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SIENA VEGA
El timbre todavía vibra en el apartamento cuando Axel abre la puerta, tiene el cabello revuelto, sigue con su uniforme, pero sin el chaleco. Meg duerme en sus brazos con el chupón apenas ladeado entre los labios y una de sus pequeñas manos aferrada a la camiseta negra ajustada de él que deja al descubierto sus brazos llenos de tinta y…, Dios mío mi mirada cae en sus manos sin gigantes, notando la alianza en su dedo.
Trato de tragar lo que siento, pero es imposible, él frunce el ceño y me molesta.
—Creo que necesitas un café y bien dulce, porque amarga ya vienes tú.
Tengo que fingir que no afecta lo que dice y pasó junto a él antes de que pueda cerrarme la puerta en la cara. El apartamento tiene olor a su perfume y café viejo, mi mirada se vuelve sola hacia Meg.
Axel León jamás fue delicado, era brusco, impulsivo y el dominante que me enloquecía. Pero delicado no. Sin embargo ahí está, moviéndose despacio para no despertarla.
El vestido de unicornio perfectamente doblado sobre el respaldo del sofá llama mi atención
Lo lavó…, y no sé por qué ese detalle me golpea tanto.
—¿Vas a seguir mirándome como si fuera sospechoso o vas a decirme por qué estás aquí tan temprano? ¿Ya tienen cupo? —gruñe caminando hacia la cocina.
Lo sigo y detalló su ancha espalda, y su tatuaje de sol en su nuca que revuelve mis tripas.
—Vine a verificar cómo pasó la noche.
—Sigue viva, por si el informe necesita detalles.
Ruedo los ojos, pero antes de responder Meg se mueve entre sus brazos y abre los ojos lentamente. Que belleza de mirada, igual a la de Axel…
<< Dios parece su hija>>
Ella parpadeó confundida hasta que me vio y sonrió. No tiene esa sonrisa enorme de niño hiperactivo, es una pequeña y temerosa.
—Siena…
Mi corazón hace algo estúpido y Axel baja la mirada hacia ella.
—Hola…
—Hola, cariño—me acerco despacio—, ¿dormiste bien?
Asiente, pero luego mira a Axel antes de responder, como si necesitara confirmar algo. Ese gesto no pasa desapercibido para mí.
—¿Ella es tu amiga del trabajo? —pregunta Meg señalándome mientras juega con la cadena de la placa de Axel.
Él me mira y de estúpida lo miro a él.
—Sí— suelto con una sonrisa fingida.
Meg sonríe tranquila.
—Él también es mi amigo —Axel frunce el ceño y Meg se acomoda mejor en sus brazos y le toca la barbilla con curiosidad—, pincha. Te pareces a Santa, pero eres de verdad. Santa no existe, Siena toca.
Axel me lanza una mirada tipo: Ni lo pienses.
—Paso, cariño— hago un gesto tonto con la mano.
—Siena mi amigo me compró todas las gomitas que quería, las de tiburón y las del osito…, y las del dinosaurio —Meg empieza a contar con sus deditos.
No puedo evitar sonreír.
—Entonces el oficial gruñón sí sabe obedecer órdenes.
Lo molesto
—No obedecía órdenes, solo llenaba la despensa.
Meg ríe bajito y Axel entra a la cocina. Meg sigue aferrada a su cuello como un pequeño koala rubio. Lo observo abrir gabinetes sin soltarla ni una vez y por primera vez me doy cuenta de algo; está intentando hacerlo bien. No tiene idea de cómo cuidar a una niña.
—¿Qué desayunan los niños? —pregunta de repente sin girarse.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—Los niños. Humanos pequeños. ¿Qué comen?
Lo miro un segundo.
—¿Me estás diciendo que llevaste a Meg al supermercado sin saber?
—Compré leche.
—¿Solo leche?
Entrecierra los ojos.
—Tal vez otras cosas — señala la enorme bolsa al lado del refri que no había visto.
—Oficial León… ¿Compro suficiente comida para sobrevivir un apocalipsis?
Él me ignora y saca una caja de cereal como si estuviera manipulando explosivos.
—¿Esto sirve? — la sacude y busca galletas también.
—Sí, oficial. El cereal no suele matar personas, pero luego un almuerzo completo estaría estupendo. Solo digo.
Me mira serio.
—Muy graciosa.
Y ahí está otra vez. Esa sensación rara, porque este hombre no se parece al recuerdo que llevo años alimentando en mi cabeza. La observó comer. Demasiado rápido para una niña tan pequeña, como si tuviera miedo de que alguien le quite el plato si tarda demasiado.
Mi pecho se aprieta apenas, pero no digo nada. Axel también lo nota y permanece cerca, como si tuviera miedo de que se caiga aunque jamás lo admitiría. Yo aprovecho el silencio para observar el apartamento, todo sigue siendo muy él. Oscuro, cuero, masculino sin colores y su…, su retrato me hace regresar a lo que importa en este momento, no el pasado.
—Entonces —digo apoyándome en la encimera—, ¿sobrevivió oficial León?
—Esto no es nada para mí, soy un hombre capaz y ya lo noto. Ahora, dígame: ¿Por qué me mira tanto?
<< Ay, Virgencita del agarradero>>
—Es que tienes una carota tan fea que es imposible enviarlo “amigo”.
Mi corazón da un pequeño salto incómodo, pero el curva sus labios. Imbécil, sabe que está más bueno que comer con los dedos. Pero lo de bueno, no le sirve para olvidar lo que hizo, para olvidar lo que sufri.
Rápido cambio el tema.
—Necesito hacerte unas preguntas para el informe.
—Adelante, querida amiguita— me mira con picardía y trató de calmar mi sistema nervioso.
—¿Meg despertó mucho durante la noche?
Él tarda un segundo en responder.
—No realmente.
Mentira. Lo noto enseguida, porque desvía la mirada y tensa la mandíbula. Porque conozco como si lo hubiera parido.
—¿Oficial?
Él se pasa la mano por la nuca y suspira.
—La encontré dormida en el baño esta mañana.
El aire cambia y Meg sigue jugando con el cereal sin mirarnos.
Yo bajo la voz automáticamente.
—¿En el baño?
Asiente serio.
Mi pecho se aprieta y sé exactamente lo que eso significa. O al menos lo sospecho, pero no puedo decirlo así.
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Editado: 05.05.2026