Cuando las musas vuelven

Capítulo 12. Un comienzo.

"No sé si es amor, pero sé que no quiero que esto se acabe." – Your Name (Kimi no Na wa)

Navira, dieciséis años.

Desde aquel día en que los sentimientos de ambos desbordaron, cuando por fin pudieron ser libres sin miedo ni necesidad de ocultarlos, todo comenzó a ir mejor para los dos. En nuestras conversaciones comenzaron a surgir esos apodos melosos y palabras modestas que en el pasado me molestaban. A pesar de no ser fan del romanticismo, con González no me desagradaba serlo.

Por supuesto, puse al tanto a mis amigas de lo que había sucedido, aunque a veces lamentaba aquella información, la mayoría solía preguntarme cuando comenzaríamos a salir formalmente como pareja. Estoy segura de que alguna de ellas le preguntó a González lo mismo que a mí. Me daba vergüenza de solo pensar en aquella situación tan abrumadora.

—¿Y ya van a andar? —preguntó Flor. Yo negué con la cabeza—. Yo creo que ya se está tardando, ¿no?

—Está bien —dije, agitando mi jugo—. La verdad es que no tengo prisa para ser pareja.

Flor desaprobó aquella sinceridad de mi parte, comenzando así un reproche por su parte ante mi actitud.

Lo malo para mí no era aquello, ni siquiera estaba cerca de serlo; lo que realmente me agobiaba eran los recuerdos de mi pasado, esos que, aunque no deseaba repetir, me provocaban una nostalgia inexplicable.

Aquellos recuerdos comenzaron a molestarme en el momento exacto en donde me di cuenta de lo mucho que había cambiado. La rutina que ahora llevaba era demasiado diferente a la anterior. Empecé a hacer cosas que odiaba y dejé de hacer lo que para mí era una distracción, eso —en otras palabras— significaba que había dejado de escribir miles de vidas para comenzar a vivir la mía.

Las clases comenzaban a tornarse aburridas, así que tomé la mejor decisión: me metí al equipo de voleibol de la preparatoria. Fue grandioso; lo que había empezado como un simple intento de saltarme las clases terminó convirtiéndose en algo que realmente me apasionó al instante. Recuerdo que el primer mes mis brazos se llenaron de moretones por no saber golpear bien el balón, pero conforme pasaba el tiempo fui mejorando.

Tiempo después me inscribí en la escolta de la escuela por la misma razón: faltar a clases sin meterme en problemas. Creí que no me aceptarían, pero al parecer mis calificaciones eran demasiado buenas y terminaron por meterme a aquel equipo de ñoños. Flor, como mi inseparable dupla, estuvo conmigo en ambas actividades.

Aunque al principio dudaba de hacerlo bien, con el tiempo me fui sintiendo cada vez más cómoda. Estar de un lado a otro hizo que comenzara a conocer más personas de las que hubiera querido. En secundaria hacía lo posible por pasar desapercibida, y ahora era a quien todos volteaban a ver cada vez que ocurría algo.

Sin querer, me convertí en el talón de Aquiles de mi círculo social. No era mi intención, en lo absoluto, pero por alguna razón las personas se sentían cómodas conmigo. Me contaban anécdotas que normalmente alguien guardaría para sí mismo y me pedían consejos como si fuese la persona más sabia del mundo. Aun así, intentaba comprenderlos y apoyarlos en lo que necesitaban.

Durante ese mes, González comenzó a comportarse de manera extraña, por lo que mi mente comenzó a prepararse para ese momento esperado: ese en donde ambos decidiríamos dejar de hablar. Aquel ir y venir de Kas me hizo estar preparada para dejar ir a las personas, así que pensar en que González probablemente ya no formaría parte de mi vida no me sorprendía en lo absoluto, sin embargo, sí que me hacía sentir un poco triste.

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Aquel característico parque al que González y yo siempre íbamos estaba —como de costumbre— lleno de personas paseando a sus mascotas o pasando tiempo con sus hijos. Ambos tomamos la excusa absurda de que me enseñaría a tocar la guitarra.

Me gusta la música. Para mí, la música es una historia. Generalmente sí es así; la mayoría de los compositores plasman sus sentimientos y vivencias. A González también le gusta mucho la música. Es un apasionado, y sobre todo, un gran guitarrista. Estar con él, para mí es como vivir «All For Love» de Bryan Adams.

Busqué por los alrededores alguna banca vacía, mientras que él agarraba su guitarra con cierto nerviosismo.

—Aquí —dijo, para luego seguir avanzando a otro lugar—. No. Mejor no. Hay que alejarnos más.

—¿En el pasto? —cuestioné, señalando las bancas ya ocupadas. González me miró por unos instantes, luego asintió con la cabeza.

Nos acercamos al final de aquel parque, ambos tuvimos suerte pues este estaba en buenas condiciones, además de que no había gente cerca. Nos sentamos uno frente al otro. González sacó su guitarra del estuche, nervioso. Me explicó algunas cosas básicas, yo no le entendí en lo absoluto, pero lo atribuí a su nerviosismo y no a que disocie a mitad de la explicación. Después de unos minutos, él sacó una hoja negra doblada a la mitad y me la dio, la palabra «Lyrics» estaba escrita con color plateado.

—Te voy a cantar algo —avisó— En esa hoja viene la letra de la canción.

De mis labios salió un «Ah…», mis dedos abrieron un poco la hoja, pero sin dejar ver el contenido. González se alarmó alzando su mano hacía mí.

—No, Morandi —me detuvo de manera exagerada—. Todavía no la leas, por favor. Puedes hacerlo hasta que acabe, ¿de acuerdo? —me suplicó.




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