Cuando las musas vuelven

Capítulo 13. Regreso a casa.

"Los recuerdos te calientan desde dentro. Pero también te destrozan". 'Kafka en la orilla', de Haruki Murakami.

Durante la noche no paré de pensar en alguna idea para un libro. Terminé rindiéndome; yo no puedo contra mi mente. Nunca he podido.

La pantalla de mi laptop me quema los ojos. Escribo ideas al azar en aquel documento que hice a mis veintiún años, titulado «IDEAS PRECOCES», debido a que se “venían en mi mente” de manera inesperada. Mi humor, al parecer, en ese entonces era demasiado rancio.

Tallé mis ojos para quitar el ardor. Miré la hoja, releyendo cada palabra nueva en aquel documento. Nada era especial, ni fantástico: eran ideas planas de las cuales todas me parecían mediocres. Siempre creí que los que odiaban su arte era porqué carecían de talento y dedicación. Quien odia a su arte se odia a sí mismo.

—¿Por qué parece que me odio…? —susurré, pasando mis dedos por mi cabello largo.

Cuando un artista deja de crear, es cuando finalmente muere su alma. Nosotros —escritores, artistas, bailarines, músicos, lo que sea— nos inspiramos del mundo, de la metamorfosis que siempre tenemos en la vida. Sí no estás dispuesto a cambiar, si no pretendes llevarte al límite entre madrugas, asientos incómodos o borrador tras borrador… ¿eres realmente un artista? ¿Qué define a un maldito artista?

«Maldición… quiero morir como mi arte…».

Estoy a punto de tirar mi laptop al piso, pero el sonido de mi celular me detiene. Rodé los ojos antes de contestar la llamada de mi hermana. Ella no tarda en saludar, yo continué escribiendo.

—¿Qué no sabes qué hora es? —reproché—. ¿Qué quieres?

—Mamá está enferma. ¿Y por qué no has llamado?

—¿Qué? ¿Enferma? —detuve lo que estaba haciendo—. ¿Por qué no me dijo nada?

—Ya sabes como es. Además, no es nada grave… pero ella quiere verte. ¿Crees que puedas cuidarla? Tengo que ir por unas cosas con mi madrina.

Tape el micrófono del celular y maldije un par de cosas, luego suspiré y asentí con la cabeza.

—Sí. Está bien.

—Genial. Te vienes con cuidado, chaparra.

Mi hermana colgó la llamada. Yo estampé mi celular en mi escritorio.

—Por Dios…

Nunca entenderé como mi mamá pasó de quejarse todo el tiempo conmigo sobre sus dolores, guardarse cada uno de ellos para ella sola.

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Para mi suerte, logré conseguir un boleto para ir a casa. Creí que tendría problemas para conseguir un viaje por el tiempo en que lo compré, pero todo resultó bien. Lo malo de todo esto es que cierta rizada se pegó a mí.

—Oye… yo todavía quería conocer los lugares de acá —se quejó Miranda mientras arrastraba su maleta rosa con brillitos e intentaba seguirme el paso.

—Lo harás después —acomodé mis lentes—. Además, ni siquiera saliste por andar de chismosa con mí vida.

—Es divertido saber esas facetas tuyas, como eres una gruñona asocial…

Apreté el puente de mi nariz. El tono de Miranda a veces me exaspera un poco.

—No te enojes —continuó—. Insisto que puedes escribir algo sobre ellos.

—Ya lo he hecho.

—Una última vez, ya sabes, como un cierre definitivo.

Negué con la cabeza. Vamos a comprar lo mejor para sobrevivir a un vuelo: un Subway. Aquel secreto milenario me lo dio mi prima la primera vez que viaje en avión. Desde ese entonces le tomé la palabra, y es lo que compro cada que vuelo.

Miranda y yo nos dirigimos a la zona de espera VIP del aeropuerto. Ella por fortuna se queda callada mientras juega con su celular. Yo saqué mi libreta con intenciones de escribir, pero solo consigo jugar con mi pluma mientras miro la hoja en blanco.

La. Maldita. Hoja. En. Blanco.

Quiero sacarme los ojos cada vez que la veo. Mi guerra con esa desgraciada nunca va a acabar. Pero es mi culpa por querer trazar cosas a cada instante. Demasiados árboles he matado ya.

El sonido de las bocinas anunciando que ya comenzaría el abordaje de nuestro destino me saca de mi pelea contra la hoja. Yo estaba peleando sola, y desafortunadamente iba perdiendo.

Miranda toma sus cosas con torpeza. Yo no me quedo con las ganas de rayar la hoja, así que término escribiendo basura:

“Mis palabras se van como humo,

espero mañana encontrar las cenizas”.

—Apúrate —me presiona Miranda.

Acomodé mis cosas y me dirigí a ella.

—Apenas están haciendo la fila…

—Lo sé, pero me estresa ser de las últimas.

Rodé los ojos, divertida. El abordaje es lo más tedioso del mundo: las filas largas, correr a la puerta indicada, algunos incluso pelean cosas que no entiendo. Los primerizos en este mundo no me molestan en lo absoluto, puesto que todos siempre somos primerizos en algo.

Miranda y yo pasamos por el pasillo para abordar, ella habla de que quiere el lugar de la ventana, yo solo espero que nos toquen asientos cómodos. Cuando subimos al avión me doy cuenta de algo: nos tocó un avión con asientos duros y en la parte del pasillo. Miranda hace un mal chiste sobre mi mala suerte.




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