Cuando las musas vuelven

Capítulo 7. Mamá, sigo siendo yo.

"La vida no es justa, es apenas más justa que la muerte, eso es todo". William Goldman.

Navira, catorce años.

No supe cuándo pasó, mucho menos el cómo, pero para cuando me di cuenta mi mamá ya se había enterado de mi ex relación con Kas. Solo tengo como referencia que fue en vacaciones, esas que hay antes de cambiar de año.

Inocentemente creí que mi madre al final no se lo tomaría mal, creí que sería comprensiva y hablaríamos el tema de manera tranquila, pero más que ser inocente, fui ilusa.

Mi mamá —como siempre— se estaba ahogando en un vaso de agua, y a mi me abrazaba para ahogarme con ella.

—Ya no quiero a la niña —dijo, lanzándome una mirada desaprobatoria—. ¿Qué es eso de que le gustan las niñas?

Su mirada, para mí más que ser de coraje era de asco.

Eso dolía más.

Mis padres peleaban que estaba bien y que no lo estaba. Sinceramente, me frustraba el hecho de que ellos creyeran que tenían derecho sobre mis emociones.

—Yo eduqué a una niña —dijo, dando su tercer recorrido de la sala al comedor.

Miré a mi mamá, con la ceja arqueada.

«No me educaste tú, lo hice yo. Tú estabas demasiado ocupada trabajando».

No tenía idea de lo que papá estaba diciendo. Pero vi a mamá frotarse el rostro con su mano libre, una y otra vez.

Ese padre que nunca estuvo presente ahora lo estaba, solo porque mi madre está tan desesperada que me quiere regresar con él, casi como si fuera un objeto que pueden devolver solo porque no funcionó como esperaban. Toda está situación me da dolor de cabeza.

Mi mamá se acercó y estiró el celular hacia mi, yo solo lo miré con duda. Su mirada de desesperación me empuja a tomarlo.

—¿Sí? —pregunté, sin saber muy bien qué decir.

—¿Qué pasó, hija?

La voz al otro lado de la línea resonó más en mi de lo que me gustaría aceptar. Habían pasado años desde la última vez que lo había escuchado.

Yo, que no había llorado con las miradas y el rechazo de mi mamá, ahora lloraba solo por escuchar un par de palabras de mi papá.

Aquel padre que siempre negaba tener ante los demás empezó a hablar conmigo. Dio soluciones. Una de ellas era que me fuera a vivir con él… pero no podía ni quería. Apenas lo propuso, miré a mi mamá: no podía dejarla sola. Su rechazo no era suficiente para que yo la abandonara.

No odiaba a mi padre, pero con frecuencia me preguntaba por qué me había dejado. Constantemente me cuestionaba qué había hecho mal para que él se fuera. Pensar en eso era como suplicar el amor de quien se supone debe amarte incondicionalmente.

Más que rencor, era duda.

—¿Por qué esperaste a que algo así pasara para hablarme? —pregunté, con un hilo de voz.

Él tardó unos segundos antes de contestar.

—El porqué dejé de visitarte fue por una razón.

«Razón... Al parecer todos tienen razones ocultas para desechar a las personas».

Suspiré, cansada de las razones ajenas. ¿Por qué si se trataba de mi me lo ocultaban? No entendía.

Antes de darme cuenta ya me estaba desquitando con mi padre, diciéndole cosas que no debería. Él no se defendió, permaneció callado mientras yo solo hablaba sin importarme lo que sentía él.

—Yo te apoyo —dijo, en medio de mis reproches—. No me importa si te gusta una niña o un niño. Tienes mi apoyo.

Me quedé callada. Mi padre me apoyaba y eso aminoró el dolor que mamá me estaba causando con su rechazo.

Por primera vez, quise decirle lo mucho que en realidad me había hecho falta, pero no lo hice. Mamá me quitó el celular y se puso a hablar con él. Yo me quedé parada, en medio de la sala, mirando el piso, confundida.

Estaba sintiendo tantas emociones que por un momento dejé de sentirme a mí. Fue cómo habitar en el cuerpo de una desconocida total.

Cuando terminaron la llamada, vi como ella volvió a frotarse la cara, luego me miró, aturdida, con asco.

—Perdiste mi confianza —dijo, apretando el celular que yacía en su mano.

—Tú nunca tuviste la mía.

★════◈◈◈◈◈◈◈◈════★

Mamá sí se deshizo de su defecto. Me terminó mandando a la casa de mi tía, con la absurda esperanza de que yo me «curara» con una charla motivacional. Claramente no pasó.

—¿Aún lees? —me preguntó mi tía mientras barría.

Yo ya llevaba una racha de un año y medio leyendo, todo por Kas.

—Sí. Apenas termine uno, era de un ángel caído.

—¿Y te gustó?

—Hmm. Sí.

—¿Ves? —me sonrió, recargándose en la escoba—. Sí te gustan los hombres.

No sé qué expresión hice, mi prima observaba todo desde su habitación, seguramente con lástima.

Al otro día, mi tía tomó una hoja de una libreta que estaba en el suelo, la hizo bolita y luego la volvió a deshacer.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.