fui honesta. No hubo un silencio incómodo, solo una risa nerviosa y un «A mí también me gustas» como intercambio.
Mamá siempre dice que una acción tiene una reacción, al parecer, es fan de la tercera ley de Newton. En este caso, la acción que tomamos Kas y yo fue aún más arriesgada que ser amigas a escondidas. Y yo lo sabía.
A veces me daba miedo preguntarle a Kas por qué le había comenzado a gustar; quizás, en el fondo, temía ser un reemplazo de aquella escritora. Aunque probablemente era mi mente delirante. No es que me sintiera celosa, simplemente había dudas que aterrizaron en mi cabeza sin pedir permiso.
No tardamos mucho en empezar a salir formalmente. Mientras mis compañeros mostraban sus relaciones normativas, Kas y yo nos ocultábamos. Éramos diferentes y ambas lo sabíamos.
Naomi fue la primera persona a quién se lo confesé todo. Dije la frase «Tengo que contarte algo», la más cobarde que he pronunciado en mi vida. El miedo de que me juzgara estaba ahí, martillando la cabeza con ímpetu. Tal vez no era el miedo al juicio, sino el miedo a perderla.
Le expliqué la situación y como había comenzado todo. Naomi solo sonrió, comprensiva y eso fue más que suficiente.
Yo podría tener al mundo en mi contra, pero no me importaría en lo absoluto si la tenía a ella de mi lado.
En clases, una compañera comenzó a juntarse con nosotras. Fue Kas quien la incluyó, yo no tuve tiempo de negarme. Sentí una invasión a nuestro mundo. Ahora nuestros chistes tontos los comenzaba a entender alguien más. Ya no era cosa de dos, sino de tres.
Lo malo no fue exactamente eso, sino darme cuenta de que Kas podría proponer la cosa más estúpida del mundo y yo aceptaría sin pensarlo, solo porqué se trataba de ella.
★════◈◈◈◈◈◈◈◈════★
Observé la entrada con los brazos cruzados. Desde que Naomi entró a la secundaria, me dedicaba a esperarla en las salidas para irnos juntas a casa.
Mi mente está tan concentrada en encontrar a Naomi que no me percaté cuando alguien se puso a mi lado. Solo lo hice cuando me tocaron el hombro. Yo volteé a ver a la culpable.
—Hola, ¿esperas a Nan? —preguntó, Belén. La intrusa.
—Sí.
Regresé mi mirada a la entrada. Belén volvió a tocarme el hombro. Yo volví a verla, aguantándome las ganas de rodar los ojos.
—Hay que salir las tres —propuso.
—¿Las tres?
—Sí. Con Kassi.
—Su mamá me odia.
—Yo puedo pasar por Kas y tú nos esperas.
Sonreí ante su idea. Luego asentí con la cabeza.
—De acuerdo. Mañana le decimos.
—Por cierto… he tenido una duda sobre algo —Belén me miró de arriba abajo.
—¿Ajá?
—¿Tú y Kas son algo?
No sé qué gesto estoy haciendo. Ella sonrió nerviosa, ante mi silencio, luego buscó a alguien con la mirada. Yo solo la observaba, con duda. No es que quiera mentir, pero tampoco estoy segura de sí decir la verdad estaba bien sin Kas presente.
—Les he querido preguntar desde hace un par de días —admitió.
Yo seguí en silencio, analizandola. Belén se tornó aún más incómoda. Naomi hace su aparición cortando toda tensión.
—La profa de inglés no nos dejaba salir —dijo, luego nos miró a ambas—. ¿Pasa algo?
—Nada. Vámonos.
Naomi no dice nada, Belén tampoco lo hace.
Durante el camino Naomi comenzó a contarnos cómo le fue en la escuela. Belén parece interesada. Nos despedimos de ella cuando llegamos a nuestra privada.
—¿Por qué esa cara?
—Así es mi cara.
Naomi rió, luego me tomó del brazo.
—Ya sé. Tienes cara de odio.
—Me cae mal el mundo.
—Lo sé.
—¿Crees que está mal que no diga que Kas y yo somos novias?
—Es decisión de ambas. El mundo es…
—¿Morboso? –interrumpí—. ¿Estupido? ¿Una basura?
—Difícil.
—Casi igual.
—No tienes que agobiarte por el mundo. ¿Realmente es necesario que ellos sepan lo de ustedes?
—No lo sé —admití, cabizbaja.
Naomi asintió con la cabeza, dándome mi espacio para pensar sobre eso.