Culpa emuladora

Culpa emuladora

Muchas veces la gente comete errores, errores que prefieren ser olvidados en alguna parte de su mente, ya sea para seguir con su vida, olvidar el pasado o simplemente, no sentir la culpa por haberlos hecho en un primer lugar.

—Jonathan, ¿qué hacemos? —decía una chica desesperada viendo como un chico tirado en el suelo se desangraba, producto de una bala perdida.

—Ya llamé a la ambulancia, ya viene en camino —dije sosteniendo la cabeza de Lucas mientras colgaba la llamada—. Mara, necesito que lo despiertes, se nos está yendo —grité exasperado viendo como nuestro amigo cerraba los ojos.

—¡Lucas, Lucas, Lucas! No te desmayes, no cierres tus ojos —decía la chica mientras le daba pequeñas cachetadas para que reaccionara.

—Mara —Volteé a verla—, ya es tarde… el ya… murió —dije con voz entre cortada y lágrimas cayendo por mi rostro al ya no sentir los latidos de Lucas.

—No, eso no es posible, Lucas, el esta dormido, solo falta que… —dijo llorando con una sonrisa, viendo el cuerpo del chico.

—Mara, lo siento —La abrazé con fuerza mientras ella solo podía gritar por el dolor de ver a nuestro amigo muerto.

Aquel día, perdimos a un amigo, producto de una bala perdida en una balacera entre narcos, en la cual quedamos en medio al salir de la preparatoria. Después de aquel día, se hizo su funeral correspondiente, verlo en ese ataúd, fue tan traumante para Mara y para mí, que por más fuertes que quisiéramos estar para él, las lágrimas no paraban de salir.

Nuestro grupo de tres se había reducido a dos, las cosas habían cambiado para Mara y para mí, más de las que puedo enumerar. El ir a la escuela se sentía tan vacío al no tener las bromas de Lucas que nos alegraban tan temprano.

El reírse con el en los recesos, o volver a nuestras casas juntos, se sentía tan, extraño. Lo peor no era el mundo físico, sino el mental, a diario recordaba la sangre en mis manos, las lagrimas de Mara, la impotencia del momento, era horrible recordarlo.

No era el único que la pasaba así, Mara no era muy distinta a mí, cada noche recordaba el fatídico día, recordaba el clima, la bala en su cuerpo, la sangre saliendo y sus ojos sin expresión, para ella, cada noche era vivir en carne aquel día, una y otra vez.

Ya habían pasado unas dos semanas desde aquel día, la mayoría de personas cercanas a Lucas ya habían superado el duelo, o por lo menos lo aparentaban, Mara y yo, éramos otro caso. Nos hicimos una promesa el día que murió, nunca lo olvidaríamos ni dejar de pensar en él, grave error.

Desde aquel día no dejamos de pensar en él, pero solo lo recordamos en aquel día donde su luz se apagó, por más que intentábamos recordar los momentos hermosos que vivimos los tres juntos, el recuerdo triste, melancólico y lúgubre aparecía, opacando los demás recuerdos.

—Jonathan, creo que es hora de dejar libre a Lucas —Me comentó Mara mientras hacíamos pijamada en su casa.

—¿Cómo lo haremos? Sabes bien que hemos intentado dejarlo ir, y al final el resultado es el mismo, en vano.

—Tengo una idea, el domingo hay un evento en mi iglesia, se llama “se libre”, podríamos ir e intentar dejarlo ir ahí, ¿qué te parece? —Me preguntó con un semblante triste pero esperanzado a su vez.

—Esta bien. Vamos, no tenemos nada que perder —Le contesté para no matar su esperanza, aunque yo había matado la mía hace mucho tiempo atrás.

El día llegó, al ser un evento especial, solo estaban presentes los invitados, algunos servidores y los que darían las pláticas. Nos sentamos en unos asientos en la zona central, culpa mía por llegar tarde.

La platica inició, la persona que hablaba comenzó a explicar el tema, no sentirnos culpables, claro que había que confesarle a Dios lo que hicimos mal, pero eso no aplicaba para mí, no hice nada malo, pero tampoco nada bueno, solo no hice nada.

—¿Y que pasa si sentimos culpa por no hacer nada? —pregunté deteniendo la plenaria.

—Si no hiciste nada malo, ¿por qué deberías sentirte culpable?

—Yo siento culpa… porque no pude hacer nada por mi amigo —dije entre lágrimas, ignorando la gente que tenía a mi alrededor.

En ese momento, me desplomé al suelo en lágrimas, volví a recordar aquel día, el plenarista llamó a unos servidores para que me llevaran a un cuarto aparte, Mara no se quiso separar así que fue conmigo.

Aproximadamente una hora después llegó el, nos miró con una cara de preocupación, era evidente, ambos habíamos estado llorando durante casi media hora, mientras aquel recuerdo nos torturaba. Tomó una silla, se sentó de frente a nosotros, nos dio un vaso de agua a cada uno, y empezó a hablar.

—¿Por qué se sienten así?

—¿Cómo? —preguntó Mara confundido.

—Puedo sentir como ambos cargan con algo que no es suyo, algo como si fuera… culpa, angustia o preocupación.

—No es fácil decirlo, vimos con nuestros ojos como un amigo murió, desde ese día, aquel recuerdo no nos deja seguir con nuestras vidas —dijo Mara con la voz entrecortada.

—Entiendo. Quiero creer que vinieron aquí con la esperanza de dejarlo libre, ¿verdad?

—Así es, yo convencí a mi amigo de que viniéramos, pero creo que fue contraproducente…

—No es cierto, los tiempo de Dios son perfectos, este solo es el comienzo de su proceso para dejarlo ir. La verdad no puedo meterme en sus mentes y borrarles ese recuerdo traumante, solo me queda llevarlos en oración, mi recomendación es dejarlo ir de poco a poco, intenten hacer cosas que les recuerde los bonitos momentos que tuvieron junto a él, intenten platicar con los padres de el sobre cómo se sienten, verán que eso les ayudara.

—Se lo agradezco mucho.

—No hay nada que agradecer, vamos a hacer una oración por ustedes.

Después de la oración, Mara y yo nos fuimos a su casa, en el camino, venia pensando en que no pude decir ni una palabra, no porque no quisiera, más bien el nudo en mi garganta, y así mi proceso para dejar descansar en paz a mi amigo comenzaba.




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