Custodiando su corazón

CAPÍTULO 11

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SIENA

El sonido de la sirena de la patrulla no se siente en los oídos; se siente en los dientes. Te vibra en la mandíbula. Miro de reojo a Axel, no puedo creer que firme su ingreso y como se me fue la lengua horas antes, observó sus manos grandes aprietan el volante con fuerza, esquivando camiones en la autopista con una frialdad que me revuelve el estómago. Es un bloque de hielo blindado, parece que le encanta perseguir personas. Pero estos padres merecen irse lejos con sus niñas, espero que cuando lleguemos no estén y lo logren. La madre biológica de las niñas va en otra patrulla con su esposo, es tan plástica y malvada.

Cuando la salida, el mundo parece congelarse. Todo ocurre en ráfagas de movimiento y gritos en una pista de vuelo. La madre de las gemelas, la que las crió como suyas, me llena de tristeza y sus chillidos rompen el aire frío mientras abraza a las dos niñas contra su pecho, usándose a sí misma como un escudo humano.

Me acerco a agarrar a las niñas y mis ojos se llenan de lágrimas en el acto. La desesperación de esa mujer es real. Es el mismo miedo que se respira, su esposo sufre un infarto en ese momento y lo estaban reanimando. Pero a Axel no le importa el dolor. Él no ve una madre desesperada; ve un código de la central. Axel avanza y sus movimientos son implacables. Agarra a la madre de las niñas y le coloca las esposas de mala manera. No la golpea, pero la fuerza de su cuerpo, la firmeza con la que le engancha los dedos es tan militar, que me destruye por dentro. Las gemelas estirando sus manos hacia su madre mientras Axel la sube a la patrulla y su padre es llevado en una ambulancia con su corazón fuera de servicio, casi muerto.

El silencio estalla apenas cruzamos el umbral lejos de las miradas de los demás oficiales.

—¡Te pasaste de fuerza, Axel! ¡Te pasaste! —le gritó, perdiendo por completo los papeles. Le plantó las manos en el pecho, empujándolo, aunque sé que es como intentar mover una montaña—, esa mujer ama a sus hijas. ¿Es que no tienes ojos? ¿No viste cómo estaba destruida? ¡Estaba muerta de terror!

Axel ni siquiera parpadea. Se quita los guantes tácticos y me da ganas de golpearlo. Su rostro sigue siendo una máscara de indiferencia policial.

—Solo hacía mi trabajo, Siena —suelta, con esa voz grave que no tiembla por nada—, mi deber era detener su huida y asegurar a las niñas. Cumplí con el protocolo y sabes muy bien que mi trabajo es lo más sagrado.

Trato de callar mi pensamientos por lo que ha dicho, como si estuviera seguro que lo conozco muy bien. ¿Será que me escuchó cuando estaba dormido… ? No, no,no…

—¡No sabes nada, Axel! ¡Nada! —le escupo en la cara, dando un paso atrás porque su cercanía me asfixia y no quiero que note que me descolocó—, no sabes nada de lo que hay detrás de todo esto. Ahora lárgate, lárgate de aquí y déjame hacer mi trabajo.

Él da un paso hacia mí, recortando la distancia, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Sus ojos azules brillan con una terquedad peligrosa.

—Te aguantas, Siena —gruñe, inclinándose apenas para que su aliento me roce la frente—, porque este también es mi trabajo ahora. Ya me cansé de ser de la Fuerza Especial, para que veas.

Se da la vuelta, saliendo a zancadas. Me quedo sola en el espacio cerrado, temblando de la impotencia. Me llevo la palma de la mano a la frente, dándome un golpe seco contra mi propia piel.

<<Dios mío… ¿En qué momento vine a firmar ese registro sin leerlo? ¡Carajo! >>

Horas después, el ambiente en la central provisional del refugio es aún peor. Estamos en la sala de interrogatorios. La luz entra por la persiana americana, sobre la mesa de metal. La señora Milagros está sentada enfrente, con el cabello deshecho, las manos esposadas a la argolla central y el rostro completamente hinchado de tanto llorar. Axel está de pie en la esquina de la sala, con los brazos cruzados sobre el pecho. Su mandíbula está tan apretada que puedo ver el músculo de su cuello tensarse cada vez que la mujer abre la boca. Su presencia en la sala es una bomba de tiempo; satura el aire. Necesita irse de aquí ya. Pienso en Meg, ya tuvo que despertar aunque está con Claudia, sentirá que la dejamos.

Me pongo de pie, rompiendo el protocolo del interrogatorio al escuchar a Axel señalar a la señora de mala madre. Lo sacó casi a empujones de la sala, cerrando la puerta detrás de nosotros. El pasillo está desierto, iluminado por una lámpara fluorescente. Lo acorralo contra la pared, mirándolo desde abajo con toda la furia que tengo acumulada en el cuerpo.

—Si Meg fuera tu hija…, dime que no harías exactamente lo mismo que hizo esa madre —le suelto en un susurro cargado de veneno, apuntándolo con el dedo al pecho—, dime que no correrías, que no romperías las leyes de este sistema con tal de salvarla. ¡Dímelo en la cara, Axel!

Él abre la boca para replicar, pero no lo dejo. No hoy.

—No todas las madres son como la madre de Meg, ni como las madres de todos los niños que terminan en este refugio —le digo, con la voz quebrándosele en la última palabra. Ni como la tuya, quiero decir, pero me controlo—, esa mujer es su madre, aunque no lleven su misma sangre en las venas. Esas niñas son hijas del hombre que en este mismo instante se está debatiendo entre la vida y la muerte en una clínica, y de su mejor amiga. ¡Ella las crió como suyas! ¡Las está protegiendo del verdadero peligro!

Axel se queda completamente frío. Lo noto en la forma en que sus ojos se dilatan y cómo sus brazos caen pesados a los lados de su cuerpo, perdiendo toda la postura policial. Sus labios se abren apenas, pero no sale ningún sonido de su boca. Gira la cabeza lentamente, mirando a través del pequeño vidrio de la puerta hacia donde está Milagros, que sigue llorando en silencio sobre la mesa de metal.

Lo miro una última vez, sintiendo cómo el desprecio y el cansancio me ganan la batalla.




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