Custodiando su corazón

CAPÍTULO 2

La pequeña sigue en mis brazos, tranquila, como si ese fuera su lugar. Como si no fuera un desconocido.

—Bien… —murmuro, acomodándola en el asiento. Ella sigue chupando su chupón desgastado. Es muy grande para eso —, vamos a intentarlo otra vez, ¿sí?

No responde. Solo juega con el cordón del chupete y se lo jalo, pero ella lo agarra con los dientes.

Exhalo por la nariz. Tal vez, fuí muy brusco.

—¿Puedes dejar de usarlo? Quiero hablar contigo.

Niega y sigue.

—Bien, dime ¿Cómo te llamas?

Nada, aletea sus pestañas rubias.

—¿Dónde vives?

Silencio y juega con su bolsa, que luego guarda.

—¿Tus padres viven cerca de algún lugar que recuerdes?

Ni una palabra.

Aprieto un poco la mandíbula, mirando el tráfico. No es normal que una niña que no quiera hablar…, sabe hablar y eso me pone más pensativo.

—Oye… Pulguita —insisto y no se porque rayos le dije así—, tengo que saber algo de ti para poder ayudarte. No seas malita, dime algo.

Ella me mira un momento.

—No quiero volver… ¿Puedo quedarme contigo?

El aire se me corta apenas. No respondo a lo que pregunto, también quede sin respuestas…, pero igual se queda en mi cabeza. Ella se cansa de esperar que diga algo y vuelve a mirar por la ventanilla con un ligero puchero, pero no llora.

<<Bien, Axel, muy bien>>

Paso la lengua por mis dientes, y termino haciendo lo que debí desde el inicio. Marco el número de mi superior.

—León —responden del otro lado al primer tono.

—Primero tengo una niña sola. No responde preguntas básicas y segundo, ya está bueno. Deme el alta para regresar al equipo, no perderé los estribos de nuevo.

Silencio breve.

—¿Estado? — pregunta ignorando lo segundo.

Miro de reojo a la niña.

—Bien. Solo…, no habla mucho.

—Llévala a Servicios Sociales, que sigan los protocolos y regrese a su puesto, oficial León.

Aprieto el volante.

—Recibido, señor.

Cuelgo tratando de calmarme y miró a la pequeña otra vez. No puedo dejar de hacerlo.

—Vamos a otro sitio. A ver si ahí alguien logra que hables un poco más, y te cuiden.

No responde. Solo se acerca y se acomoda mejor contra mí. Sus bracitos delgados me rodean el pecho y no sé por qué no me aparto.

Minutos después estacionó frente al edificio de ladrillos rojos, este lugar es horrible. Demasiado lleno para la hora que es, por todos los coches que veo. Bajo con ella en brazos envuelta en mi chaqueta y empujó la puerta con el hombro.

El murmullo llega de inmediato. No por trabajo, eran susurros pícaros. Alzó la mirada y varias mujeres detrás del mostrador, otras pasando papeles…, pero más pendientes de mí. No soy difícil de ignorar, mi tamaño y la cicatriz en la cabeza.

Una de ellas se muerde el labio y otra susurra algo.

—¿Aquí trabaja alguien de verdad o solo miran?

El silencio se hace eterno.

—Y-ya…, ya viene una asistente social—dice, atropellando las palabras—, la encargada de estos casos está en reposo, pero…, ya la llaman al reemplazo.

Asiento, seco.

—Más le vale. No estoy para perder tiempo.

No me muevo de inmediato. La niña sigue en mis brazos. Me agarra el rostro y sus dedos peinan mi barba.

—¿Ya nos vamos? —murmura bajito.

Niego sin mirarla.

—No.

Ella suspira y apoya su mejilla en mi hombro.

Y es ahí cuando recuerdo que solo me enfoqué en sacarle información. En el protocolo y no le he dado nada.

Exhalo por la nariz, molesto conmigo mismo.

—Espera aquí — la bajo, pero ella va detrás de mí y tropieza con mi chaqueta, pero la agarró antes de tocar el suelo. Sonríe, así que terminó por llevarla conmigo a una máquina dispensadora. Meto unas monedas y saco lo primero que encuentro: galletas, unas gomitas y un jugo de cartón.

Le abro la bolsa.

—Toma.

La reacción es inmediata. Sus ojos se iluminan y toma las galletas comiendo muy rápido con una urgencia que me deja quieto. Luego las gomitas y se jala la bebida de un solo tirón. Y todo ese tiempo no dejaba de sostenerse de las tiras de mi equipo con una mano.

—Eh…, despacio —murmuro, más bajo de lo que esperaba.

Pero ella solo asiente y sigue, ahora un poco más calmada.

—Oficial.

La voz no viene del frente. Viene de atrás; femenina, clara. El sonido de los tacones se acerca y algo en mi pecho se tensa sin razón, con esos pequeños pasos como si fueran familiares.

Frunzo el ceño y giró apenas el rostro…, y cuando levanté la mirada ahí estaba. Ya me está mirando, no es interés como todas las mujeres que me ven, es otra cosa. Sostengo su mirada un segundo más de lo normal.

No la conozco. Pero hay algo en cómo me mira que no me gusta…, como si esperara algo de mí.

—¿Nos conocemos? —pregunto, directo.

No suavizó el tono. Es algo que me cuesta siendo policía de alto rango, pero no alto para quitarme la sanción que tengo encima. Ella no responde de inmediato. Sus ojos bajan apenas lo suficiente para notar mi pierna, el leve cojeo. Luego suben a mi cabeza o mejor dicho a mi cicatriz y algo cambia en su expresión.

Vuelve a mis ojos.

—No —dice al final.

La niña la mira y luego a mí.

—Gracias, mi panza — hace un gesto con su dedo en sus labios tan tierno que me hace curvar los labios —, está calladita.

La mujer baja la mirada hacia ella y su expresión se quiebra un poco.

—Hola, cosita bonita. Soy… — me mira y luego baja la mirada a la niña —, Siena, quiero hablar contigo un ratito y tal vez, jugar a las muñecas. ¿Tú cómo te llamas?

—Meg… — susurra y cierro los ojos, ni eso le pregunté su nombre. En cambio le dije pulguita.

—Que lindo, Meg…

Vuelve a mirarme, más fría ahora.

<< ¿Está molesta? Ni la conozco, no es mi culpa que no quieran trabajar a esta hora>>

—Pase, oficial León —dice, marcando cada palabra—, yo me encargaré del caso.




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