Capítulo 4
El día del suicidio
Alex
El sofá de la sala de pronto me pareció demasiado pequeño, incluso cuando yo mismo ya me sentía de tal modo. El asunto escaló más cuando al levantar la mirada, era aquella insipidez de pared blanca la que me devolvía el gesto. «Está muerta», el eco de aquella frase continuó retumbándome en la mente y sentí que perdía la capacidad de respirar, que me quedaba corto de entendimiento. Nada de lo que Adrien decía parecía estar dotado de sentido verdadero, no había manera de que tuviera algún sentido.
No era sino un hecho de descaro absoluto, prendido de una villanía que no había conocido nunca antes. ¿Cómo podía aparecer en mi casa y decirme algo así? Pues no me sentía merecedor de un odio tan profundo y no creía a nadie merecedor de tal acto de infame crueldad. Deseaba entonces el momento en que Anne se aparecería por la puerta, en que fuera ella misma la encargada de poner en evidencia el vil engaño. «¿Por qué, por qué hace esto?», le preguntaría yo y ella me diría que no lo escuchara, que se quedaba conmigo y que mantenía aún en pie la promesa de eternidad que habíamos hecho.
«Se suicidó esta mañana». Encontraba a Anne incapaz de cometer tal atrocidad de la que estaba acusándola, no existía siquiera un destello de posibilidad pues conocía yo su corazón. En esencia la sabía más que nadie. Habitaba por completo en ella el deseo de vida, de compartir la estancia terrenal conmigo que la simple mención a la palabra «suicidio», era un completo despropósito. Y si la idea de Adrien iba encaminada al engaño no hacía sino volverlo una fantasía perversa, una que ponía en evidencia lo poco que sabía de ella y lo descubría a él como un enfermo.
—¿Por qué demonios sigues aquí, Adrien? —le pregunté tras varios minutos—. ¿¡Cómo puedes ser capaz de decir todo esto y aún seguir aquí!?
Caminó desde el centro del salón hasta el costado izquierdo del sofá, donde se detuvo, pero no fui capaz de mirarlo más que con el rabillo del ojo.
—¿Crees que sería capaz de joder con algo como esto? Ni siquiera sé por qué estoy tratando de convencerte, puedes ir tú mismo a comprobarlo en la…
—¡Esta también es su casa! ¿Sabes?, y tienes el valor de plantarte aquí para sugerir no sólo que está muerta sino que se ha suicidado. ¿No te das cuenta de lo que estás haciendo? ¿¡Cuál es tu maldito problema!?
—Sabía que eras un imbécil, pero no imaginé que tanto.
Estaba completamente serio cuando medio giré el rostro en su dirección. No había nada más allá del implacable vacío en los ojos. Volví a negar y la opresión del pecho volvió a hacerse presente, acompañado de aquel mismo sentimiento de desconcierto experimentado en el sueño. No podía serlo, no había manera. Pensar en ese sueño trajo consigo una conciencia extraña, una irrevocable sensación de posibilidad que rechazaba con esmero hasta hacía pocos segundos.
Adrien continuaba mirándome.
—Aparecerá por esa puerta en cualquier momento, no tardará nada —dije en un hilo de voz—. Te lo prometo. Sé que lo hará, aparecerá y te darás cuenta de que te equivocas.
—Alex…
—Ella no sería capaz de hacer algo así, lo sabes.
—Alex.
—¿Verdad?
—Lo lamento tanto, Alex. Sé que yo no soy la persona indicada para estar aquí diciéndote esto, pero no sabía qué otra cosa hacer.
—¡Dime que lo sabes, que ella no haría algo así!
—No respondías el teléfono.
Pensé que quizá todo aquello seguía siendo parte del sueño, que iba a despertarme en cualquier momento. ¿Cuáles eran las posibilidades de que lo que Adrien decía fuera la verdad? Entonces los minutos seguían adelante y él no se iba a ninguna parte, no dejaba de mirarme con aquella expresión de lástima, haciendo que la posibilidad de un simple hecho de ficción se desdibujara por completo, revelando nada más que la terrible realidad. Sabía bien que era ridículo pensar que estuviera jodiéndome con eso, pero lo era también creer que Anne estuviera muerta. En realidad pensar en el nombre suyo junto a la afirmación «se suicidó», era un absoluto despropósito dentro de mí, como si algo explotara y destrozara todo, se convertía en un dolor agudo y constante, que se revitalizaba con lo estoico del estado de Adrien.
La muerte hasta entonces me parecía un concepto abstracto y tan lejano de mí. No sabía qué hacer o cómo reaccionar, mi mente dilucidaba entre varios mundos y cientos de posibilidades, donde no había cabida para la muerte. Concebía en cambio el sentido de eternidad, revivía yo mismo a muchos otros cuando estaba frente a un piano. Pero este sentido de muerte era distinto, el verdadero, la muerte como cualidad humana, una de la que no podíamos desposeernos. «Muerta. Muerta. Muerta. Anne está muerta». Me encontraba con que por fin aquella pared blanca hubiese logrado atraparme y dominarme, dejándome al borde de un cataclismo. Cada vez que intentaba asumir las palabras de Adrien, mi mente entraba en un trance y me despojaba de conciencia. Me di cuenta que quizá se debía al hecho de que, si era verdad, yo también estaba muriéndome y el cuerpo físico trataba de asumir los espasmos como pulsaciones de vida.
—¿Dónde la llevaron? —conseguí preguntarle tras ponerme de pie, evitando que mi cuerpo se hundiera más en el sofá, en una fusión extraña entre objeto y dolor—. ¿Dónde la llevaron?
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Editado: 02.06.2025