Cuando Te EncontrÉ

✨ Capítulo 1: La noche en que todo cambió ✨

¿Cómo iba a olvidar esa noche?

Mercado Central. 21:30 horas.

No podía creer lo que mis ojos estaban viendo.

¿No me había dicho que iba al baño?

No podía ser...

Pero era él.

Sentí cómo mis manos comenzaban a enfriarse y mi sonrisa desaparecía poco a poco. Necesitaba acercarme, comprobar que mis ojos no me estaban engañando.

Di unos pasos.

Después otros.

Y entonces lo vi claramente.

Era Nicolás.

Mi Nico.

Abrazaba a una mujer y ambos parecían fundirse en una sola persona. Cuanto más me acercaba, menos dudas quedaban.

Y cuando se separó de ella, lo vi.

La estaba besando.

Mi mundo se derrumbó en un instante.

Sentí que el corazón se me hacía mil pedazos, que las piernas dejaban de responderme.

Con toda la rabia y el dolor que me atravesaban, saqué fuerzas de donde no tenía. Me di vuelta y seguí caminando como si nada hubiera pasado.

Como si no me estuviera muriendo por dentro.

Regresé a la mesa donde minutos antes habíamos compartido la mejor cena de nuestras vidas. Tomé mi cartera y me fui.

No sé quién pagó la cuenta.

No sé cuánto tiempo caminé.

No sé cómo llegué a la puerta.

Lo único que sabía era que mi Nico estaba besando a otra mujer.

Y yo quería despertar de aquella pesadilla.

Pero cuando el aire frío golpeó mi rostro comprendí que no era un sueño.

Mis ojos acababan de descubrir que mi príncipe azul era, en realidad, mi verdugo.

Llegué a la vereda sin saber qué hacer.

¿A quién llamaba?

¿Adónde iba?

Mi vida sin él parecía completamente vacía.

Caminaba sin rumbo cuando un auto frenó bruscamente a pocos centímetros de mí.

—¡¿Estás loca?! —gritó una voz masculina desde la ventanilla.

Y así fue como un completo idiota estuvo a punto de atropellarme.

Y también así fue como ese mismo idiota cambió mi vida para siempre.

No sé cuánto tiempo lloré.

No sé cuánto habló intentando tranquilizarme.

Ni siquiera recuerdo en qué momento dejó de ser un desconocido.

Lo único que sé es que su mirada me transmitía confianza.

Y que su perfume me distraía demasiado.

Hacía frío.

El rocío comenzaba a caer.

Entonces me preguntó adónde quería ir.

—No tengo adónde ir —respondí.

Y no era mentira.

Hacía cuatro años que había dejado Villa Carlos Paz para estudiar Psicología en Córdoba.

Al principio viajaba todos los días.

Después conocí a Nicolás.

Y poco tiempo más tarde nos fuimos a vivir juntos.

Mis cosas estaban allí.

Mi computadora.

Mis libros.

Mi ropa.

Mi perro, Tobby.

Pero aquella casa era de él.

Ya no era mi hogar.

Podía volver con mis padres.

Sabía que siempre me recibirían.

Pero no podía aparecer en medio de la madrugada con el corazón roto y una valija invisible cargada de preguntas.

Maby habría sido una opción.

Pero estaba de vacaciones.

Y yo no tenía cabeza para pensar.

Saqué el celular.

Veinte llamadas perdidas.

Todos los mensajes eran de Nicolás.

Y volví a llorar.

El pobre idiota no sabía qué hacer.

Finalmente me abrazó.

Y, por alguna razón, al sentir el calor de sus brazos, me calmé.

Cuando me aparté de su hombro, me miró directamente a los ojos.

—Hola. Soy Joaquín. Empezamos bastante mal, pero creo que todavía podemos ser buenos amigos. Sos una persona muy dulce y no entiendo por qué llevás tres horas llorando sin parar. Si me lo contaras, tal vez podría ayudarte.

Hizo una pausa y agregó:

—Aunque, siendo sincero, tengo mucha hambre y con hambre no puedo pensar.

A pesar de todo, me hizo reír.

—Joaquín... me acabo de enterar de que mi novio me engaña. Soy de Carlos Paz, pero hace años que vivo en Córdoba con él. No sé qué hacer.

Jugué nerviosamente con mis dedos.

—No tengo muchos amigos y... sinceramente... no sé adónde ir.

Joaquín me observó unos segundos.

—Bueno, mientras decidís qué hacer, vamos a comer algo. Son las dos de la mañana y yo me estoy muriendo de hambre.

Me señaló con el dedo.

—Además, tenés cara de sándwich.

—¡No te permito que me digas así! —protesté entre risas.

Y sin darme cuenta, terminé acompañándolo.

Poco después estábamos sentados en una pizzería.

Él comía.

Yo pensaba.

Pensaba en Nicolás.

Pensaba en mi vida.

Pensaba en cómo mi cuento de hadas se había roto como una copa al caer al suelo.

Mientras intentaba ordenar mis pensamientos, una botella se hizo añicos en la cocina.

El ruido me devolvió a la realidad.

Joaquín se limpiaba las migas con una servilleta mientras sonreía satisfecho.

—Ahora sí... panza llena, corazón contento.

Se acomodó en la silla y me miró.

—Y bien, bonita... ¿ya decidiste adónde te llevo?

Respiré profundo.

—Voy a esperar en la terminal hasta las siete de la mañana y me voy a Carlos Paz.

Joaquín negó con la cabeza inmediatamente.

—Ni loco te dejo sola en una terminal a esta hora.

—Entonces no sé qué hacer.

—Tenés dos opciones: pensás una mejor o te quedás en mi casa hasta que amanezca y después te llevo.

Lo dijo con tanta naturalidad que me sorprendió.

Entonces sonrió.

—Pero antes necesito saber algo importante.

—¿Qué?

—¿Cómo te llamás?

Lo miré confundida.

—A ver si adivino... tenés cara de Magdalena.

Negué.

—¿Pilar?

Negué otra vez.

—Dame una pista.

—Mi nombre es muy común.

—¿María?

—No.

Sonreí por primera vez en toda la noche.

—Mi madre quiso ponerme el nombre de una reina.

Joaquín me observó unos segundos.

Y entonces sonrió.

—Ya sé.

Sentí que el tiempo se detenía.

—Te llamás Sofía.

No sé por qué.

Tal vez por la forma en que lo dijo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.