Cuando las musas vuelven

Capítulo 14. Imbécil.

There are place I remember all my life, though some have changed, some forever, not for better, some have gone and some remain. (Hay lugares que recordaré por toda mi vida, aunque algunos hayan cambiado, algunos para siempre, no para mejor, algunos se han ido y otros permanecen). “In my life” the beatles.

Bajé a la sala, mamá seguía viendo la televisión con demasiada atención. Me senté a su lado. Ella colocó un cojín en mis piernas y recostó su cabeza en este.

—¿Por qué no has marcado? —preguntó, soltando un leve golpe en mi rodilla.

—He tenido mucho trabajo…

—Tú y esos libros —queja—. Deberías trabajar en algo relacionado a tu carrera.

«Sí lo he pensado…»

—Tal vez después.

Cuando termina el capítulo de su serie me pasa el control y me hace poner una serie para mirarla juntas desde el principio de la historia. A mitad del segundo episodio mamá comenzó a quedarse dormida. La nostalgia de nuevo se apodera de mí. En mi memoria están esos momentos en dónde ella llegaba del trabajo y decía «¿Qué serie vamos a ver hoy?». Un día en que no sabíamos qué más ver optamos por una serie coreana solo porque nos había parecido interesante, lo curiosos es que nunca nos sacaron de ese mundo. Era divertido. Siempre discutíamos sobre los personajes. Yo, como buena observadora de los patrones, siempre sabía cómo iba a terminar, pero nunca le decía.

Me parecía un poco cómico cómo en secundaría mamá no paraba de correrme de casa y en la universidad lloró porque ya no viviría con ella por una temporada.

La moví lentamente, ella no tardó en despertarse.

—Vete a dormir.

—Cómo chingas —balbuceó.

—Mucho. Ahora ve a dormir.

Ella se va a regañadientes a su cuarto. Apagué la televisión y saqué mi laptop de la mochila, luego me dirigí a la sala con todas las intenciones de escribir algo.

Como siempre, me quedo viendo el documento en blanco.

De nuevo, las ideas no aportan en lo absoluto. La página en blanco me abruma, así que hago lo que suelo hacer en caso así: reviso mi pasado.

«¿Uno siempre vuelve a dónde fue feliz?»

Abrí el archivo con el nombre de «González», encontrándome con un documento lleno de poemas. Lo miré dudosa por unos segundos, cuando tomé el coraje suficiente comencé a leer cada uno de ellos.

Mi mente se llena de ti.

Ojalá algún día deje de consumirte,

olvidar el calor de tu cuerpo

y el olor de tu ropa.

Quizás, con suerte, olvide el sabor de tu boca.

Ojalá dejar de beber de ti

y de tu memoria.

Miro el techo,

busco respuestas.

¿Cuál era la pregunta?

La olvidé de vuelta.

Mi cabeza da vueltas y vuelvo a lo mismo:

pienso en ti,

sueno a ti,

soy de ti.

No duele, pero quema.

¿El ardor es dolor?

Te extraño. Regresa.

★════◈◈◈◈◈◈◈◈════★

Navira, dieciséis años.

González y yo comenzamos a irnos juntos al terminar las clases, era divertido. Ambos esperábamos al otro, todo dependía de quién saliera primero. Lo malo era cuando a él se le hacía tarde y ya no nos veíamos. Esas ocasiones, por desgracia, eran más comunes de lo que esperaba. A veces me molestaba ver tanto potencial en él y que este lo desperdiciara por creer que esforzarse sería una estupidez.

Hoy, para mi mala suerte, González no llegó a clases, por lo que sólo dejé a Flor en su combi y tomé la mía. En el camino —como solía hacer antes— me entretuve en mi celular. El transporte deteniéndose en un lugar en dónde casi no lo hacía me obligó a alzar la mirada, entonces la vi: Kas. Ella iba tan arreglada como siempre, pero por alguna razón se sentía diferente. Olvidé cuánto tiempo habíamos desaparecido de la vida de la otra. Creo que nunca lo he contado con exactitud, pero juraría que esta vez hemos tardado más de lo usual.

Mi mano se mueve por sí sola y toca el hombro de Kas, al no obtener respuesta vuelve a hacer lo mismo. Me siento hipnotizada, por no decir estúpida. Ni siquiera sé por qué quiero hablarle, pero insistí. Ella se giró molesta a punto de pelear el contacto, hasta que notó que soy yo. Entonces me dedicó una sonrisa dulce, y yo hice lo mismo. El «Hola» más melodioso salió de sus labios. No estoy muy segura de qué le respondí.

A veces me pregunto si realmente la olvido o solo continúo con la esperanza silenciosa de volver a encontrarla. La respuesta me aterra.

«Hay veces que no tengo ganas de verte. Hay veces que no quiero ni tocarte. Hay veces que quisiera ahogarte en un grito y olvidarme de esa imagen tuya. Pero no me atrevo».




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