El olor a tostadas invadió mis fosas nasales y me despertó exaltada.
Cuando abrí los ojos me dolía mucho la cabeza y, mientras intentaba reconocer el lugar donde estaba, no lograba entender qué hacía allí.
Hasta que recordé.
No había sido un sueño.
Mi Nico me había roto el corazón.
Como pude me levanté, me cambié y agradecí a Dios ser tan precavida de llevar siempre conmigo mi cepillo de dientes. Tratando de hacer el menor ruido posible, encontré el baño y en menos de lo que canta un gallo estaba lista.
Por Dios... lamentaba no tener conmigo mi tapa ojeras.
Mi cara reflejaba exactamente cómo me sentía por dentro.
Junté fuerzas y llegué hasta la cocina.
Allí estaba Joaquín, de espaldas, hablando por teléfono.
¿Qué hacía yo en la cocina de una persona que había conocido apenas unas horas antes?
Intenté relajarme y me dejé envolver por la música que sonaba en la radio.
"Has encendido los sentidos,
que dan razón a mi vida..."
La letra me atrapó por completo.
Tan concentrada estaba escuchando la canción que no me di cuenta de que Joaquín me hablaba.
Hasta que prácticamente gritó:
—¡Fijate que las tostadas se queman!
—¡Ay!
Qué vergüenza.
No dejaba de hacer papelones delante de este chico.
Sin molestarlo, busqué algo donde ponerlas, saqué dos tazas del secaplatos y serví el café que ya estaba listo.
La realidad era que no me gustaba el café, pero me daba vergüenza decirlo.
Mientras buscaba azúcar o edulcorante, sentí que se acercaba.
—Buen día, linda. ¿Pudiste descansar?
Levanté la vista.
—Dormí bien. Solo que tengo mucho dolor de cabeza.
—Tengo ibuprofeno. ¿Querés uno?
—Te lo agradecería.
—Ahora un consejo... me parece que ibuprofeno con café no va. ¿No preferís leche o alguna otra cosa?
Lo miré y no pude evitar reírme.
—Gracias. En realidad no me gusta el café, pero no quería ser rompe cocos.
Señaló la alacena.
—Buscá lo que quieras.
Ni lo dudé.
Preparé un té.
Por suerte era Green Hills.
Amaba ese té.
Me recordaba a mi abuela Irmuchi.
Solo pensar en ella me llenaba el alma de alegría.
Debió notarse en mi cara porque, cuando me senté a desayunar, Joaquín me preguntó:
—¿Y esa sonrisa?
Entonces le hablé de mi abuela.
De sus consejos.
De sus abrazos.
De cuánto la extrañaba.
Estábamos charlando cuando su celular volvió a sonar.
—Perdón.
Se levantó y atendió.
Intenté no escuchar, pero era imposible.
Parecía discutir con alguien.
Hablaba de una decisión que todavía no había tomado.
Mientras tanto levanté la mesa y lavé las tazas.
Cuando terminó la llamada se acercó nuevamente.
—¿Qué me contabas de tu abuela?
Sonreí.
—Nada... creo que ya se hizo tarde y debería volver a casa.
—¿Querés que te acerque hasta la terminal?
—No hace falta. Ya abusé demasiado de tu buena voluntad.
—Como quieras.
Hizo una pausa.
—Espero que todo se solucione, linda.
Lo miré.
Y otra vez me encontré atrapada en esa mirada serena que parecía transmitir seguridad.
No sé qué me pasó.
Solo sentí ganas de abrazarlo.
De agradecerle.
De decirle cuánto significaba para mí todo lo que había hecho.
Cuando me acerqué, su perfume volvió a envolverme.
Y cuando me despidió con un beso en la mejilla, una extraña electricidad recorrió mi cuerpo.
¿Qué me estaba pasando?
Nos despedimos.
Me puse los lentes de sol.
Me ubiqué para encontrar la terminal.
Y comencé a caminar.
Sin saber que aquel adiós no sería el último.
❤️ Gracias por leer el Capítulo 5 ❤️
Una noche difícil.
Un desconocido.
Y un desayuno que Sofía jamás olvidará... ☕✨
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❤️ ¿Joaquín está empezando a enamorarse?
🤔 ¿Qué creen que significaba esa llamada misteriosa?
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