De mi propiedad.

Arquitecto de mentiras

Narra Dmitri

Miré a la hija de Mijaíl mientras dormía plácidamente en la cuna y me pregunté por qué, simplemente, no podía sentir nada más que una fría satisfacción. Ella era preciosa. Yo merecía ser su padre, no él. Pero llegué tarde a la vida de Sylvia, siempre un paso por detrás de la sombra de Mordoshov.

Jamás creí que sentiría este peso en mi pecho, y mucho menos por la sangre de Mijaíl, pero empecé a quererla. Al final, yo siempre estuve ahí. Siempre.

Después de la explosión, me vi en la obligación de llevarme a Sylvia lejos para que los involucrados jamás la encontraran. Para lograrlo, debía borrarla del mapa, cambiar su identidad, enterrar a la mujer que fue. No negaré que lo hice con un fin egoísta, pero mi prioridad era mantenerla con vida; esa fue la razón desde el principio. Sin embargo, cuando ella despertó por aquel breve periodo, confundida y herida, el diagnóstico del doctor fue mi mejor aliado: «Es posible que nunca recupere la memoria debido al fuerte traumatismo craneal».

Sylvia se salvó de milagro. Aquel golpe pudo haber sido su final, pero el destino decidió entregarla en mis manos. Fue entonces cuando un plan malévolo empezó a gestarse en mi mente, alimentado por el deseo de hacerle la vida miserable a Mijaíl. No iba a desaprovechar ninguna oportunidad. Este era el panorama perfecto para cobrarme lo que sentí cuando mis hermanos murieron por su causa.

Eran tantas las razones para mantenerla a mi lado: mis propios deseos, la forma enferma en que la ansiaba, la idea de que fuera solo mía... y el precio que Mijaíl debía pagar. Quería verlo destruido, abatido, reducido a la nada, de la misma manera en que yo estuve una vez. Por esa razón la mantenía aquí, presa de una red de mentiras. Yo decidí no jugar limpio. Mijaíl jamás sabría que su esposa seguía respirando.

—Si no me necesita más, me retiro, señor —la voz profesional de la niñera rompió mis pensamientos.

Me giré, pero algo me detuvo. Una duda empezó a corroerme: ¿Y si Sylvia descubría que no era Daphne? ¿Y si esta mujer, motivada por la curiosidad, se convertía en el puente hacia su pasado? No podía permitirlo. Karen debía entender que su lugar estaba en la periferia de la vida de mi "esposa", no en su confianza.

—Espere un momento —dije, girando sobre mi eje. Ella se detuvo al instante.

—Lo escucho, señor.

—Karen, cuando la contraté, ¿qué fue lo primero que le dije?

Se puso nerviosa; sus dedos jugueteaban con el borde de su uniforme.

—Pues... me dijo que solo tuviera una relación profesional con su esposa.

—¿Y por qué pretende ignorar mi orden, entonces? Parece que no le quedó claro.

—Es que la señora solo me compartió un recuerdo... —balbuceó—. ¿No debería sentirse feliz de que esté progresando?

—¿Y a usted qué le incumbe cómo debería sentirme yo? —cuestioné. Ella se tensó ante mi tono agresivo—. Usted es una empleada, no forma parte de esta familia. No le pago para que converse con mi esposa; le pago para que cuide a nuestra hija.

—Perdone, señor —habló avergonzada—. No volverá a pasar.

—Si le digo esto es porque a Sylvia le puede afectar, se podría confundir —añadí, tratando de suavizar el golpe, pero mi mente me traicionó.

—¿Perdón? ¿Quién es Sylvia? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Creí que hablábamos de la señora Daphne.

Solté una risa seca, negando con un nerviosismo que odié sentir. Demonios. ¿Cómo pude llamarla por su nombre real frente a esta mujer chismosa?

—Disculpa... es que me confundí. Estaba pensando en Sylvie, la niña... me distraje.

—Comprendo, señor. No se preocupe.

¿Me creyó? Me miró de una manera perspicaz antes de salir. Quizás era mi paranoia, pero en este castillo de naipes que había construido, sentía que caminaba sobre cáscaras de huevo. Un solo soplido de la verdad y todo se vendría abajo.

El timbre del teléfono celular me sacó de mis pensamientos. Era ella, Roxana, quien me había estado molestando. No quería contestar, porque tenía la impresión de que quería involucrarme con ese hijo que no deseaba tener. Tal vez había perdido la esperanza con ese infeliz; todavía no le quedaba claro por qué intentaba involucrarme y atarme si tanto decía que me detestaba.

—¿Qué es lo que deseas? —dije agresivamente al descolgar la llamada.

—Necesito tu ayuda —pronunció—. Me tenías en ascuas, no sabía nada de ti.

—Es lo mejor, no quiero tener nada que ver contigo ni con ese hijo.

—Entonces, si no quieres tener nada que ver con ese hijo, debes ayudarme... ¿Crees que no sé que Sylvia está viva? Por eso te fuiste, ¿no es así?

—Cállate, Roxana... Cállate. Si alguien te escucha te juro que te mato.

—No lo haré... Como no quieres tener nada que ver con mi hijo... Te sugiero que me ayudes a buscarle un padre, de lo contrario Mijaíl sabrá que Sylvia está viva.

Esa desgraciada no era capaz de hacer eso porque, muy en el fondo, le convenía que Mijaíl creyera que Sylvia estaba muerta; no había otra manera. Esa era su oportunidad de oro. Sin embargo, iba a ayudarle, no porque le tuviese miedo, sino porque de igual manera sería una de mis cartas para mantener a Mijaíl lo suficientemente ocupado y para manipular a Roxana si en algún momento quisiera traicionarme.

—Te ayudaré, si mantienes a Mijaíl lo suficientemente distraído...

—¿Y cómo vas a hacerlo?

—Te daré el ADN de su hija. Úsalo bien, porque esta será la última vez que hablarás conmigo, siempre y cuando mantengas tu palabra.

—Pues es un trato, un trato justo... Espero que te quedes lejos y que le des una vida lo suficientemente ocupada a Sylvia para que ni se le ocurra volver y buscar a Mijaíl.

—Lo tengo todo bajo control, no deberías preocuparte por eso.

—¿Cuándo nos comunicamos de nuevo? No me juegues sucio, Dmitri. Recuerda que yo sí tengo cómo exponerte.

—¿Cómo supiste que Sylvia estaba viva?

—Porque envié a un detective a seguirte el rastro y tengo pruebas de que es así. No me tientes... Dmitri.




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