Dakar

Capitulo 1. Y así empezó

Casco puesto. Guantes ajustados. Motor encendido.

Respiró hondo.

El rugido de las motos alrededor retumbaba por todo el circuito mientras los mecánicos terminaban de revisar hasta el último detalle. El olor a combustible impregnaba el ambiente y el calor del sol caía de lleno sobre el asfalto, haciendo que la pista pareciera vibrar frente a sus ojos.

Bruno apoyó ambas manos sobre el manillar y cerró los ojos apenas un segundo, hubo una época en la que ese simple sonido bastaba para hacer que el corazón le latiera con fuerza. Una época en la que sonreía incluso antes de empezar la carrera.

Ahora... Ahora era un sonido más. Uno al que se había acostumbrado.

—¿Listo? —preguntó Diego, acercándose con una botella de agua. Bruno levantó apenas la vista.

—Supongo.

—Qué respuesta de mierda.

—¿Preferías que mintiera?

Diego soltó una pequeña risa mientras negaba con la cabeza.

—Extraño al Bruno que había que calmar antes de salir a la pista.

—Yo también.

La respuesta salió tan rápido que incluso él se sorprendió, durante unos segundos; ninguno de los dos volvió a hablar.

A unos metros, su otro mejor amigo, terminaba de discutir con uno de los mecánicos porque insistía en que la presión de los neumáticos estaba mal, Bruno sonrió apenas; no importaba cuántos años pasaran, ellos seguían siendo exactamente iguales.

—Cinco minutos para la clasificación. - la voz del encargado resonó por todo el circuito.

Bruno tomó el casco que descansaba sobre el banco y pasó los dedos por la pintura negra. Estaba lleno de pequeñas marcas, cada una contaba una historia distinta.

Caídas. Victorias. Campeonatos.

Momentos que, en otra época, habría recordado con orgullo.

Se colocó el casco y el mundo desapareció, ya no escuchaba a Diego, ni a los mecánicos, ni a la gente de las tribunas; solo quedaba él y el sonido del motor.

Subió a la moto. Aceleró una vez. Dos. Sintió la vibración recorrer todo su cuerpo y aun así... Nada. Absolutamente nada.

—¡Pilotos preparados!

Bruno acomodó ambas manos sobre el manillar, la mirada fija en la primera curva. Respiró profundo.

Tres...
Dos...
Uno...

—¡YA!

La moto salió disparada, la rueda trasera derrapó apenas, antes de encontrar agarre y Bruno se inclinó sobre el tanque.

Primera curva. Segunda. La moto respondía perfectamente, su cuerpo se movía casi por instinto; años de entrenamiento hacían que cada movimiento fuera automático.

Treinta segundos.

Entró demasiado rápido en una curva cerrada, la rueda trasera patinó, durante una fracción de segundo creyó que iba a caer; corrigió, enderezó la moto y siguió acelerando.

Cuarenta y cinco segundos.

Solo quedaban dos curvas, escuchaba el motor exigir cada vez más.

Cinco segundos.

La línea de meta estaba justo enfrente, aceleró una última vez, la bandera a cuadros cayó y... el cronómetro se detuvo.

00:59.

Lo había conseguido. Otra vez.

Los aplausos comenzaron alrededor del circuito, algunos mecánicos levantaban los brazos, Diego gritaba su nombre, Franco hacía un gesto de victoria desde el otro lado del muro. Bruno simplemente aflojó el acelerador.

No levantó el puño. No sonrió. Solo dio una vuelta lenta por el circuito antes de regresar a boxes, porque ya hacía mucho tiempo que ganar... había dejado de significar algo.

El silencio.

Era curioso cómo, después de tantos meses viviendo entre el ruido de la ciudad, Noah había aprendido a apreciar el silencio por encima de cualquier otra cosa.

Todavía faltaban varias horas para la inauguración de Libertad, por lo que el bar permanecía completamente vacío.

No había música. No había conversaciones. Ni el sonido de vasos chocando. Solo el leve zumbido de las heladeras y el ruido de la escoba deslizándose por el suelo de madera, Noah sonrió para sí mismo; le gustaba ese momento del día, era el único instante en el que el bar era únicamente suyo.

Dejó la escoba apoyada contra una pared y observó el lugar con detenimiento. Las luces cálidas colgaban del techo, iluminando suavemente cada rincón. La barra de madera oscura brillaba después de haber pasado casi una hora puliéndola. Las mesas estaban perfectamente alineadas, cada silla ocupaba exactamente el lugar que debía y, detrás de la barra, decenas de botellas descansaban ordenadas sobre los estantes.

Todo estaba listo, al menos eso queria creer.

Respiró hondo.

Le costaba creer que aquel lugar realmente le perteneciera, durante mucho tiempo había pensado que jamás volvería a tener algo propio; mucho menos un hogar. Porque sí, aunque apenas fuera un bar... Para él era un hogar.

Su hogar. Su refugio. El lugar donde nadie volvería a decirle qué hacer, nadie levantaría la voz y nadie volvería a ponerle una mano encima.

Noah cerró los ojos apenas un segundo.

No. Hoy no. No iba a permitir que esos recuerdos arruinaran un día como aquel.

Sacudió la cabeza y volvió a concentrarse en el trabajo.Tomó una caja llena de vasos nuevos y comenzó a acomodarlos uno por uno detrás de la barra.

Whisky. Ron. Vodka. Gin. Cada estante tenía un orden que solo él parecía entender.

Mientras colocaba el último vaso, algo plateado llamó su atención. Su anillo. Se había deslizado apenas unos centímetros por su dedo debido al frío del aire acondicionado; lo observó en silencio, durante mucho tiempo había pensado en deshacerse de él. Tirarlo. Venderlo. O simplemente olvidarlo dentro de algún cajón.

Nunca pudo hacerlo, no porque siguiera aferrado al pasado; todo lo contrario, ese anillo ya no representaba un matrimonio; representaba otra cosa.



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En el texto hay: drama, boylove, slowromance

Editado: 10.08.2026

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