Nunca imaginé que terminaría en una pizzería a las dos de la mañana con un hombre que había estado a punto de atropellarme.
Bueno... siendo sincera, él era quien estaba cenando.
Yo apenas podía mirar la mesa.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la misma imagen.
Nicolás.
Sus manos rodeando la cintura de aquella mujer.
Sus labios sobre los de ella.
Y la sensación de que mi vida se había roto en mil pedazos.
—¿Siempre sos tan callada? —preguntó Joaquín mientras terminaba su tercera porción de pizza.
Lo miré sorprendida.
—¿Tu tercera porción?
—¿Eso fue lo único que escuchaste de todo lo que dije? —preguntó fingiendo indignación.
Por primera vez en horas me reí.
Una risa pequeña.
Tímida.
Pero risa al fin.
—Es que comes mucho.
—Es un talento natural.
—No creo que sea un talento.
—Bueno, entonces es una virtud.
Negué con la cabeza.
No entendía cómo aquel hombre lograba hacerme sonreír cuando apenas podía respirar del dolor.
Joaquín se acomodó en la silla y me observó unos segundos.
—Ahí está.
—¿Qué cosa?
—La sonrisa.
Bajé la mirada inmediatamente.
No sabía por qué ese comentario me había puesto nerviosa.
Quizás porque hacía mucho que nadie me observaba de verdad.
O quizás porque sus ojos transmitían una tranquilidad extraña.
De esas que aparecen cuando más las necesitas.
Durante unos minutos ninguno habló.
El ruido de los platos y las conversaciones lejanas llenaron el silencio.
Hasta que sonó mi celular.
Mi corazón se detuvo.
Nicolás.
Otra vez.
Veintitrés llamadas perdidas.
Y varios mensajes.
Las lágrimas volvieron antes de que pudiera evitarlo.
Joaquín no preguntó nada.
No intentó quitarme el teléfono.
No criticó a Nicolás.
Simplemente tomó una servilleta y la dejó junto a mi mano.
—Gracias —susurré.
—No me agradezcas.
—¿Por qué?
—Porque todavía no resolvimos dónde vas a dormir esta noche.
Lo miré alarmada.
Era cierto.
Entre el dolor y la pizza había olvidado por completo ese detalle.
Mi departamento ya no era mi hogar.
La casa de mis padres estaba demasiado lejos.
Y mis amigas estaban de vacaciones.
Estaba sola.
Completamente sola.
Joaquín se cruzó de brazos.
—Bueno, Sofía.
—¿Qué?
—Tenemos un problema.
—Eso ya lo sabía.
—No. Tenemos dos.
Fruncí el ceño.
—¿Cuál es el segundo?
—Que si seguís llorando así voy a tener que pedir otro postre.
Lo miré confundida.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Que comer es mi mecanismo para resolver situaciones incómodas.
Y sin quererlo...
Volví a reír.
Hacía apenas unas horas había creído que mi vida terminaba.
Y sin embargo allí estaba.
Sentada frente a un desconocido que comía pizza como si fuera una competencia internacional.
Lo más extraño era que, por primera vez desde que había salido del restaurante, podía respirar sin que me doliera el pecho.
—¿Y vos? —pregunté.
—¿Yo qué?
—¿Por qué estabas manejando solo a esta hora?
—Porque tenía hambre.
—No puede ser tu respuesta para todo.
—Claro que puede.
—Estoy hablando en serio.
Joaquín sonrió.
—Yo también.
Lo miré con cara de pocos amigos.
—Sos imposible.
—Eso dicen.
—¿Quiénes?
—Las personas que intentan interrogarme mientras como pizza.
Por primera vez desde que lo conocía, sentí curiosidad por él.
¿Quién era realmente?
¿Por qué me estaba ayudando?
¿Y por qué tenía la sensación de que, detrás de esas bromas, escondía más de una historia?
Miré la hora.
Eran casi las tres de la mañana.
Afuera el frío parecía más intenso que nunca.
Joaquín tomó las llaves del auto y me miró con seriedad por primera vez desde que lo conocía.
—Bueno, Sofía.
—¿Qué?
—Llegó el momento de decidir.
Tragué saliva.
Porque por primera vez entendí que no tenía un lugar al que volver.
Fin del Capítulo 2 
¿Qué harías en el lugar de Sofía?
¿Volverías a buscar tus cosas?
¿Aceptarías la ayuda de Joaquín?
¿Le responderías a Nicolás?
Los leo en los comentarios.
Si quieren el Capítulo 3, dejen su
y compartan la historia.
Gracias por acompañarme en esta aventura.
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