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AXEL LEÓN
El silencio en los pasillos de este refugio es diferente al de mi apartamento. No es un silencio limpio; está cargado de un aire pesado, rancio. Pero lo que de verdad me está colmando la paciencia no es la estructura de este lugar, sino la puerta de madera que tengo enfrente.
Lleva horas cerrada, horas. Miro el reloj de mi muñeca por décima vez en los últimos cincuenta minutos. Son las siete de la noche, Siena se fue hace horas como si la estuviera persiguiendo el mismo diablo, con los ojos inyectados en una mezcla de rabia y pánico absoluto después de que se me ocurriera mencionar a mi padre.
¿Por qué demonios reaccionó así? Álvaro León es un hombre poderoso, un tipo que maneja hilos en toda la ciudad por su rango, pero la forma en que ella escupió sus palabras no era el simple desprecio que un ciudadano le tiene a un oficial autoritario, había historia ahí….
«No confío en lobos disfrazados de ovejas».
Sus palabras se me quedaron grabadas en la piel. Me paso las manos por la cara, frustrado, sintiendo la barba raspar contra mis palmas. Todo en Siena me descoloca. Me revuelve el bendito estómago y me acelera las pulsaciones sin que yo le dé permiso. Me odia, lo sé, lo grita cada uno de sus poros cada vez que me acerco, pero la presión que siento en el pecho cuando la tengo cerca es real; es una brújula física que apunta directo hacia ella, exigiéndome respuestas que mi cerebro, dañado por el accidente, insiste en negarme. Necesito saber qué carajos pasó en esa parte borrada de mi cabeza. Necesito saber quién era yo antes de despertar en esa clínica rodeado de cables y mentiras.
Un pequeño tirón en el bolsillo de mi pantalón me arranca de mis pensamientos. Bajo la mirada y Meg está sentada a mi lado en la orilla de la cama pequeña, balanceando sus piecitos que ni siquiera rozan el suelo.
Me sonríe con burla.
—Si vas a llorar, te puedo dar mi chupete—dice con una seriedad que me desarma, sacándose de la boca el chupete y me lo extiende, veo un hilo de baba transparente colgando del borde.
Cualquier persona se habría apartado, pero yo no siento asco. En absoluto, solo una punzada de ternura tan limpia que me obliga a ablandar las facciones de inmediato. Niego con la cabeza despacio.
—Ya estoy muy grande para un chupete, pulguita. Y tú también deberías ir dejándolo —le respondo intentando sonar firme pero sin asustarla—, ¿quieres comer algo? Puedo ver si consigo algo allá afuera.
Meg niega con la cabeza de inmediato y se da dos palmaditas lentas sobre su barriga, por encima del vestido.
—No, Siena me dio conflei con leche antes de dormir y Claudia me trajo un pollo grande, muy grande. Tengo la panza llena.
Sonríe feliz y me apoyo en mis rodillas, quedando más a su altura. La habitación del refugio es pequeña, apenas iluminada por una lámpara de mesa que parpadea de vez en cuando, tiñendo las paredes de un tono amarillento.
—¿Te gusta estar aquí, Meg?
La niña me observa con esos ojos azules tan particulares de un azul claro, pero con destellos miel cuando la luz les da de lleno. Se queda pensativa, torciendo los labios, evaluando el lugar como si tuviera treinta años.
—No le diré nada a Siena —le aseguro y peino su cabello con los dedos. Al bajar la mano hacia su nuca, apartó su cabello y observó su marca de nacimiento perfecta en forma de media luna, oculta justo donde nace el cabello.
Un frío extraño me recorre la espalda. Yo tengo un sol exactamente en el mismo lugar. La única diferencia es que el mío es de tinta, un tatuaje que me vi en el espejo del hospital y del que nadie supo darme razones. Su respuesta era que tenía miles y que eran muchos, pero solo ese me llamaba la atención.
<<Es una coincidencia estúpida>> me digo a mí mismo para frenar mis pensamientos que quieren dispararse en mi cabeza
—Sí Siena está conmigo—responde Meg finalmente, sacándome del trance—, aquí me siento bien… Y tenemos comida, mucha comida—Una sonrisa enorme hace que sus mejillas se inflen—, pero te extraño a ti también. ¿Tú me extrañas, Axel?
Sonrío de lado, estirando la mano para pellizcarle la nariz diminuta con delicadeza.
—Te podría mentir y decir que no, pulguita… Pero la verdad es que solo logré conciliar el sueño anoche después de hablar contigo por teléfono.
Meg sin previo aviso, se abalanza hacia adelante, enredando sus brazos cortos alrededor de mi cuello. Se aferra a mí con una fuerza que me aprieta el corazón, la sostengo contra mi pecho, sintiendo lo pequeña que es.
—La señora… —susurra contra mi hombro, con la voz volviéndose pequeña—, la señora nunca me deja abrazarla. Y tú sí y Siena también.
El instinto policial se me enciende en el acto. Siento cómo los músculos de la espalda se me tensan bajo el uniforme. La separo un poco de mí, sosteniéndola por los hombros para poder mirarla a los ojos.
—Meg, me puedes hablar más de ella. De esa señora, solo quiero saber quién es tu madre. Todo estará bien, te doy mi palabra.
Ella se queda en silencio absoluto. La alegría de hace un segundo se evapora de su rostro y baja la mirada hacia sus manos, empezando a jugar con el borde de su tutú.
—Es bonita y…, le gusta tener amigos —murmura.
—¿Y esos amigos son buenos o malos? —preguntó, manteniendo la voz lo más calmada posible, ocultando la rabia que siento.
—Buenos…— sonríe —, me dan gomitas.
Siento que la mandíbula me va a estallar de la fuerza con la que estoy apretando los dientes. “Gomitas” Por eso se volvió loca cuando le compré también; era lo único que conocía como afecto.
—Entiendo… ¿Y cómo se llama la señora? ¿Me podrías decir su nombre o el de alguno de sus amigos?
Meg levanta su mirada llena de una desconfianza tan profunda que me duele.
—¿Me prometes que no vendrá por mí?
Se me hace un nudo en la garganta. Soy un oficial de la ley, no puedo prometerle que voy a ocultarla del sistema si su madre aparece. Asiento con la cabeza, tragándome la culpa de saber que estoy fallando.
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Editado: 23.05.2026