Custodiando su corazón

CAPÍTULO 4

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Axel

<<¡Suerte papá!>> Sus palabras no salen de mi cabeza. No puedo creer que existan personas que no respeten una placa, yo soy la autoridad y ahora estoy de niñero. Ignoró su ayuda y escucho la respiración suave de la niña, no creo que se despierte más, así que conduzco con ella en brazos.

<<Cuarenta y ocho horas. ¿Qué voy a hacer con una niña? Tengo que informar mi situación>>

—No soy niñera…

El camino a casa se siente más largo de lo normal. No por el tráfico, sino por el silencio.

Exhalo por la nariz.

<<No es tu problema, que esté sola o que no tenga donde meter a una niña>> pienso, pero no suena convincente.

Cuando llego, subo las escaleras con ella en brazos otra vez. Abro la puerta y ahí está mi apartamento oscuro, ordenado y…, vacío. Camino hasta el sofá y la dejó con cuidado. Se mueve y frunce el ceño, sus dedos me buscan y se aferra con una mano a mi chaleco.

—No…, no —murmuró—, eso no.

Intento apartarme y no funciona. Suspira dormida y se aferra más.

Me quedo quieto un segundo.

—Genial, León. Ahora eres un mueble.

Resoplo y termino sentándome en el sofá, con ella apoyada contra mí. Miro alrededor y no hay nada para niños. Nada que encaje con esto.

—¿Qué se supone que haga contigo…?

No responde, pero se que está despierta. Apoyo la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos un segundo…, su mirada llega de golpe, demasiado pesada.

Abro los ojos y la pequeña me observa, y ladea su rostro.

—Hola… —murmura, con la voz dormida.

—Hola.

Se incorpora un poco, pero no se aleja y mira alrededor.

—¿Esta es tu casa?

—Sí.

Asiente, como si eso bastara.

—Es grande y bonita...

Frunzo el ceño.

—No lo es.

Se encoge de hombros.

—Para mí sí, no está llena de latas.

No sé qué responder. Se queda callada un momento, mirando la sala como si estuviera memorizándola.

—¿Ya no estás trabajando?

—No.

—¿Entonces estarás conmigo?

Parpadeo.

—Por ahora.

Sonríe y me pasa algo raro en el pecho. Lo ignoro y se acomoda mejor en el sofá.

—¿Tienes leche, por favor? — pregunta y juega con el chupón que lleva en la bolsa.

Me quedo en silencio.

—No.

Le digo cruzandome de brazos y mirando el tv que está apagado.

<<Me perdí el partido>>

—Ah… — susurra y baja la mirada.

Me pongo de pie.

—Quédate aquí — le ordenó y ella se pone tensa, no se que piensa que haré, solo camino a la cocina y se relaja —, revisaré que tengo aquí para ti.

Abro la nevera y está vacía, solo latas y una sopa que debe estar piche. No se porque pensé que por arte de magia tendría leche.

—Vamos a salir — le digo y se colocó mi chaqueta y la cargó en brazos.

<<Es tan pequeña…>>

—¿A dónde? ¿Me dejaras en la calle?

Miro y niego, levantando su barbilla.

—Jamás haría algo así, solo vamos a buscar leche.

Su mirada se iluminan y sonríe.

—¿Y galletas? ¿Me puedes hacer gallegas?

—Ya comiste suficiente.

—Pero esas eran de allá…

—¿Y?

—No eran tuyas, ¿sabes hacer galletas como en la tv?

Me quedo mirándola un segundo.

—No…, solo se hacer sandwich

Sonríe.

—Me gustan, está bien. Gracias…

Salimos y caminamos hacia el minimarket de la tienda de la esquina.

Entramos y tomo leche, pan, mezcla de galletas, sopitas de esas instantáneas. Ella sigue pegada a mi y la colocó en el carrito, las personas nos miran. Es algo o mejor dicho, muy de madrugada para que una niña esté despierta. Le pregunto qué quiere y al principio responde con dudas, señalando apenas. Un jugo. Un paquete pequeño y nada más. Pero poco a poco se suelta, señala galletas, luego gomitas…, y comida, señala arroz , pollo, pescado y cuando me doy cuenta estoy empujando un carrito lleno como si fuera a sobrevivir un mes encerrado. Antes de pagar añado una ropa de niña y un chupete nuevo.

La cajera nos mira raro y la ignoro

—¿Puedo dormir en tu casa?

La pregunta me toma por sorpresa.

—Ya estás en mi casa, solo salimos un momento.

—Pero…, ¿puedo quedarme?

Aprieto la mandíbula, aunque no es por siempre, decido decirle que sí.

—Sí.

Llegamos de nuevo y esta vez…, no se siente igual. La dejo en el sofá otra vez y le doy un vaso de leche, que termina regando en el sofá.

—Ups…, lo siento, muchas gracias — limpia con su mano y la detengo.

—Deja, no importa.

Me observa mientras camino por la sala, como si yo fuera el extraño.

—Es hora de un baño —digo, incómodo, rascándome la nuca—, ¿sabes hacerlo sola?

Asiente con seguridad, demasiado segura para su tamaño. Eso me hace fruncir el ceño, pero no digo nada. Le dejo una toalla, ropa nueva sin saber tallas ni nada. Camino al baño, enciendo la luz, abro la llave.

—Esto no puede ser tan complicado…

Miro hacia atrás y sigue ahí. Esperando.

—Bien. Agua…, lista. Tú… —señaló la bañera—, entras, te bañas y no te ahogas.

Asiente otra vez, como si fuera yo el que no entiende.

Se quitó los zapatitos con torpeza y salí a esperar fuera del tocador.

—Voy a estar aquí —añado, apoyado en la puerta—, por si, pasa algo.

No responde, no dice nada.

—¿Meg?

—Mmm.

—¿Todo bien?

—¡Sí! ¡Muy bien!

Exhalo.

—Bien. No cierres la puerta.

Al ver que todo está bien, la dejo sola. Cuando sale, limpia, con el cabello húmedo pegado a la cara, parece otra. Más pequeña todavía y su rostro más claro y rosado.

—Ven —le digo, sacando la toalla—, si no te resfrías.

No protesta, se queda quieta mientras torpemente le secó el cabello. Solo me mira y noto algo en sus ojos, como si eso fuera el único gesto de amor que haya recibido en su vida. La peino con los dedos y me levanto recoger su ropa, cuando la voy a tirar, me detiene.




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