Custodiando su corazón

CAPÍTULO 12

SIENA

Han pasado tres días. Tres largos días desde que dejé ir a Meg, y el silencio de este lugar no es solo un vacío; es una masa densa que me asfixia, que se me mete por la nariz y me presiona el pecho hasta dejarme sin aire. Extraño todo de ella. Extraño el sonido de sus pasitos, sus risitas agudas y sobre todo su inocencia, aunque me cueste una vida aceptarlo, extraño también la presencia de Axel. Extraño la seguridad que irradia su enorme cuerpo, el peso de su mirada que parecía blindar las paredes de este refugio.

Pero ahora el refugio está vacío. Lo único que me mantiene en pie, lo único que justifica que mis pulmones sigan buscando oxígeno, es escuchar esa pequeña voz del otro lado de la línea. Cada noche, apenas aceptó la llamada Meg empieza a parlotear sin parar, con esa emoción desbordante que sólo los niños tienen— Es feliz a su lado—, Meg me cuenta detalladamente todo lo que ha hecho en el día. Me dice que Axel la llevó al parque y jugó con un perrito, que tuvo que pelear con el cepillo para hacerle dos coletas y que ella no paraba de reírse de lo graciosa que se veían.

—Axel, me prometió que me llevaría a ver el mar, Siena —me dijo anoche con un tono lleno de ilusión, antes de soltar la pregunta que me dejó sin respirar—: ¿te gustaría ir con nosotros? ¿Sí? Por fi, di que sí...

Ella cree ciegamente en las promesas de Axel. Y escucharla me rompe el corazón en mil pedazos exactos. Porque yo también creí en ellas, yo también me colgué de su cuello pensando que sus palabra nada ni nadie podría romper.

Mis ojos se desvían hacia la ventana sucia de la oficina, donde las primeras gotas de una lluvia gris empiezan a estrellarse contra el cristal, y el presente se difumina de golpe, arrastrándome hacia atrás.

7 años atrás…

El campus de la universidad estaba desierto, el olor a tierra mojada nos envolvía y Axel me tenía acorralada contra la pared de ladrillos. Sus manos grandes, sin las cicatrices que hoy le marcan los nudillos, rodeaban mi cintura.

—Te prometo que nos iremos de aquí, pulga —me susurró al oído—, muy lejos. Donde nadie nos conozca, donde no existan los apellidos ni las expectativas de nadie. Te daré la vida que te mereces.

Yo sonreí, una sonrisa triste, cargada de realismo amargo que siempre me ha acompañado. Le puse las manos en el pecho, sintiendo el latido salvaje de su corazón bajo la franela.

—Si tu padre lo permite, Axel… —murmuré.

Con un movimiento firme me tomó del mentón con dos dedos, obligándome a levantar el rostro para clavarme esos ojos azules.

—No me importa mi padre, Siena —sentenció, con una seguridad que me resultó casi aterradora—, no me importa seguir la tradición familiar de estar en la élite policial. No me importa el dinero, ni las estrellas en el uniforme, ni nada. Solo tú, pulga. Solo tú…

—Axel, estudias veterinaria… Algo que tu padre odia con todo su ser —le recordé, sintiendo un nudo en la garganta—, en la academia los fines de semana sigues sus órdenes y ya tienes un puesto que te espera en ese mundo. ¿De verdad crees que nos dejará ser felices?

—Lo seremos —aseguró, acortando la distancia hasta que sus labios rozaron los míos—, porque serás mi mujer y nos iremos tan lejos que su sombra no podrá alcanzarnos nunca.

Su mirada azulada era un océano de absoluta certeza. Terminé cediendo, sonriendo por esa seguridad suya que me hacía sentir invencible, y me colgué de su cuello cuando me alzó del suelo para darme un beso.

Un trueno fuerte retumba afuera, haciéndome parpadear. El recuerdo se disuelve como sal en el agua, cierro los ojos con fuerza y una lágrima traicionera resbala por mi mejilla hasta perderse en el cuello de mi cuello.

<<¿Dónde quedó ese amor? ¿Dónde se metió el Axel que juró que nunca me dejaría sola? El hombre que estuvo allí, sosteniéndome cuando mi madre falleció y sentí que el mundo se abría bajo mis pies. El que fue mi único refugio absoluto… Se esfumó. Se borró de la tierra sin importarle dejarme de rodillas, con el vestido destruido, el maquillaje corrido y, sobre todo, con el corazón hecho pedazos, gritando su nombre en medio de una lluvia mientras él se marchaba en el auto de su padre sin mirar atrás.>>

Me limpio la mejilla con un movimiento brusco, molesta conmigo misma por seguir escarbando en el cementerio de mi pasado. Agarró y marcó el número de mi padre.

—Señor… —mi voz sale pequeña, más de lo que me gustaría admitir.

—Hija, ya estás lista. Hablé con mi amigo y con gusto te recibirá en su despacho mientras tu nuevo puesto de trabajo te espera. Es lo mejor, cariño. Tienes que salir de ese refugio cuanto antes.

Miró la maleta pequeña que está apoyada contra el archivo. Tengo todo preparado. Mi renuncia formal está firmada sobre el escritorio. Solo…, que mi cuerpo no responde.

—Sí, tengo todo preparado—susurro, apretando el aparato contra mi oreja—, solo…, que no puedo ponerme de pie. No quiero irme. Sé que debo hacerlo, sé que necesito alejarme de Axel, de su padre, de todo esto y dejarlo que viva en su mundo… En ese mundo que Álvaro León creó para él.

—Es lo mejor—insiste mi padre, con un tono extrañamente sombrío—, ya cumpliste tu parte.

—Solo quiero que Meg esté bien —le ruego, sintiendo que la garganta se me cierra—, promete que estará bien. Que no la dejarás en malas manos cuando llegue la audiencia, si aparecen sus padres.

—No tengas dudas de eso, hija. Yo mismo llevaré el caso —hace una pausa larga, y escucho el crujido de unos papeles al otro lado de la línea—, pero quiero que entiendas algo: no podré dejársela a Axel por mucho tiempo.

—Lo sé… —un sollozo ahogado se me escapa, y me cubro la boca con la mano libre—, y eso es lo que más me duele. Me duele por Meg, no por Axel. Ella es quien lo necesita, y no entiendo por qué hay esa conexión tan fuerte.

—Buen viaje, Siena. No pienses tanto —dice mi padre, intentando suavizar su tono rígido—, siempre haces lo mismo. Te enamoras de los niños del refugio, te entregas demasiado, pero siempre lo superas. Esta vez no será diferente.




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