Cuando las musas vuelven

Capítulo 16. Corto.

“¿Qué es el infierno? Yo lo defino como el sufrimiento de no poder amar”. ´Los hermanos Karamazov´ Fiodor Dostoievski.

No supe cómo procesar lo que le conté a Miranda, ella también pareció desconcertada, por supuesto, aunque me encanta defender esa versión de González y mía de jóvenes la verdad es que era indefendible, sí, éramos jóvenes e inexpertos, pero tampoco éramos idiotas, ambos sabíamos que los dos realmente sí quisimos decir esas cosas. Fue duro y decepcionante, y aunque al principio eso me afecto, con el tiempo dejó de importarme.

Miranda recargó su mentón en su mano y sonrió tímida.

—¿Después de todo eso aun así lo quisiste?

—¿Por qué no habría de hacerlo?

—Bueno… se insultaron y… eso.

—Ah. Eso. Pues la verdad es que no, sí lo odie un poco y fue por una temporada corta, pero… ya sabes, éramos niños, no sabíamos gestionar nuestras emociones.

—¿Lo justificas?

—No. Él fue un idiota, pero maduro y me pidió perdón. —la mirada dudosa de Miranda hace que me giré por completo hacia ella—. Escucha, si nunca se hubiera disculpado creeme que no lo bajaría de imbécil, pero lo hizo.

—Pero te lastimo.

—Mis padres también lo hicieron y no por eso los odio. No se puede odiar a las personas toda la vida, es… desgastante.

—¿Eres madura o idiota?

—Soy piscis.

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Navira, diecisiete años.

Como una buena costumbre —o quizás como una droga— Kas y yo volvimos a hablar, aunque no recuerdo la razón por la que lo hicimos. Debido a las peleas continuas con González me permití ser vulnerable con Kas, a pesar de odiar el hecho de abrirme con la gente, lo cierto es que la situación con González me estaba sobrepasando, y yo ya no sabía qué hacer.

A veces me preguntaba cómo es que habíamos pasado de ser comprensivos el uno con el otro a ser nuestros peores enemigos, como si un día, de repente y sin un previo aviso, el amor se hubiera transformado en odio. Parecía que nos detestábamos, que todo lo malo que nos sucedía en esa temporada era por la culpa del otro y a pesar de todo eso yo no lo quería odiar, porque me dolía la situación, estar distante con él me asfixiaba y sobre todo porque yo aun lo quería. Con el tiempo me di cuenta de que ambos comenzábamos a ahogarnos entre discusiones sin sentido, la ley del hielo y comparaciones tontas, porque sí, aun sabiendo que comparar situaciones era una estupidez, yo comencé a querer que González se comportará como Kas cada que hacía o decía algo malo. Aunque también me pasaba con ella, cuando me molestaba solo pensaba en «¡Oh! González no me diría eso». Estuve en ese bucle por un par de días hasta que me di cuenta de que estaba mal. Nunca me había pasado algo así.

Me convertí en una egoísta que se asfixiaba por buscar una solución sin dejarlo. Pero no se puede ser testaruda por tanto tiempo, por ello tomé la decisión de ahogar los sentimientos que tenía y aunque había cariño, también había coraje. Acabar con todo era la única forma en la que dos estaríamos bien.

Le dije a González que teníamos que salir para hablar las cosas, él accedió. Antes de la salida yo pensé en si estaba siendo demasiado sentimental, por desgracia había empezado a sentirme como una exagerada cada vez que expresaba en algo, lo que fuera. Tal vez el sentir demasiado era un defecto y uno muy grande.

El día en que salimos el resentimiento que me esforcé en olvidar se hizo presente, eso solo reafirmo que lo mejor era terminar. En verdad no quería odiarlo, me negaba a que algo que había significado tanto para mí se devaluara a un sentimiento tan doloroso.

Ambos dimos un par de vueltas hablando de cualquier cosa, aunque en el fondo de mí ya sabía que él tenía una idea de lo que iba a pasar. Al final terminamos en una banca afuera de la secundaría, hicimos lo posible para que no fuera incómodo. Él lloró preguntándome porque quería terminar, que le diera motivos, no supe como decirle que me sentía cada vez más asfixiada en la relación, y aunque yo estaba dispuesta a ahogarme, no quería hundirlo a él.

Nunca supe si terminar en realidad había sido mi necesidad de salvarlo o era porque yo estaba segura de que nuestra relación no daría más que dolor y orgullo, que la pasaríamos peleando sin encontrar soluciones lógicas, que encontraríamos alguna forma de discutir aun cuando estas ni siquiera tuvieran sentido. A eso no se le puede llamar amor. De hecho, eso estaba muy lejos de serlo. Tal vez estaba huyendo, corriendo sin darnos la oportunidad de buscar soluciones. Pero no me importaba. Estaba huyendo para no lastimarlo, ni lastimarme. Eso es amor… ¿no?

Ambos hablamos un par de días, tal vez fue por tan solo una o dos semanas. González insistió en volver, aunque me mantuve firme la duda de si había hecho lo correcto aparecia en mi mente de manera constante, torturandome, antes de siquiera darme cuenta él ya tenía otro interés amoroso y yo… yo me enfoqué en la escuela, no sabía en dónde más poner toda mi atención. Para cuando me di cuenta estaba llorando enfrente de mi libreta y la sensación de ser estúpida, nunca supe porque fue; si por el sentimiento de extraño vacío que había dejado González en mi vida o porque desde hacía tiempo sentía que mi valor como persona dependía de mis calificaciones.




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