La tarde caía lentamente sobre la Costanera de Carlos Paz.
El lago estaba tranquilo.
El viento apenas movía las hojas de los árboles.
Los turistas caminaban sin apuro.
Los chicos corrían detrás de las palomas.
Y, sentados en uno de los bancos frente al agua...
estaban ellos.
Sofía descansaba apoyada sobre el hombro de Joaquín.
Él tenía una mano entrelazada con la de ella.
La otra...
acariciaba con ternura la pancita que ya anunciaba la llegada de un nuevo integrante de la familia.
—¿En qué pensás?
preguntó Sofía.
Joaquín sonrió sin dejar de mirar el lago.
—En que hace cinco años...
casi te atropello.
Ella soltó una carcajada.
—Seguís exagerando...
—Puede ser.
Pero nunca voy a dejar de agradecerle a ese semáforo.
Ella levantó la vista.
—¿Al semáforo?
—Sí.
Porque si hubieras cruzado unos segundos antes...
o unos segundos después...
capaz nunca nos conocíamos.
Sofía apoyó una mano sobre la de él.
—Entonces...
menos mal que llegué tarde.
Los dos rieron.
Como tantas veces.
Como si todavía fueran aquellos dos amigos que se escondían detrás de las bromas para no aceptar que estaban enamorados.
A lo lejos apareció Carlos.
Mate en una mano.
Una bolsa con facturas en la otra.
—¡Muchachos!
¿Van a venir a merendar o tengo que traerles la mesa hasta acá?
—¡Ya vamos, papá!
respondió Sofía entre risas.
Detrás de él caminaba su mamá.
Felices.
Tranquilos.
Como si toda la vida hubiera esperado ese momento.
Joaquín observó el paisaje.
Suspiró.
—¿Te arrepentís de haber dejado Chile?
Ella negó con la cabeza.
—Jamás.
Vivimos tres años maravillosos allá.
Crecimos.
Aprendimos.
Cumplimos nuestros sueños.
Vos encontraste tu lugar en la empresa.
Yo abrí mi consultorio.
Pero...
miró nuevamente la pancita...
quería que nuestro hijo creciera cerca de quienes más amamos.
Y creo que tomamos la decisión correcta.
Joaquín sonrió.
—Yo también.
En ese instante...
dos voces comenzaron a discutir.
—¡Te dije que estacionaras del otro lado!
—¡Pero si acá había lugar!
—¡Sos imposible!
—Y vos seguís siendo hermosa cuando te enojás.
Silencio.
Maby lo miró.
Negó con la cabeza.
Y, como siempre...
le dio un codazo.
Max se rió.
Ella también.
Aunque intentó disimularlo.
Joaquín observó la escena.
—¿Algún día vamos a descubrir qué pasó realmente entre esos dos?
Sofía sonrió.
—Creo...
que esa ya no nos pertenece.
Los dos siguieron caminando hacia la familia.
Tomados de la mano.
Como si nunca hubieran sabido hacerlo de otra manera.
Antes de llegar a la mesa, Joaquín la detuvo suavemente.
—Esperá.
Ella lo miró.
Él acarició nuevamente su pancita.
Después la miró a los ojos.
Y dijo muy bajito...
—¿Sabés cuál fue la mejor decisión que tomé en toda mi vida?
—¿Cuál?
—No dejar que aquella noche siguieras caminando sola.
Sofía sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Le acarició la mejilla.
Y respondió sonriendo.
—La mía fue animarme a cruzar esa calle.
Porque aunque la distancia alguna vez intentó separarnos...
siempre hubo un cielo que nos unió.
Él la besó.
Un beso tranquilo.
De esos que ya no necesitan promesas.
Porque las promesas...
hacía mucho tiempo que se habían convertido en vida.
Los tres.
Él.
Ella.
Y ese pequeño corazón que latía entre los dos.
Caminaron hacia la mesa donde los esperaba toda la familia.
El sol comenzaba a esconderse detrás de las sierras.
Y Sofía comprendió que la felicidad nunca había sido un lugar.
Había sido un camino.
Uno que empezó con un casi accidente...
y terminó convirtiéndose en un hogar.
FIN.
Si llegaron hasta esta última página...
gracias.
Gracias por enamorarse de Sofía y Joaquín.
Por reír, llorar, enojarse y esperar cada capítulo conmigo.
Ellos encontraron su hogar.
Pero todavía hay dos personas que siguen escondiendo una historia...
¿De verdad creen que Max y Maby discutían porque sí?
Yo no.
Y tengo la sensación de que el Buen Pastor todavía guarda un secreto.
Nos volvemos a encontrar muy pronto.
Con otra historia.
Con otros dos corazones tercos.
Y con la certeza de que algunas historias de amor... simplemente estaban esperando su momento.
Con cariño,
Natty Toledo ❤️