Mijaíl Mordoshov
Desperté en la habitación de un hospital, postrado en una camilla. Lo primero que vi fueron todos esos rostros que me alejaron de Sylvia, y los repudié a todos. No podía sentir nada, solo el entumecimiento de mis músculos y una debilidad extrema en mis extremidades; sin embargo, no me importaba.
—Mijaíl —habló mamá, llorando—, qué bueno que has despertado, cariño.
Mi expresión se endureció. No era capaz de mostrar ningún gesto tierno porque no era capaz de sentir nada. Lo único que quería en ese momento era lastimarlos de la misma manera en la que ellos lo habían hecho en el pasado.
—Sí, Mijaíl, estábamos muy preocupados por ti —le siguió Roxana—. Creí que... ni siquiera puedo decirlo de lo tétrico que sonaría.
Sonrió entre lágrimas, evidentemente contenta al saber que me encontraba vivo. Ella siempre estaba tan presente en mi vida... No me parecía normal; incluso me resultaba perturbadora la manera en la que persistía tras tantos intentos fallidos por ser correspondida.
—No sabes el alivio que me da que estés bien —comentó la esposa de Aleksandro con hipocresía. Era una maestra de las máscaras; sabía que me detestaba, y más después de que le rompiera la cara a su esposo por irrespetar a mi mujer deliberadamente.
—Nos dijeron que el auto en el que estabas perdió los frenos —comentó Aleksandro—. Lo bueno es que pudiste sobrevivir. Pero no entiendo por qué lo manejaste si claramente todavía no estaba listo. Fuiste muy irresponsable, Mijaíl.
Esbocé una sonrisa amarga, negando con la cabeza.
—¿Qué tiene de bueno vivir? —cuestioné con un tono pasivo-agresivo. Todos se quedaron en un silencio incrédulo—. Ustedes siempre lo arruinan todo. ¿Por qué no me dejaron morir?
—Mijaíl, no hables así, por favor —me pidió mi madre—. Sylvia se ha ido y tendrás que vivir con eso. Tendrás que resignarte a estar sin ella. Tienes un hijo que te necesita cuerdo y una empresa que manejar.
—¡Al diablo todo! —grité. Todos se quedaron quietos, observando lo desquiciado que parecía—. ¡Al diablo! No esperen nada de mí. No los quiero a ninguno de ustedes cerca.
—Tú nos necesitas más que nunca —confesó Roxana—. Necesitas compañía más que nunca, Mijaíl... porque es posible... Que ya no vuelvas a poder caminar nunca más.
Hubiera querido decir que esa noticia me impactó, pero ni siquiera tocó una pequeña fibra. Nada. Ninguna emoción. Al final, las piernas no me servirían de nada si mi vida ya había terminado.
—Otra razón más para no vivir —dije con frialdad. Ya nada me dolía, nada podía afectarme; el dolor de la pérdida de mi esposa era suficiente y ocupaba demasiado espacio. Solo podía pensar en Sylvia desde que abría los ojos por la mañana hasta que caía la noche y llegaba el insomnio.
—Mijaíl, necesitamos que nos escuches —habló mi madre nuevamente—. No puedes hacerte esto. Tu hijo todavía no ha nacido, puedes aprovechar este tiempo para mejorar. No puedes quedarte así.
—¡Cállate! —le grité—. No vas a lograr que te escuche, no vas a lograr nada alargando mi miserable vida; solo vas a lograr que te odie más. Porque te odio, mamá. Siempre te odié. Nunca fuiste una buena madre.
—Eso fue lo que esa mujerzuela te hizo creer para alejarte de mí, pero yo estoy aquí y ella no, porque se fue con su amante. Se llama karma, por si no lo sabías.
—¡¿Qué estás diciendo?!
Me impulsé en la cama para tomarla de la camisa con todas mis fuerzas. Ella gritó, asustada. Quería que sufriera. No podía ser tan fría y calculadora como para hacer que nada pasaba; ella sabía que yo estaba sufriendo y aun así no dejaba de maltratarme, irrespetando la memoria de mi esposa fallecida en un atentado. Era trágico. Al parecer, se alegraba de que Sylvia no estuviera con vida; al final, eso era lo que ella deseaba: que Sylvia saliera de nuestras vidas sin importar cómo.
—Eres una maldita desgraciada.
Ese sentimiento de ira empezó a invadir cada rincón de mi cabeza, nublando mi juicio mientras las personas a mi alrededor se movían intentando quitármela de las manos. Nunca creí que diría esto, pero yo, Mijaíl Mordoshov, empecé a aborrecer a mi madre. Aleksandro me la quitó de las manos, tropezando y cayendo al suelo con ella.
—¡¿Te volviste loco?! Es tu madre.
—Esa mujer no es mi madre —declaré—. Desde ahora no tengo familia. ¡Largo!
—No te dejaremos solo —se negó Aleksandro—, y menos ahora que, al parecer, no estás en tus cabales.
—Sé perfectamente lo que hago y lo que siento. No estoy loco...
—Entonces, ¿por qué te comportas como uno, Mijaíl? Eres un hombre y, aunque no lo aceptes ahora, vas a tener que aprender a vivir con la ausencia de Sylvia.
—No me hables de locura ni de inestabilidad cuando tú te acuestas con otra a espaldas de tu mujer.
Todos se quedaron en silencio. Un silencio denso. Sentía que no pasaría mucho tiempo antes de escuchar los reproches de esta "parejita feliz". Adriana lo miró buscando una explicación o que, al menos, se retractara, pero él no pudo sostenerle la mirada; simplemente guardó silencio. Roxana abrió los ojos escandalosamente, al igual que Adriana, quien estaba evidentemente atónita.
—¿Y adivinen con quién? —dije en son de burla—. Nada más y nada menos que con Mabel, la amiga de Sylvia.
—¿Es verdad lo que dice? —inquiriÓ la abnegada esposa de Aleksandro—. ¡¿Es verdad?!
—¿Dudas de mí? —volví a hablar—. No estoy mintiendo... encontré a tu querido esposo teniendo sexo con esa mujer en el sofá...
—¡Eres un desgraciado! —le gritó ella mientras se lanzaba encima a golpearlo—. ¡¿Cómo pudiste hacerme eso?!
—No —interfirió mi madre—, debe haber un error. Aleksandro jamás haría eso. ¿Verdad que no? Tú jamás lo harías.
—Solo está mintiendo porque quiere que todo el mundo sea miserable al igual que él —negó él con descaro—. No lo escuches, cariño.
—Claro, por supuesto —dije mientras sonreía. Estaba disfrutando esto porque por años ellos también me pusieron entre la espada y la pared; solo les estaba dando una cucharada de su propia medicina—. No importa cuánto lo niegues, ambos sabemos que es verdad.