No sabía en qué momento había aceptado.
O quizás sí lo sabía.
La verdad era que desde que Joaquín había aparecido frente a nosotras, mi capacidad para pensar con claridad había desaparecido.
—Bueno —dijo Maby levantándose de golpe—. Yo ya cumplí mi misión.
—¿Qué misión? —pregunté.
—La de asegurarme de que mi amiga vuelva a sonreír.
Antes de que pudiera responder, me guiñó un ojo.
—Nos vemos, tortolitos.
—¡Maby!
Pero ya era tarde.
Había desaparecido calle abajo.
Joaquín observó la escena divertido.
—Tu amiga es peligrosa.
—No tenés idea.
—Sí tengo.
Y por la forma en que lo dijo, sospeché que habían hablado más de la cuenta cuando yo desaparecí del planeta.
Comenzamos a caminar por Nueva Córdoba.
Por suerte.
Porque si nos hubiéramos quedado quietos, creo que me habría puesto todavía más nerviosa.
—Así que me debías un café —dije intentando sonar tranquila.
—Me debías algo.
—¿Y elegiste café?
—Podría haber pedido una cena.
—Qué aprovechado.
—Todavía estoy a tiempo.
Lo miré.
Él sonrió.
Y yo tuve que mirar para otro lado.
Era injusto que alguien pudiera sonreír de esa manera.
Terminamos entrando a una cafetería pequeña.
De esas que tienen olor a café recién molido y música suave de fondo.
Nos sentamos junto a una ventana.
Durante unos segundos ninguno habló.
Y por primera vez desde que lo conocí, me di cuenta de algo.
Yo no sabía prácticamente nada de él.
—¿Qué? —preguntó.
—Nada.
—Mentira.
—¿Cómo sabés cuándo miento?
—Porque siempre fruncís la nariz.
Abrí los ojos sorprendida.
—¿Frunzo la nariz?
—Todo el tiempo.
No sabía si sentirme observada o avergonzada.
—Bueno... estaba pensando que no sé nada de vos.
—Eso tiene solución.
—¿Ah sí?
—Sí.
Podés preguntar.
Tomé mi taza.
—¿Cuántos años tenés?
—Treinta y dos.
—¿A qué te dedicás?
—Ingeniero.
—¿Vivís solo?
—Sí.
—¿Siempre respondes tan corto?
Joaquín se rio.
Y fue una risa sincera.
De esas que le iluminaban la cara.
—Ahora me toca a mí.
—No es justo.
—Las reglas del café las pongo yo.
—Qué autoritario.
—Lo sé.
Me señaló con el dedo.
—¿Por qué Psicología?
La pregunta me tomó por sorpresa.
Nunca nadie me preguntaba eso.
Las personas solían preguntar cuánto faltaba para recibirme.
Pero no por qué había elegido estudiar esa carrera.
Y sin darme cuenta, terminé contándole cosas que normalmente no contaba.
Sobre mi infancia.
Sobre mi abuela.
Sobre las personas.
Sobre lo mucho que me gustaba escuchar historias.
Joaquín escuchó todo.
Sin interrumpirme.
Sin mirar el celular.
Simplemente escuchando.
Y me gustó.
Me gustó más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cuando quise darme cuenta habían pasado más de dos horas.
—Se hizo tarde —dije.
—Sí.
Pero ninguno de los dos se levantó.
Y eso me hizo sonreír.
Entonces sonó su teléfono.
Vi cómo la pantalla se iluminaba.
Por primera vez desde que lo conocía, su expresión cambió.
Seriedad.
Preocupación.
Duda.
Miró el celular.
Y rechazó la llamada.
—¿Todo bien? —pregunté.
Durante un instante pareció pensar la respuesta.
—Sí.
Pero algo me dijo que no era verdad.
Y por primera vez sentí curiosidad.
Porque detrás de la sonrisa tranquila de Joaquín...
Parecía existir una historia que todavía no conocía.
❤️ Gracias por leer el Capítulo 10 ❤️
💬 Quiero saber qué opinan:
🤔 ¿Quién disfrutó más el café: Sofía o Joaquín?
📱 ¿Quién creen que llamó a Joaquín?
✈️ ¿Qué estará ocultando?
❤️ ¿Les gustaría una segunda salida entre ellos?
👇 Las leo en los comentarios.
📲 Seguime para no perderte el Capítulo 11.
✨ Porque a veces conocemos a una persona en pocos días... y sentimos que podríamos hablar con ella durante horas.