El despertador sonó demasiado temprano.
Y por primera vez en mucho tiempo...
no fui yo quien se levantó primero.
Joaquín ya estaba despierto.
Su valija descansaba junto a la puerta.
Lista.
Esperándolo.
La sola imagen me hizo un nudo en el estómago.
Porque hasta ese momento todo había parecido lejano.
Como si la despedida fuera algo que iba a ocurrir algún día.
Pero ya no.
Era hoy.
El desayuno fue extraño.
No hubo bromas.
No hubo cargadas.
No hubo discusiones absurdas con Maby.
Solo silencios.
Demasiados silencios.
Incluso Max parecía entender que aquel no era un día cualquiera.
Cuando llegó la hora de salir nadie dijo nada.
Simplemente tomamos los abrigos.
Y bajamos.
El camino al aeropuerto pasó demasiado rápido.
O quizás fui yo quien intentó no mirarlo demasiado.
Porque cada vez que lo hacía...
recordaba que en unas horas estaría a más de mil kilómetros.
Valparaíso.
Otra vez.
Cuando llegamos todavía faltaba tiempo para embarcar.
Y por primera vez agradecí los retrasos.
Porque significaban algunos minutos más.
Solo algunos.
Pero eran nuestros.
Max y Maby se alejaron discretamente.
Demasiado discretamente.
Como si quisieran dejarnos solos.
Como si supieran algo que nosotros todavía no éramos capaces de admitir.
—Bueno...
murmuré.
—Bueno...
repitió Joaquín.
Nos reímos.
Porque era ridículo.
Dos personas capaces de hablar durante horas.
Y ninguna encontraba una frase para ese momento.
—Cuidate.
dije finalmente.
—Vos también.
—Comé bien.
—Tengo treinta años, Sofía.
—Y sigo preocupándome igual.
Por primera vez apareció una sonrisa verdadera.
De esas que tanto iba a extrañar.
La llamada para embarcar llegó demasiado pronto.
Mucho antes de lo que yo estaba preparada.
Mucho antes de lo que queJoaquín tomó su mochila.
Y por primera vez sentí miedo.
Un miedo real.
Porque entendí que ya no quedaba tiempo.
Ni para pensar.
Ni para analizar.
Ni para esconderse.
Solo quedaba despedirse.
Y eso era exactamente lo que no quería hacer.
—Sofi...
Levanté la vista.
Y ahí estaban esos ojos.
Los mismos que habían estado conmigo durante los días más difíciles.
Los mismos que me habían acompañado cuando sentía que el mundo se derrumbaba.
Los mismos que ahora tenía que dejar ir.
Y sin pensarlo...
di un paso hacia adelante.
Y lo abracé.
Con fuerza.
Más fuerte de lo que había planeado.
Más fuerte de lo que una amiga debería hacerlo.
Y durante unos segundos olvidé dónde estábamos.
Olvidé el aeropuerto.
Olvidé la gente.
Olvidé todo.
Excepto él.
Sentí sus brazos rodearme.
Y por un instante tuve la sensación de que tampoco quería soltarme.
—Gracias.
murmuré.
—¿Por qué?
preguntó cerca de mi oído.
Las lágrimas amenazaron con aparecer.
—Por todo.
Hubo silencio.
Un silencio breve.
Y después escuché su voz.
Muy bajita.
Solo para mí.
—Vos también.
Cuando finalmente nos separamos...
ninguno parecía tener ganas de hacerlo.
Pero el tiempo no pidió permiso.
Nunca lo hacía.
—Nos vemos pronto.
dijo Joaquín.
Asentí.
Porque si intentaba hablar...
iba a llorar.
Y porque en el fondo sabía algo.
Aquello no era un final.
Solo era la parte más difícil del camino.
Lo observé alejarse.
Una vez.
Dos veces.
Hasta que desapareció detrás de la puerta de embarque.
Y recién entonces comprendí algo que llevaba semanas intentando ignorar.
No era solo que iba a extrañarlo.
Era que ya no podía imaginar mi vida sin él.
❤️ Gracias por leer el Capítulo 42 ❤️
Las despedidas nunca son fáciles... especialmente cuando alguien se vuelve parte de nuestra vida sin que nos demos cuenta. ❤️
💬 Quiero saber qué opinan:
😭 ¿Sofía finalmente entendió lo que siente?
✈️ ¿Qué creen que pensó Joaquín durante ese abrazo?
❤️ ¿Hizo bien en no decir nada?
🥹 ¿La distancia los unirá o los separará?
👀 ¿Qué creen que pasó por la cabeza de Joaquín cuando cruzó la puerta de embarque?
👇 Las leo en los comentarios.
📚 No olviden votar, comentar y seguir la novela.
✨ Porque algunas historias no terminan cuando alguien se va... empiezan cuando aprendemos a esperar.