Cuando las musas vuelven

Capítulo 15. Muros.

“Cuando alguien se va, es porque alguien más está por llegar”. ‘El Zahir’, de Paulo Coelho.

Anoche no aguanté el coraje y me fui a dormir. Me parecio lo más inteligente.

Apenas termine el aseo prendí mi laptop con las intenciones de escribir algo, aunque siendo honesta, aun sentía el sabor amargo en mi boca. Bien, no odio a González, pero sí que hay varias cosas en las que estuve en desacuerdo con él.

Miré la pantalla con el documento en blanco. No estoy obligada a escribir nada, pero tengo esa picazón en la mano que me indica querer hacerlo. Por alguna extraña razón, siempre que recordaba mi pasado se encendía una chispa que me rogaba por escribir.

Nunca fui buena con las palabras, eran contadas las veces en donde me volvía social y hablaba por un par de minutos. Muy pocas veces pude hablar con alguien sin que la conversación se tornara forzada o incómoda. También, esas veces en donde no paraba de hablar, en sin duda aquellas en donde mi moralidad desaparecía por completo para llevar al límite a las personas. Para mí era más fácil escribir, era como gritar a los cuatro vientos sin limitaciones ni armamento. Podía ser yo. A veces el miedo de hablar y no ser escuchada era más grande que yo. Entre libros comencé a crear personajes que dijeran lo que yo quería sin miedo a que las consecuencias recayeran en mí. Unos los amaban, otros los odiaban, no existía un punto medio. Mientras más personajes hacía a mi favor, más amaba la escritura. A veces podía decir cómo me sentía a través de poemas o escritos simples, muy pocos de ellos salieron al mundo. No hacía falta temeridad o cautela para planear una conversación desde antes, solo dejaba que mi imaginación volara y que mis dedos —o manos— hicieran el trabajo a su gusto.

Con frecuencia me suelo preguntar si es que alguien más le pasaba lo mismo, tal vez no con la escritura, pero sí con otras ramas. Siempre he creído que el arte es un escape a nuestras frustraciones y un mejor lugar para descubrir lo peor de nosotros mismos.

Mis ojos recorren la casa con calma, tal como hace alguien antes de salir con maletas en mano, todo se ve exactamente igual al día en que me fui. Solté un suspiro. Cuando era pequeña solían decirme que si suspiraba tanto me quedaría sin felicidad. Mi vista regresa a mi laptop y el documento en planco me roba un suspiro más.

«Genial, mi último gramo de felicidad se ha ido».

Estoy tan concentrada en la laptop que no me di cuenta cuando alguien se sentó a mi lado, solo lo hice cuando pasarón su mano por la pantalla.

Alcé la vista hacía la dueña de esta, los ojos miel de Miranda me observaban curiosa. Arqueé la ceja, confundida.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, incrédula.

—Te extrañe.

—Claro, y yo ejerzo mi carrera.

—Cada quién sus traumas.

—Idiota.

La sonrisa ladina de Miranda me provoca violencia. Froté mi rostro con mis manos antes de decir algo estúpido, pero ella me gana la palabra.

—No contestaste mis mensajes.

—Ah, sí. Creo que te bloqueé —admití, aunque es más una broma, solamente no he tocado el celular.

Miranda llevó su mano a su pecho fingiendo indignación.

—Eres una bruja. Como sea. Tu madre me dijo que te la has pasado escribiendo —tomó la silla por debajo y la arrastró para quedar más cerca de mí—. Dime ¿es bueno? ¿Qué escribes? Sabes que tienes que pagarme, ¿no?

Di una vista rápida de mi laptop a Miranda. La verdad solo he escrito ideas sin sentido. He intentado conectar cada idea con otra, pero me parece imposible y bastante tedioso, además de que en algún punto comencé a quejarme de la carga que estaba siendo escribir.

—La verdad es que me gustaría que murieras de hambre —hice el intento por cambiar de tema aun si eso implica molestar a mi parásito.

—Sabes que aun puedo quemarte por todo internet, ¿cierto? —amenazó con ese tono indignado y juguetón que la caracteriza.

—Sabes que aun puedo despedirte, ¿cierto? —el silencio de Miranda hace que sonría de forma inconsciente—. Eso creí.

—Despídeme, pero déjame leer lo que escribiste.

La rizada es más rápida que yo y termina por quitarme mi laptop, abrí mi boca mirándola incrédula.

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Navira, dieciséis años.

Kas y yo volvimos a ser unidas —que novedad—, así que empecé a agregarla a mi rutina, o quizás fue ella quien me agregó a la suya, lo cierto es que ahora ambas nos íbamos juntas a la preparatoria, aunque ella se tenía que bajar antes, era grandioso poder estar aunque sean quince minutos hablando de cosas sin sentido. Me gustaba. Me gustaría decir que mis sentimientos hacía ella desaparecieron en su totalidad, pero lo cierto es que aún había una pequeña llama de ese amor que tanto le tuve.

En tanto González… los dos empezamos a tener peleas sin pies ni cabeza, la mayoría era por malos entendidos, pero ninguno se dignaba a darle la razón al otro. Era extraño. Aunque varías veces le preguntaba la razón de sus molestias él nunca decía nada, pero al final lo terminaba expresando de maneras poco gratas. Sin querer aquel pequeño chip que me insertaron en secundaria, ese que emite una alarma culpandome de todo, estaba cada vez más presente en mi relación con González.




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