"Amar y sufrir es, a la larga, la única forma de vivir con plenitud y dignidad". Gregorio Marañón.
Los días pasarón más rápido de lo que esperaba, mi percepción del tiempo cambió tanto que no me di cuenta cuando mi cumpleaños número quince pasó. Mi rutina había cambiado. El llegar a casa y obligar a mi mente a distraerse con lo que fuera me salvaba; era parte de esa rutina. De hecho, ahora no solo leía para distraerme, también escribía. Anotaba cómo me sentía sin siquiera detenerme a procesar mis emociones. Éramos una pluma, una libreta y yo contra mi mente… o contra el mundo, quizás.
Desafortunadamente, aunque Kas y yo teníamos leves encuentros y a veces algunos mensajes a escondidas de nuestras familias, nos vimos en la necesidad de continuar… o al menos eso intentaba yo. Claro, si «continuar» significaba hacerle un libro con poemas y titularlo con su segundo nombre: Azereth.
Aunque la verdad, no era secreto que tanto ella como yo extrañábamos ciertas cosas, pero también las odiabamos. Así, supongo, es la vida.
Con el tiempo descubrí que sí, que esa maldición de buscar a tu primer amor en todas las personas era cierta. No sé a cuántas chicas y chicos conocí en un intento desesperado por sustituirla. Nadie, por desgracia, fue lo suficientemente capaz de hacerme olvidar a aquella chica de ojos hazel, ni siquiera por un segundo.
Y de nuevo volvíamos a lo mismo: Kas y yo reencontrándonos, buscando desesperadamente una forma de hablarnos, algo minúsculo que, para ambas, significara todo.
Muchas veces me encontré a mí misma viendo a través de la ventana, en un intento de encontrarla, quizás hablando con alguien o simplemente caminando con calma.
En una noche de melancolía, me di cuenta de que soy una persona tan rota que ama con sus cicatrices. Y eso no significaba que no sabía amar, significaba que no la amaba correctamente. Ella también tenía esas cicatrices, y sin embargo, hacía lo mejor que podía. Ambas nos amamos y nos lastimamos de la manera más inocente que pudimos.
Antes de darme cuenta, las dos nos estábamos ahogando con la presencia de la otra. Era ese punto de nuestra relación en donde me preguntaba si me dolería más dejarla definitivamente o seguir a su lado. No nos heríamos por querer hacerlo, no nos juzgábamos por dañarnos, simplemente nuestro cariño sobrepasó lo que nosotras conocíamos. Y, como era de esperarse, hicimos lo que aprendimos en casa: nos lastimamos antes de amarnos.
A veces las personas no saben cómo reaccionar cuando les das demasiado amor.
Cuando vine a sentirlo, el año escolar ya había terminado. En la ceremonia final, todo fue como se supone que debía ser: la entrega de papeles, discursos, felicitaciones, y al último, las fotos.
Me tomé fotos con personas cercanas a mí: amigos y algunos compañeros que me agradaban, y finalmente, como un acto de rebeldía y un grito al mundo, me tomé una foto con Kas.
Me fui feliz. No sé por qué.
Sabía que no la volvería a ver, que quizás este era nuestro final, que cada una seguiría con su camino. Pero, aun así, fui feliz. Tal vez fue porque, después de tanto tiempo, por fin había podido abrazarla.
Y por primera vez, ambas hacimos lo mejor que pudimos: marcharnos sin un adiós, con el silencio como compañía y la noche como testigo.
La preparatoria, probablemente será una mejor etapa para ambas.
★════◈◈◈◈◈◈◈◈════★
Actualidad.
—¿Tu madre fue así contigo? Siempre creí que exageraban tu hermana y tú cuando hablan de cómo era su mamá.
—Bueno, al menos a mí no me bloqueó cuando regresé con mi ex —tomé la botella de agua—. Eso le tocó a mi hermana.
Destapé la botella y bebí de esta. Miranda tomó la otra.
—¿Y no la odiaste?
—Al principio, sí… Después comprendí que tanto mi mamá como yo estábamos viviendo algo para lo que nunca nos prepararon. Era un tema desconocido para ambas. Su reacción no fue la mejor, no la culpo. Aunque sí me hubiera gustado algo distinto. Pero mamá era ignorante en muchos temas. Lo entendí después. Mi yo adolescente, sin embargo, estaba muy enojada.
—¿Eres madura o eres tonta?
—Soy una adulta entendiendo la vida. Desafortunadamente, Miranda, la vida te da lecciones cuando menos lo esperas. Y aunque muchas veces te reproches las cosas… eso no cambia el hecho de que lo vivido, ya pasó.
—¿Y qué hay de Kas? ¿Qué sigue en su historia? ¿Regresaron?
—Sí. De hecho, vivimos juntas. Pero no nos casamos porque ella no quería —dije, sarcástica.
—¿De verdad?
—No. Ya te lo dije: ella y yo nunca hablamos del tema. Tampoco supo que le tuve coraje por tanto tiempo. Eso fue algo que preferí guardarlo. Además, cuando ella volvió a hablarme, olvidé un poco el coraje que le tenía, aunque la verdad si mantuve mucho mi distancia. Tenía miedo.
—¿De tu mamá?
—No. De que me traicionara de nuevo. Aunque, inconscientemente, siempre esperaba su traición. Y lo hizo, cada vez que le creía cosas de mí a terceros o cuando me dejaba ahí peleando por las dos, era agotador. Me ahogó su presencia.