Cuando las musas vuelven

Capítulo 17. Morandi.

“Quien ama sabiendo por qué ama, no ama”. ‘Voces’ Antonio Porchia.

Durante los siguientes días intenté escribir algo, pero mi imaginación seguía estancada, escribir un desamor ya era absurdo incluso para mí. La siguiente semana tendría la dichosa presentación con otras escritoras y yo sigo en ceros.

Mientras más intento escribir más me desespero, esto ya no es divertido, es patético y frustrante. Pasé de preguntarme «¿Por qué empecé a amar escribir?» a «¿Cuándo empecé a odiar escribir?». La segunda pregunta ha sido más fácil de responder porque es reciente: odio escribir porque ya ni siquiera sé porque lo hago. La industria es difícil: siempre hay críticas, comparaciones, pagos mediocres y ni hablar de que las editoriales te dejan todo el marketing para vender los libros. Mierda, crecer en esta industria es desgastante. De haber sabido todo esto no hubiera vuelto a abrir un documento en word a mis… ¿a qué edad volví a escribir? Sé que le escribí un poemario a Gonzalez para poder “superar” lo nuestro, pero dejé de escribir después de eso.

La página en blanco frente a mí me desespera. ¿Y sí escribo sobre un chico que muere y su fantasma sigue a su interés amoroso?

Negué con la cabeza ante esa idea.

Bastante básica, muy cliché.

¿Y si escribo cuentos? Hacer feliz a los niños es más fácil que hacer feliz a los adultos.

Una notificación en el celular me regresó mí cordura. Tomé este con cuidado, la notificación no es más que fotos de recuerdos. No sé que tienen las aplicaciones con avisarte de cada cosa que subías años atrás, sin embargo no niego que mi curiosidad es más grande que mis ganas de seguir pensando una trama para poder escribir.

Me preparé mentalmente antes de abrir la aplicación, las primeras fotos que noté fueron de libros que veía cada que salía sin dinero, probablemente solo compre un 20 por ciento de los libros en mi galería, seguido de eso están las fotos de la universidad, no les presté atención hasta que llegue a una en donde estoy con Kas. Mi rostro se contrae antes de darme cuenta. Ambas salimos… ¿dos veces? Quizás más. Recuerdo que ella subió un escrito y yo por azares del destino lo leí, y digo que fue el destino porque ese mismo día había vuelto a instalar aquella aplicación para leer y curiosamente la primera notificación que recibí fue la de ella. En aquella carta —si es que se le puede llamar así— me pidió perdón, contó un poco de su vida en ese entonces y que esperaba recuperar nuestra amistad, yo que nunca borre su numero aproveche esa situación y le conté exactamente lo mismo.

Después de dos años de no saber la una de la otra ese reencuentro se sintió extraño. Kas había cambiado mucho, eso era evidente, yo igual, quiero decir, había ido a terapia y ya no odiaba al mundo, era como si las dos hubiésemos cambiado de personalidad.

Las veces que nos vimos fue en la secundaria, irónico. Al parecer sus padres trabajaban ahí o algo así recuerdo. La última vez que nos vimos fue en la noche, me dijo que estaba aburrida y yo —como siempre— corrí hacia para pasar un rato juntas, lo más extraño de esa noche no fue estár en la secundaria, sino que su madre sabía que yo estaba ahí, nos habíamos escondido por tanto tiempo que esa acción me pareció algo revolucionaria. Ese día nos abrazamos por última vez, tiempo después ella se mudo para poder estudiar algo sobre dibujo. Me alegré mucho por eso. Kas siempre había tenido un talento excepcional. Me pregunto cómo estará.

Seguí bajando por las fotos encontrándome con mi primer grupo universitario. Mi primera universidad fue un asco, tanto que terminé saliendo a mitad de carrera.

Alcé la mirada encontrándome con la página en blanco.

«Ah. Ya recordé porque regresé a ti»,

Y todo fue porque elegí al hombre equivocado. Nuestra relación duró un año y fue catastrófica.

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Navira, diecinueve años.

La primera semana de clases todo estuvo relativamente tranquilo, conocí a una chica de rizos con la cual hice click al instante. Ambas éramos dos peces perdidos en un inmenso mar oscuro y profundo. La mayoría del salón ya se conocía mientras que nosotras dos no. No tardamos mucho en hablar con más compañeros, incluso de vez en cuando salíamos a desayunar con un grupo de chicos, como la buena ingeniería que estábamos estudiando.

La universidad me parecía en extremo fácil, ni siquiera me esforzaba. Solo trabajaba como cualquier alumno regular lo haría. Mi meta no era sobresalir ni ser una vaga: un punto medio era el punto exacto para mí.

Así fue el primer mes. Uno de los chicos con los que nos juntabamos en los desayunos comenzó a acercarse a mí. Demostrar tanto interés en mí hacía que mi amiga comenzara a sacarlo en nuestras conversaciones.

Aquel chico que para mi mala suerte se apellidaba igual que yo, estaba siempre pegado a mí, con el tiempo le fui agarrando cariño, cada vez era más fácil para él encontrar temas de conversación conmigo. Morandi, al parecer, era igual que yo en ciertos aspectos, creo que por eso empecé a buscarlo.

Comenzamos a andar en octubre.

Por desgracia, este nuevo comienzo en mi vida me hizo darme cuenta de algo: yo no era tan leal ni mucho menos tan digna de palabra como solía decir. Sobre todo, me di cuenta de que una mente débil, desafortunadamente si puede recaer aun sin aviso previo,




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