Custodiando su corazón

CAPÍTULO 6

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AXEL LEÓN

La casa de mi padre sigue igual. Demasiado grande y silenciosa. Demasiado fría. Ni siquiera sé por qué vine, bueno, tal vez sí. Por la lista interminable de sus llamadas. Y si no iba a terminar enviando media unidad policial a buscarme, pude llamarlo de vuelta, pero una parte de mi todavía espera encontrar parte de mi pasado olvidado aquí. Recuerdo mi niñez, mi adolescencia, pero no en estas paredes y según es mi cabeza que no logra mostrar las imágenes correctas, así como esa mujer con velo, que nunca logró ver su rostro. Sin embargo, parte de mi adultez fue borrada por completo y solo dejó una cicatriz que da asco y una cojera de por vida.

Meg camina pegada a mi pierna mientras observo la enorme entrada de mármol. Sus dedos pequeños están envueltos alrededor de los míos y no sé por qué me siento completo.

—Tu casa es gigante… —susurra, y su voz se pierde en el eco del techo alto.

Bajo la mirada hacia ella y recorren las escaleras enormes y los cuadros caros colgados en las paredes, como si estuviera entrando a un museo.

—Sí —respondo sin mucho ánimo.

—Es bonita.

No respondo enseguida. Porque no sé cómo explicarle a una niña que un lugar puede verse hermoso y sentirse completamente vacío al mismo tiempo.

—No es mi casa, es de mi padre—terminó diciendo mientras cierro la puerta detrás de nosotros.

Meg me mira unos segundos y asiente, como si entendiera una verdad que no logro decir. Eso vuelvo a sentir esa cosa rara en el pecho y ella sigue explorando y mientras avanzamos, mi mente regresa a lo que pasó hace unas horas. La mañana con Siena había sido extrañamente ligera, pero la verdadera sorpresa me esperaba en el sofá.

Yo estaba en mi mundo, sin percatarme que ya no estaba solo y que había puesto un partido, solo reaccioné cuando la pulguita saltó del sofá molesta.

— ¡Corre, corre! —gritó, señalando la pantalla—, ¡pásala al de la orilla! ¡Ese está solito!

Me quedé congelado mirándola. Tenía sus mejillas rojas de la rabia.

— ¿Cómo sabes que ese tiene que correr por la orilla?

Ella me miró como si yo fuera el que no entendía nada. Se encogió de hombros con total naturalidad:

— Porque el de la orilla corre rápido para que no lo atrapen y el portero tiene guantes de superhéroe, pero no agarra nada. Deben hacer cambio.

Me causó gracia, no pude evitar sonreír. Pero la risa se me murió en la garganta y me entró una preocupación de esas que se te instalan en el estómago.

— ¿Meg…, quién te enseñó todo eso? —le pregunté.

Meg se quedó mirando la pantalla, sin decir una palabra.

Me aterraba que supiera identificar posiciones en el campo con esa soltura, pero no recordara el nombre de sus padres o por qué estaba. Sabía de fútbol, pero no sabía a donde pertinencia y eso me taladraba la cabeza.

—¿Por qué todo es blanco y gris? —pregunta de pronto y regreso al presente—, no hay colores.

—Supongo que a mi padre no le gustan.

Meg frunce la nariz.

—Parece un hospital

—¿Conoces cómo es un hospital? — le pregunto para lograr saber algo más de ella.

Es tan inteligente que nota hacia dónde voy y no responde. Luego, ella señala una pared enorme ignorando mi pregunta.

—¿Y tus dibujos? Los niños tienen dibujos.

La pregunta me golpea y mi garganta se aprieta. Solo recuerdo uniformes y disciplina.

—Ya soy un adulto y nunca hubo dibujos.

Ella parece pensar eso muchísimo, procesando la tristeza de mis palabras y luego solo aprieta más fuerte mi mano. En eso la voz de mi padre retumba desde su despacho.

—¡Axel! ¡Se que eres tú, aparece de una vez!

Meg se esconde un poco detrás de mi pierna y yo, por instinto, le acarició el cabello que lo lleva alborotado.

—Tranquila, gruñe mucho. Pero, es bueno. — miento hasta más no poder.

Ahí está mi padre impecable con una sudadera de color negro, manga larga y cuello algo, su placa en su cinturón y sus arneses sin equipo. Con esa mirada que parece atravesar el acero. Sus mirada azulada se clavan en mí primero, pero después bajan hacia Meg. Algo en su expresión cambia, es un milisegundo, una sombra que cruza sus facciones duras.

—No te has reportado y dejaste tu puesto solo—dice seco—, ¿quieres explicarme qué demonios hacías?

—También me alegra verte.

Su mandíbula se tensa. Meg, ajena a nuestra guerra fría, observa el enorme escritorio lleno de medallas y fotografías oficiales. Sus ojos brillan con curiosidad.

—¿Todo es tuyo? ¿Te las dieron por salvar el mundo? —pregunta a mi padre acercándose despacio.

Tengo que bajar la cabeza para esconder la risa. Mi padre parece confundido. Literalmente confundido, como si nadie le hubiera hablado con esa inocencia muchas décadas.

—No exactamente.

—¿Eres un superhéroe, abuelito?

La palabra abuelito cae en la habitación como una bomba. Mis ojos se levantan automáticamente hacia mi padre y, por primera vez, veo a Don Álvaro León quedarse completamente inmóvil. El aire se vuelve pesado, cargado de una tensión que Meg no nota, pero yo sí: la rigidez en sus hombros, el modo en que la mira como si algo le hubiera golpeado de frente sin anestesia.

—No soy tú abuelo —dice demasiado rápido, casi con miedo.

—Pero eres el papá de Axel —Meg ladea la cabeza con inocencia—, y él es mi amigo, entonces eres un poquito mi abuelito.

Tengo que apretar los labios para no reír con la cara de mi padre, que me mira como si esperara que yo arregle este desastre.

Meg sonríe y sigue explorando mientras yo me dejo caer frente al escritorio. La observó como solo se veía su corona de unicornio entre tantos muebles y estantes.

—¿Qué quieres?

Los ojos de mi padre vuelven a endurecerse. Ahí está otra vez; el comandante.

—Quiero saber por qué no te has reincorporado a la unidad— mira a la niña, él está mirando la respuesta a su pregunta.




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