・⋆:༺☾𖤓༻:⋆・
SIENA VEGA
Una presión extraña en el aire me estremece, una pesadez tan densa que me obliga a abrir los ojos de golpe. Lo primero que encuentro es su mirada; esos ojos oscuros y profundos están fijos en mi muñeca. Siento como se me estrujan las tripas. Instantáneamente tiro de la manga de mi suéter y oculto la esclava de oro.
Mi corazón empieza a golpear contra mis costillas.
Sé que no lo recuerda. Sé que su mente está en blanco tras ese accidente, pero me incomoda que la vea. Me aterra que reconozca el nombre grabado en el metal. Quiero que se aleje, quiero seguir con mi vida así como una vez lo hice sin él, así como lloré lo mas hermoso que pudimos tener y lo perdimos.
«¿Será que de verdad no me recuerda?», me pregunto en silencio porque una parte de mi le duele y no logro asimilar como una persona puede olvidar a quién según era el aire que respiraba y la mujer por la que se alejó del yugo de su padre.
Lo observó; su espalda ancha, el uniforme negro que parece quedarle como una armadura, y la forma en que sus manos, grandes y rudas, sostienen a Meg con una delicadeza que jamás imaginé en él. Hay una conexión tan grande entre ellos que me revuelve todo por dentro. Es el mismo lazo que me atrae y que quiero negar que yo también siento por Meg.
No quiero sentir celos. ¿Por qué debería? Meg no es mi hija, ni tampoco de él. Pronto estará en un lugar de acogida definitivo o con sus padres, aunque una parte egoísta y herida de mi no desea que pase ninguna de las dos, deseo con mi alma quede conmigo para siempre.
Tengo que hablar con el Juez. Él tiene que ayudarme
La voz de Axel interrumpe mis pensamientos, áspera pero suave cuando le habla a la niña. Sus palabras, cargadas de una realidad que afectan a Meg. Su carita se transforma y empieza a hacer un puchero.
—No, mi cielo. No llores —intervengo rápido y acarició su mejilla, sus palabras me matan—, aquí tienes una familia, así sea por poco tiempo.
Meg nos mira a ambos. Sus ojitos azules están empañados.
—No quiero que sea por poco tiempo —solloza.
Antes de que alguno pueda responder, Meg avanza, abre sus bracitos y se aferra a Axel y a mí al mismo tiempo, enredando sus manos en nuestros cuellos. Nos obliga a acortar la distancia. El tirón es tan fuerte que nuestros rostros casi chocan y el espacio entre Axel y yo desaparece. Puedo sentir el calor de su piel, su aliento con un toque de menta y esa loción amaderada que me quita los sentidos.
Me marea.
Me alejo bruscamente, rompiendo el contacto. Él me mira fijamente, con el ceño fruncido. Su mirada azulada brilla con intensidad.
Meg sonríe y se calma, él omite lo que ha dicho la niña y levanta mi mano, sujetándome de la muñeca.
—Señorita… —su voz suena más baja, extrañada—, ¿podría decirme dónde compró ese brazalete? Creo que lo he visto, pero no recuerdo dónde…, estoy muy seguro que lo he visto.
Un frío helado me recorre la espina dorsal. No puedo creerlo.
<< ¿Cómo pudo su padre ocultarle tanto? Álvaro León es un animal miserable, un monstruo que le borró la vida para moldearlo a su antojo>>
Aprieto los puños.
—Es un regalo de mi madre, oficial—respondo, forzando a mi voz a sonar profesional.
—¿Está segura?
—Sí. Lo tengo desde siempre —lo corto, clavando mis ojos en los suyos para sostenerle la mentira.
Él sigue mirándolo, insatisfecho, buscando algo en mis facciones.
—Tengo que hacer unos pendientes.
—¡No, no te vayas, Siena! —gritó Meg, estirando su manita hacia mi.
—Regresaré, mi amor. Tu amigo Axel te cuidará un rato —le dedicó una sonrisa rápida, aunque me cuesta la vida—, iré a resolver lo de tu estadía.
Axel se acomoda en una silla y se ve ridículamente tierno, porque la silla es rosa y diminuta, mirándome desde abajo.
—Mi padre puede ayudar y resolverlo pronto —suelta con calma.
Me detengo en seco justo en el marco de la puerta. Aprieto los dedos contra la madera, sintiendo cómo las uñas se me clavan en la superficie vieja.
Lo miro de reojo.
—Sí, de eso no tengo dudas —digo, con el veneno goteando en cada sílaba—, pero no confío en lobos disfrazados de ovejas.
— ¿Qué dices? ¡Detente! —me gritó levantándose, pero no le hago caso.
No puedo. Mi corazón late demasiado rápido, el aire me falta y las paredes del refugio se me caen encima. Camino a zancadas por el pasillo. De repente, una silueta bloquea mi camino; Claudia tropieza de frente conmigo, haciendo que un par de carpetas se deslicen de sus manos.
— Espera, Siena—Me agarra con firmeza por los hombros, evaluando mi rostro pálido—, ¿estás bien?
—Nada, solo… Necesito aire —le digo, soltándome de su agarre de manera torpe—, hazte cargo del oficial y de Meg. Por favor.
—Lo haré, tranquila. Pero firma aquí primero, es papaleo—me extiende una tabla con un papel.
Firmó sin mirar, un garabato rápido que apenas me sale, y salgo corriendo de ese edificio que me asfixia.
Minutos después, estoy al volante de mi coche, manejando con la vista nublada hacia el centro de la ciudad. Necesito soltar todo esto que me pesa en el pecho. Lo que sucede con Meg y el regreso de Axel me está rompiendo el escudo que tardé años en construir. Quiero que regrese a donde estaba, Dios quiero recuperar mi control. Estacionó frente al imponente edificio del palacio de justicia. Cruzó el vestíbulo a pasos rápidos, ignorando el murmullo de los abogados. Subo al piso de los juzgados de familia. Mi cuerpo sabe exactamente a dónde ir. Llegó a la puerta del despacho principal. El asistente me ve y, reconociendo mi rostro, solo asiente para dejarme pasar.
Entro sin tocar. El eco de mis tacones se detiene sobre la alfombra pesada. Detrás del enorme escritorio de caoba, un hombre mayor, de cabello completamente canoso y anteojos de lectura, levanta la vista de unos expedientes. Al verme, su rostro duro se suaviza al instante y una sonrisa se asoma en sus labios, se quita las gafas.
#32 en Novela romántica
#23 en Novela contemporánea
segunda oportunidad, romance separacion dolor reencuentro, niña tierna
Editado: 23.05.2026