Cuando las musas vuelven

Capítulo 10. (Des)conocidos.

"Lo que piensas no es importante. Lo único que importa es lo que haces". 'Un monstruo viene a verme', de Patrick Ness.

Navira, dieciséis años.

Flor evidentemente lo conocía de vista, pero no recordaba su nombre. Me pareció una barbaridad. Me aseguró que aquel chico era mayor que nosotras por un año, ella también estaba segura de que lo tenía en sus redes sociales. Por desgracia, para saber cómo aparecía teníamos que saber el nombre.

Dejé pasar el asunto, no estaba segura de si quería conocer a alguien, sin mencionar que el hecho de que me haya llamado la atención no significaba nada.

«Me puede pasar con cualquiera», me mentía cada vez que tenía la oportunidad.

Esa mentira no me salvó en lo absoluto. En un momento lleno de valentía, en el cual fue Flor quien me animó, me vi aún más envuelta por la curiosidad hacia su persona. Aunque ya me era más fácil desenvolverme con la gente, eso no quitaba el hecho de que un desconocido me ponía nerviosa. A pesar de mi miedo a ser traicionada de nuevo, y por supuesto, a ser amada, hice lo mejor que se me ocurrió en ese instante: mandé a un amigo a pedirle su número. Cuando mi amigo regresó con el número de aquel chico escrito en la calculadora de su teléfono, pensé en la posibilidad de que no fuera realmente el suyo y solo fuera una broma, aún así, lo registré. Tardé exactamente tres días en mandarle un mensaje, una estupidez total.

Yo:

Hola, me gustas.

Adiós.

Para mí, decir un simple «me gustas» era algo completamente normal, no entendía por qué las personas lo asociaban a algo romántico. He de admitir que, en aquel lapso donde no tenía respuesta alguna, me dieron ganas de bloquear el número. Era mi cobardía saliendo a la luz. ¿Cuándo me volví tan cobarde? Después de un par de horas, aquel chico contestó mi mensaje. Fue la primera vez que hablamos, pero también fue la primera vez que nos desvelamos en un intento de conocernos y de darle un poco de sentido a la vida.

Para desgracia de él, yo era una persona que se presentó con una letra. Mi miedo me hizo esconderme y elegir lo seguro: el anonimato.

González:

¿Y cómo te agrego?

Yo:

Como el amor de tu vida.

Es broma.

Ponme “S”, es la primera letra de mi apellido.

No sé por cuánto tiempo hablamos sin que conociera mi nombre, pero aun sin saberlo, él ya me conocía. Por alguna razón extraña, comprendí cuando aquel gato de Coraline dice que no necesita un nombre para saber quién es. Yo sabía su nombre, pero él no era su nombre. Él no sabía el mío, pero aun así intentaba conocerme sin saberlo.

A pesar de que el anonimato empezó por miedo, continuó como un pequeño juego entre dos jóvenes que esperaban conocerse para poder decir: «Ya sé quién eres» en el momento indicado.

Para cuando me di cuenta él y yo hablábamos a todas horas por mensaje. En todo ese lapso de tiempo nunca le repetí que me gustaba. Me dediqué a conocerlo, la verdadera razón fue porqué simplemente quería saber qué clase de persona era, lo que le gustaba y por qué lo hacía tan especial para él. También —sin pedirselo— me mostró su lado más vulnerable, y antes de darme cuenta ya tenía un sentimiento más allá que solo un «gustar». Cada día que pasaba no solo nos permitimos ser vulnerables o raros con el otro, sino que también empatizamos mutuamente, cosa que me hacía sentir cómoda con él. Las conversaciones me parecían infinitas y eso me gustaba.

González era algo extraño, un ser contradictorio consigo mismo. Estoy segura de que, a veces, ni él entendía lo que le pasaba; pero me parecía normal por la edad que teníamos. Curiosamente, ambos teníamos dieciséis años. Muchas veces me sorprendía de lo fuerte que era, pero también de lo sensible que podía llegar a ser. Una combinación extraña que me parecía majestuosa. Era simplemente magnífico cómo un chico podía ser así. No cabía esa posibilidad en mi cabeza por aquellas frases machistas que la mayoría de los hombres repetían. Él era diferente. No le importaba mostrarse débil en ciertas situaciones; se permitía sentir, llorar, reír… cosas que incluso para mí eran difíciles de procesar, él las hacía con naturalidad. Asombroso. González era realmente asombroso.

Un día, simplemente supo quién era. Ya no había apodos; el anonimato había terminado. Aun sabiendo cómo era y quién era, nunca hablamos en persona. Para ser honesta, me daba demasiada vergüenza. No sé por qué. Era una sensación extraña: quería huir cada que lo tenía cerca. Nunca supe bien por qué, y aunque quise divagar en mis emociones, estas seguían siendo tan ilegibles como un ciego intentando ver o un niño intentando leer. Si tan solo pudiera entenderme un poco, todo esto sería más fácil.

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Actualidad.

Miranda tronando los dedos regresó a la normalidad. Parpadeé varías veces, luego alcé mi cabeza. Mi compañía me golpeó en la frente con la libreta que tenía en la mano, haciendo que mi cabeza se fuera hacia atrás por el impacto.

—En serio voy a matarte —advertí, lanzándole una mala mirada.

—Estoy comprobando tus reflejos. Mierda, creí que te habías muerto sentada. Por un momento me sentí mal de tenerte ahí como zombi.




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