Sylvia me besaba y yo le correspondía como si supiera que aquel momento se volvería efímero demasiado pronto. De repente, dejé de sentir la calidez en su mirada y la tibieza de sus labios sobre los míos.
—Debo irme —me avisó—. No me puedo quedar contigo.
Mis ojos ardieron. Sentí que iba a enloquecer; por fin la tenía entre mis brazos y ella planeaba irse como si nada. ¿Por qué se despedía?
—Llévame contigo, amor —le supliqué, rompiendo en llanto—. No me dejes solo. No quiero vivir sin ti, por favor, Sylvia.
—Debes estar sin mí, Mijaíl —dijo en un tono suave mientras recorría mis labios y acariciaba mi mejilla con una ternura cruel. Su voz sonaba distinta, despojada de cualquier sentimiento benevolente—. Es el precio que tienes que pagar, porque tú fuiste el causante de mi muerte.
—No… Sylvia… Yo creí que si te dejaba serías feliz sin mí...
—¿Sabes cuál es la ironía? Que cuando me tenías viva no me querías, y ahora que la muerte nos separó, harías cualquier cosa por tenerme de vuelta.
—No me atormentes más, por favor —le imploré—, te lo suplico.
—Es lo que te mereces, Mijaíl. Es justo lo que te mereces…
No, no, no, no.
Entonces soltó mi mano y caí al vacío. Desperté sobresaltado, con las lágrimas empapando mis párpados y el corazón acelerado por el terror de saberme culpable de todo. Mis manos, temblorosas, buscaron apoyo y tomaron la pequeña mesa de madera al lado de la cama. Con una fuerza descomunal nacida del odio hacia mí mismo, la lancé contra la pared, motivado por todas esas sensaciones venenosas que me asfixiaban el pecho.
—¡No, yo no pude! —resolle. Sentía que me ahogaba; quería gritar, romper todo a mi paso... No podía soportar un día más. No así—¡Sylvia!
¡Sylvia!
Escuché pasos apresurados. Seguramente los enfermeros se habían alertado; últimamente percibía un desinterés general sobre mi estado, todo estaba demasiado tranquilo hasta hoy... Volví a empeorar. Supongo que mi vida no era más que una maldita montaña rusa. El estruendo de la mesa contra la pared y el sonido de la puerta metálica abriéndose de golpe me pusieron en guardia.
—¡Largo! —grité con lo poco que me quedaba de aliento—. ¡Largo de aquí!
Pero mis gritos fueron ignorados.
—Sostenlo —ordenó el enfermero jefe a otros dos hombres corpulentos. No querían lidiar conmigo; en mi estado, postrado y paralítico, era una tarea demasiado fácil. De haber tenido mis piernas funcionales, les habría enseñado una lección que no olvidarían—. Debemos subir la dosis... o no se va a calmar en toda la noche.
—¡Déjenme! ¡Quiero salir! ¡Quiero salir de aquí, maldita sea! —les rugí en vano. Nadie toma en cuenta la palabra de un "loco". No quería volver a caer dopado, esta no era la vida que yo quería... Tenía que salir, yo no estaba loco.
—Ignora lo que diga, no está en sus cabales. Sostenlo fuerte, ¿entendido?
—¡No, déjenme! —forcejeé mientras inmovilizaban mis brazos y pegaban mi cuerpo a la cama para evitar cualquier movimiento. Entonces sentí el pinchazo de la aguja. El frío del fármaco recorrió mis venas y caí en un sueño negro y profundo del que no fui capaz de despertar.
Pasaron dos días; al menos eso fue lo que me dijeron cuando recuperé la conciencia definitivamente. Perdí la noción del tiempo, vagando en una bruma donde despertaba de forma robótica solo para comer, beber y tragarme los antidepresivos. Me avisaron que tenía visitas: era mi madre. Muchas veces me negué a verla, pero su persistencia era inagotable. Yo sabía la verdad: ella nunca me quiso.
Adriana entró en la habitación. Se acercó lentamente, con esa mirada de lástima fingida que tanto odiaba.
—Mijaíl... aun cuando Sylvia está muerta, mira en lo que te está convirtiendo —suspiró—. Ni siquiera reconozco a mi propio hijo.
—¿Estás feliz? —le escupí—. Tú misma me dejaste encerrado aquí para que terminara de morirme en vida.
—No puedo creer que me estés culpando cuando lo único que busco es tu mejoría. ¿No lo entiendes? —A pesar de mi tono resentido y cargado de ira, ella mantenía esa voz maternal, perfectamente ensayada.
—Aquí jamás voy a mejorar —negué con la cabeza—. Y lo sabes bien... Tú más que nadie lo sabes. Así que te pido, te exijo, que me saques de aquí.
—¿Para qué? ¿Para que te suicides? Jamás. ¿Me escuchaste? Jamás voy a permitir que salgas, porque ya me demostraste de lo que eres capaz. Prefiero verte encerrado que muerto.
—¿Lo haces por eso? ¿O porque ahora Aleksandro está manejando todo? Dime algo, ¿con qué autorización? Yo no he firmado nada.
—No estás en tus cabales, Mijaíl... no puedes firmar nada, eres un paciente psiquiátrico. La junta directiva ya habló. Después de ti, Aleksandro es quien debe estar al frente de la empresa, ya que tú no estás en condiciones ni siquiera de mantenerte en pie.
—¿Eso era lo que querías? —sonreí con amargura, comprendiendo finalmente el tablero—. Es exactamente lo que esperabas. Como ya no puedes controlarme a mí, lo usas a él. Por eso tus planes incluyen dejarme aquí refundido. Ya lo entendí todo: vas a dejarme encerrado para quedarte con todo. Siempre fue ese tu plan.
—No es cierto, Mijaíl... no lo es.
—¿No?
—¡Eres un malagradecido! —estalló ella finalmente—. Estamos intentando mantenerte con vida, que sanes, ¡y solo piensas en sacar las garras contra tu madre! No quiero que mi nieto crezca sin un padre, por eso necesito que estés aquí dentro. Y cuando el psiquiatra me diga que estás "bien", entonces volverás. Te casarás con Roxana, que es la mujer que lleva a tu hijo en su vientre, y formarás una familia.
Me quedé atónito, estupefacto, ante la mención de casarme con Roxana. ¿Acaso mi madre había perdido el juicio? Yo no estaba enamorado de ella, y si Adriana creía que me manipularía con tanta facilidad, estaba muy equivocada. Ni siquiera tenía la certeza de que ese hijo fuera mío.
—No puedes decidir con quién me voy a casar —negué con voz ronca—. ¿Cómo te atreves a hablarme de matrimonio cuando hace solo seis meses perdí a la mujer de mi vida?