Todos los finales son también comienzos. Simplemente no lo sabemos en el momento ´Las cinco personas que conocerás en el cielo´, Mitch Albom.
Me desperté, agitada. El aroma de hot cakes inundó mis fosas nasales. Miranda se asomo para verme. Traía mi mandil puesto, su cabello estaba amarrado en una coleta alta y masticaba algo que desconocía.
—¿No crees que ya eres demasiado vieja para tener pesadillas?
Le enseñé el dedo medio, ella rió y volvió a meterse a la cocina.
—La editorial va a hacer una presentación el próximo mes. Tienes que ir.
—¿Qué? —me levanté, pateando la cobija que se había enredado en mis pies.
—Qué harán una presentación. Hay varios escritores invitados.
Me acerqué a la cocina, encontrándome con una pila de hot cakes en un plato, agua hirviendo y el celular de Miranda reproduciendo un podcast de un caso policiaco. Me recargue en la pared.
—No sé si deba ir. No he logrado escribir nada en más de medio año.
—¿Otra vez sientes que el arte ya no es tu camino?
—No recuerdo cómo es que empecé a amar escribir.
—Pues por Kas, ¿no?
—Bueno… no es lo mismo, empecé a escribir por ella, pero no sé cuando comencé a amarlo.
—Pregúntale.
—Tú quieres que te corra de mi casa, ¿no es así?
Miranda soltó una risa nerviosa, luego metió un trozo de hot cake a mi boca.
—Oh, vamos. Con lo idiota que eres cuando te enamoras, apostaría que ella también tuvo sus dudas respecto al arte y tú estuviste dandole animos.
—Hm… sí, pero no es lo mismo. Miranda, entiende: ella y yo ya no hablamos.
—No digo que hablen —me dio dos tazas con agua caliente—, solo digo que escribas de ella como si supieras que lo va a leer.
«Oh, idea de mierda».
Me acerqué al comedor y coloqué las tazas en la mesa. Me quedé estática.
«Aunque… podría intentarlo».
—¡Ayúdame! —gritó—. No te quedes ahí parada, das miedo.
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La rizada actúa como mi parásito, pues se la pasas pegada a mí en todo momento.
—Creo que para que la hoja deje de estar en blanco, tienes que teclear el…
—Una palabra más y te saco de mi estudio.
—Solo quería ayudar… —murmuró, regresando su atención a mi libreta de preparatoria.
En las bocinas de mi laptop sonaba «Cómo te atreves» de Morat. Yo solo moví mis dedos al ritmo de la canción, esperando a que me llegará un rayo de iluminación… o de eliminación. Lo que fuera.
Miranda se levantó de golpe, luego alzó su mano y comenzó a recitar:
— «Amarte fue como amar por primera vez, y, fiel a mis propios pasos, fallé».
Me levanté corriendo y le quité la libreta, leí lo que había escrito hace años.
“Amarte fue como amar por primera vez,
y, fiel a mis propios pasos, fallé.
Entre dudas y sombras del pasado,
huía.
Y tú, amante de lo insensato,
me perseguías.
¿Por qué hacíamos eso?
Amarte, lejos de la amargura,
era vivir en armonía.
Yo, que un día deseé la paz,
por fin la tenía.
¿Por qué huía?
Pregunta que, para mí,
no tiene respuesta alguna.”
Arrugué la nariz, desaprobando mi propia creación. Luego negué con la cabeza, para evitar darme cuenta de las fallas que hay en cada párrafo.
—¿Para Kas?
—No. Para González.
—¿Ese quien es?
—El amor de mi vida. O algo así.
—¡Ja! ¿«O algo así»? ¿Qué mierda significa eso?
Me encogí de hombros, le regresé la libreta y me volví a sentar en mi silla ergonomica. «Las piedras rodantes» de El Tri comienza a sonar. Yo tomé mi cabeza con ambas manos.
«Quería empezar de nuevo, no recordar mi pasado. Vida de mierda».
Mi memoria, como siempre, me juega una mala broma y me regresa a mi etapa de preparatoria.
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Navira, quince años.
En mi primer semestre de preparatoria todo me fue de maravilla, no sé si fue el cambio de ambiente o simplemente mis compañeros, pero ya no era tan reservada como antes.
En la mitad de este semestre, Kas y yo nos reencontramos de una manera algo absurda: justo en el transporte público. Recuerdo que ambas comenzamos a hablar como si nada; así volvimos a tener contacto, aunque esta etapa apenas duró un par de semanas.
Antes de dejar de hablar, recuerdo que sus padres estaban teniendo problemas y, como era mi costumbre, estuve ahí para apoyarla. Incluso llegué a ir a su casa solo porque ella estaba lo suficientemente mal como para admitirlo.
Luego simplemente desaparecimos: no hubo más conversaciones ni mensajes en medio de la noche, ninguna insistió en un reencuentro.