“El amor es el deseo de encontrar a la mitad perdida de nosotros mismos” ´La insoportable levedad del ser´ Milan Kundera.
Navira, dieciséis años.
La primera vez que González y yo hablamos en persona estuve nerviosa, no sabía qué decirle o cómo comportarme. Recuerdo que, mientras él y yo hablábamos, una amiga nos tomó una foto desde la distancia. Me dio vergüenza. Por fortuna, mi nerviosismo fue disminuyendo con el pasar de los días. Comenzamos a salir a un parque cerca de la escuela, esa clase de libertad me parecía extraña.
Agradecí su amistad, no sabía si se podía considerar así sabiendo que, en realidad, él me gustaba, Una noche confesé que me había rendido a la idea de ser algo más, aunque fue más una mentira piadosa, una de las cuales yo ya estaba acostumbrada a decir. A pesar de no querer perder el contacto con él, me distancie un poco. Creo que ambos lo hicimos, pero esto no duró demasiado.
Recuerdo un día en el que él me habló de cosas que no entendía respecto a su carrera, mi mente, para mi mala suerte, comenzó a hacer ese típico ruido que me distraía del mundo. Cuando él me miraba fijamente, yo asentía con la cabeza.
—Tu desinterés me es bastante interesante, Morandi —dijo, consiguiendo apagar el ruido de mi cabeza.
En la noche no pude dormir; esa frase rondó por mi mente más de lo que me gustaría aceptar. No soy alguien romántica, soy bastante simple para esas cosas. Pero aquella frase me llenó de bastantes emociones. No me la tatué en la mente: lo hice en el alma.
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González y yo nos columpiamos en aquellos columpios que hay en el parque. Él comenzó a decir que está confundido con varias cosas, en especial con una situación que yo desconocía completamente, igual solo me limité a escucharlo. Generalmente está clase de conversaciones son las que tenemos en medio de las madrugadas.
—Me voy a hundir —dijo, aferrándose a la cadena del columpio.
—Yo voy a estar ahí para evitar que te hundas.
Él me miró satisfecho de mi respuesta.
No sé en qué momento González y yo comenzamos a ser nuestro salvavidas, un lugar en dónde ambos sabemos que podemos bajar la guardía y ser vulnerables sin miedo a una crítica. Para mí era bastante grato ese sentimiento.
—Ya no puedo seguir con esto —admitió, bajando la cabeza—. Me siento extraño. Sé que lo arruinaré, tengo esa sensación.
—Sí —contesté—. Lo harás.
—Lo sé. Para empezar —alzó la cabeza y me señaló—, fue tu culpa.
—¿Disculpa? Yo solo te he dado el consejo de hablar las cosas. Lo que le digas ya no es cosa mía —me defendí. González rió.
—No estoy hablando de eso. Hablo de mí. Me empecé a hundir por tu culpa.
—¿Por mi culpa? ¿Por?
Él se quedó en silencio, yo me giré para verlo mejor. Ambos estábamos teniendo un silencio incómodo. González suspiró.
—Te lo diré porque ya no lo soporto.
—Que dramático —burlé. Él me miró mal—. Perdón. Prosigue.
—Para empezar, pienso que eres una persona de verdad muy… —balbuceó un par de palabras sin lograr formular una oración—. Ni siquiera sé cómo decirlo.
—¿Gracias?
—Única —alzó la mano, haciéndome callar—. No he conocido a nadie como tú. Tu desinterés que siembra el interés en los demás es algo curioso. ¿Recuerdas cuando comenzamos a hablar? —preguntó, yo asentí—. Fue solo cuestión de tiempo para caer. Sentí una conexión y me llegué a sentir atraído.
Arqueé la ceja. No sabía a qué quería llegar con esta conversación.
—Como ya te había dicho, tu desinterés me es bastante interesante y… lo siento —miró hacia otra parte—. Planeé mucho esto y ya se me olvidó. El punto es: ¿recuerdas cuando dejamos de hablar? La verdad es que intenté ser indiferente esos días, pero no funcionó y terminé desvelándome hasta las cinco, escuchando a Adele y leyendo tips para superarlo. Pero supongo que la única forma de superarlo es esta —se giró hacia mí
Parpadeé, perpleja. Por un momento creí que estaba haciéndome una especie de broma, pero la seriedad y el miedo en sus ojos me advertían que hablaba en serio. Un cosquilleo en mi abdomen me hizo sonreír.
—¿Puedo responder? —él asintió. Yo golpeé su brazo—. ¿Por qué me dices apenas? Literalmente desde el primer día te dije que me gustabas —González se encogió de hombros—. La verdad es que creí que me veías como una buena amiga, por eso no insistí ni toque el tema.
—Perdón. Me daba miedo.
Solté una risa baja. González era tan… curioso, en el buen sentido.
—Mis amigos me molestan cada vez que te ven con algún chico, también cuando pasas a un lado de mi y no me miras ni nada. Creo que soy algo inmaduro —admitió.
—Eres un tonto. Sí yo nunca te hubiera dicho nada, tú tampoco lo hubieras hecho, ¿cierto?
—Cierto. La verdad es que estaba cargando con el peso de esta situación y ya no sabía qué hacer. Incluso pensé en meterme en una relación sin futuro solo para distraerme.
Abrí la boca, sorprendida de esa acontecimiento. Él me miró avergonzado.